Todas y todos hemos vivido una pérdida importante en algún momento. La primera que me marcó ocurrió cuando era muy pequeña, con la partida de mi primito Iván. En ese entonces no lograba entender del todo lo que pasaba, pero sentí, por primera vez, una tristeza inexplicable. Ya sea un familiar, una amiga, un amigo o una mascota que consideramos parte de la familia, la ausencia siempre cala hondo.
Cuando alguien se va, se crean vacíos profundos. Es común caer en la trampa de la culpa por seguir adelante, por sonreír o por disfrutar de las cosas buenas que nos pasan. Nos encerramos en el sufrimiento y, sin darnos cuenta, generamos un vacío todavía mayor a nuestro alrededor. Hay una frase que me gusta mucho y que resume este conflicto: que el recuerdo de tus muertos no te haga olvidarte de tus vivos.
Cada persona vive su duelo a su propio ritmo y de manera diferente. Sin embargo, es vital recordar que no debemos olvidarnos de vivir. Es necesario abrazar a quienes están siempre ahí para nosotros, a esas personas a las que también les duele nuestro dolor. El verdadero homenaje a las y los que ya no están consiste en recordarlos bonito, sin dejar de vivir bonito.
Para lograr este equilibrio emocional, la tanatología no debería ser un lujo o un servicio privado. Esta disciplina debería integrarse de forma obligatoria en las aulas escolares y en los servicios de salud pública, quedando al alcance de todas y todos sin distinción. Necesitamos herramientas formales para procesar el dolor y entender el fin de la vida como parte del camino.
Juntas y juntos impulsemos esta transformación por el bienestar de nuestra salud emocional.
Jennifer Islas. Política y conferencista.
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