Hace un par de días, el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, y el representante comercial de EEUU, Jamieson Greer, anunciaron la primera ronda de discusiones bilaterales en preparación para la revisión conjunta del tratado comercial (T-MEC). Se prevé que los negociadores celebren la primera reunión el 16 de marzo y se encuentren de manera regular a partir de entonces.
Esta es una fecha cargada de un simbolismo de resistencia que en México de ninguna manera debemos ignorar. El 16 de marzo de 1863 comenzó el Sitio de Puebla. En aquel entonces, el general Jesús González Ortega sostuvo la plaza durante sesenta y dos días de privaciones extremas, prefiriendo destruir el armamento antes que entregarlo al invasor.
Cuando el ejército francés cercó la ciudad, Puebla se convirtió en una versión de la antigua Numancia: una plaza rodeada por un enemigo superior que resistió para demostrar que la soberanía no se entrega sin lucha. Aquella capitulación con dignidad nos recuerda que lo fundamental no se negocia. Si bien el asedio terminó en una derrota militar, fue una victoria moral que permitió a la república ganar tiempo para, a la larga, imponerse.
En esta nueva negociación comercial, el equipo mexicano encabezado por Marcelo Ebrard deberá mostrar la misma templanza de los defensores de Puebla: ante la fuerza enorme del interlocutor, la única defensa real es la cohesión interna y la negativa rotunda a entregar la plaza de los principios de México a cambio de un acuerdo que no satisfaga plenamente a nuestra nación.
La destrucción de las armas por parte de González Ortega es la metáfora perfecta para una negociación en la que será preferible no llegar a un acuerdo antes de aceptar condiciones que desmantelen no solo la industria nacional, sino la identidad de la sociedad mexicana.
La Batalla de Puebla, en la que el ejército mexicano derrotó a las tropas francesas, ocurrió casi un año antes, el 5 de mayo de 1862. Ignacio Zaragoza detuvo a uno de los más poderosos ejércitos del mundo; un hecho verdaderamente glorioso que jamás debemos olvidar. Pero los imperios no se rinden fácilmente. Un año después de la derrota frente a Zaragoza, los franceses regresaron con refuerzos masivos. Intentaron tomar Puebla por asalto y, al no conseguirlo, sitiaron la plaza para rendirla por hambre. González Ortega resistió hasta que se agotaron los víveres y las municiones. Es una lección fundamental, particularmente para Ebrard, a días de empezar a negociar con EEUU.
Entre el asedio histórico y la mesa de negociación
Iniciar las conversaciones este 16 de marzo nos coloca en el umbral de una resistencia necesaria. La hazaña de González Ortega demuestra que la soberanía se defiende palmo a palmo, incluso cuando los recursos escasean y la presión externa parece asfixiante. Ebrard debe ir a las negociaciones inspirado tanto en el sitio de 1863 como en la victoria del 5 de mayo de 1862. Aquella batalla enseña que México puede ganar; pero el sitio nos recuerda que, tras la gloria, viene la etapa del desgaste y la persistencia.
¿Será capaz Marcelo de entender todo lo que está en juego? Más vale que sí. La presidenta le encargó la misión más difícil, así que llegó la hora de demostrar que él es algo más que un político cargado de ambiciones. Confiemos.
Hasta ahora, la presidenta Sheinbaum ha salido victoriosa —y el mundo se lo reconoce— en las difíciles relaciones con Donald Trump, un gobernante de Estados Unidos mucho más agresivo que el primer Trump, aquel que negoció el T-MEC. El secretario Ebrard debe ir a la mesa con la firmeza de Zaragoza —que ha sido la de Sheinbaum durante este periodo de muy complejas interacciones—, sabiendo que la razón y el sustento en los principios de la patria pueden frenar cualquier intento de imposición.
Marcelo Ebrard seguramente entiende que las pláticas serán un sitio diplomático largo; tendrá que afinar su capacidad de resistir la presión sostenida sin entregar la plaza de nuestros intereses fundamentales. Lo que está en juego en la relación comercial con EEUU es mucho más importante para el destino de México que casi cualquier tema de política interna. Solo es de nivel superior la lucha por mantener los programas sociales que han rescatado a tantos millones de la pobreza; porque ni siquiera la estrategia de seguridad supera en trascendencia a la negociación con el vecino del norte, siempre al acecho, siempre a la espera de vernos debilitados, como sucedía en los gobiernos del PRI y del PAN.
Inspirado en el patriotismo a prueba de balas de Sheinbaum, que ha dicho de mil maneras no pasarán, Ebrard tendrá que fijar los límites de lo no negociable en términos de nuestra mayor fortaleza: la soberanía. Después, deberá resistir lo que puede ser un largo asedio —una negociación nada amistosa y terriblemente desgastante—; un reto, en fin, como el que enfrentó González Ortega aquel 16 de marzo de 1863.



