Aparte de ser denuncia contra el crimen, el escrito de Lozoya Austin con registro del 11-08-20 ante la Fiscalía General de la República (y filtrado pocos días después de manera irregular), retrata con cierto detalle el grado aberrante de la traición. Al Estado, a las instituciones, a la patria; si es que este concepto y este sentido aún tienen valor. Si no, es cuando menos una traición a todo sentido humano, a toda razón y razonamiento; se convierte en rapiña de ladrones en tierras sin ley o sin respeto a ella.

Eso es lo que se encuentra conforme avanza la lectura que se percibe como muestra breve de lo que es un sistema totalmente permeado por la corrupción y que alcanza a dos partidos distintos y principales en el gobierno, el PRI y el PAN (cómplices desde su maridaje; durante el salinismo se da parto al PRIAN), así como a los malos políticos y funcionarios cuya única ambición es el poder y el enriquecimiento sin escrúpulos. La sociedad, el bienestar de esta no existe más allá de algún tipo de utilitarismo político. La sociedad es la mayor víctima del saqueo, de la sustracción a las riquezas del país que tendrían que ser un bien general.

Tal vez se diga que quien busque honestidad, ética, solidaridad social entre los políticos y los partidos (al menos en México), es poco menos que un ingenuo: un pendejo. Porque de lo que se trata y ha tratado siempre es de estar dentro de la repartición, dentro del presupuesto, dentro del soborno, los contratos, el beneficio indebido e inmerecido; sin asomo de vergüenza, con el cinismo más duro, sonriente y arrogante posible. Hemos visto crecer este cáncer, este parasitismo monumental convertido en ideología de rapiña entre conocidos, parientes, colegas, excompañeros de universidad: la búsqueda de una posición de rapacería. Llegar a cierta situación y condición de poder para el saqueo; para succionar parasitariamente todo el bien público en el tiempo y espacio que se pueda. Pues lo que ha sido el comportamiento de la élite del poder se ha replicado en los estratos menores dentro de la estructura orgánica del Estado y sus instituciones puestas en manos de gobernantes perversos y perniciosos.

Digan lo que quieran los cínicos y sinvergüenzas, los pragmáticos, los realistas, no obstante, mientras exista razón y condición humana no debe de cejar el empeño por la justicia y la democracia verdadera; algo distinto a esto, acerca al crimen y a los criminales.

Muchas de las personas y los datos ya se conocían con anterioridad; ahora se “formalizan”. Los nombres de la élite denunciada por Lozoya van desde Salinas de Gortari hasta Calderón Hinojosa y Peña Nieto, pasando por diputados que hoy son gobernadores, secretarios de Estado y subalternos que actúan como cómplices y mandaderos; todos delincuentes. El resto de los 17 nombres denunciados ante la Fiscalía dan una idea más clara. La lista completa está al final del documento.

La corrupción siempre ha existido en México y de allí surge la pregunta, ¿de dónde nos viene, del pasado prehispánico o de los españoles? Aunque el presidente López Obrador ha dictaminado que el primer acto de corrupción fue perpetrado por Hernán Cortés en Veracruz, habría que indagar un poco más; sobre todo, empezando por delimitar los términos del concepto corrupción, qué tan estrecho o extendido puede ser. Lo cierto es que, históricamente, el pudor de los políticos frente a la riqueza pública hecha botín nunca fue tan laxo y permisible que durante el llamado periodo neoliberal aplicado al gobierno del Estado desde Salinas de Gortari (hay que recordar a Lázaro Cárdenas denunciando ya en sus Apuntes la corrupción del “hombre revolucionario”), y habría que preguntar si este sistema ha terminado del todo o cuando menos ha sido controlado.

Por otro lado, de manera un tanto descontextualizada, el presidente ha preguntado ¿dónde están los intelectuales y los escritores que narren el horror de esta época? Con una información más a fondo los encontrará. Porque a pesar de su muy difundido gusto por las redes sociales y su uso principalísimo, como observador y opinante sigue anclado en los medios de fama, en los escritores de fama; son su referencia permanente, para el elogio y la crítica.

Sin duda, el documento de Lozoya es la narración de la temporada. En efecto, es lectura obligada de una saga que debiera tener muchos capítulos por venir. Pero también es importante preguntar al presidente, ¿cómo lograr la justicia y el castigo y, sobre todo cómo evitar que el horror vuelva a suceder? ¿Cómo evitar que Morena se convierta en el nuevo PRI o PAN? ¿Cómo explicar el video filtrado por sus adversarios y que muestra a un hombre sospechoso, hoy funcionario, entregar dinero al hermano?

Más allá de su perfil (o considerándolo), sospechoso porque difícilmente se puede hacer la defensa de alguien que graba de manera intencionada una escena del crimen; aunque sea un crimen menor. Que en el video dice las frases necesarias para que se registren en la cámara a la distancia: “Que lo sepa el licenciado; es un hombre experimentado que se da cuenta del apoyo que se le da”. También es difícil justificar un listado programado de entregas de dinero; por muy menor que sea su cantidad. Aunque se comprenda tanto ese mecanismo usado por decenios, y que tiene que ser erradicado, como la explicación dada por el presidente (no así el gazapo de la esposa al comparar a Leona Vicario con David León; Leona y León, en este caso, no hacen pareja).

Los mexicanos votamos de manera abrumadora el primero de julio de 2018 por el programa de López Obrador, sí, pero más aún, muchos lo hicieron por hartazgo y exigiendo el término de la corrupción y la violencia. No se puede traicionar ese mandato. El reto significa el combate frontal a la descomposición del Estado Mexicano en manos de malos gobiernos y gobernantes perversos tal cual exhibe la denuncia ante de la Fiscalía; caiga quien caiga. Todo indica que el presidente ha asumido este reto sin ambages. Y si esta tónica es dominante, podremos aspirar a un mejor país, a mejores tiempos.