Columna Incómoda. Los “loquitos solitarios”

En  febrero de 2004, el entonces senador del PRI, Luis Colosio Fernández, padre del malogrado candidato presidencial Luis Donaldo Colosio,  respondió a Manuel Camacho Solís, quien se deslindó de toda responsabilidad del asesinato de su hijo: “Dicen que los ambientes de campaña no matan, que un contexto no asesina; eso es cierto en el sentido literal, porque finalmente los asesinatos los cometen las personas...” 

Y es que Manuel Camacho Solís, quien después del crimen político, fue señalado como uno de los que promovían en “ambiente político” la sustitución del candidato presidencial priísta, aunque al final él no fuera el beneficiado de su muerte, lanzaba a todos sus detractores y a las llamadas viudas de Colosio la misma cantaleta: “los ambientes no asesinan, que los contextos no matan”. 

Y recordando este pequeño debate, no dejan de ser aislados los hechos recientes en que aparecen los llamados “loquitos solitarios” secuestrando aviones, disparando contra policías y civiles en el metro, echando bombas de gas a instalaciones bancarias, intentando un ataque a oficinas policíacas, alertando del próximo sismo, anticipando el inicio de una nueva revolución y lanzando arengas contra el mal gobierno y tomándose “muy en serio” lo que dictan algunos discursos incendiarios de pseudolíderes y ahora de manera especial con la libertad y el “anonimato” (que es relativo) que brinda el internet para polarizar a la población y llamar a tomar acciones violentas. 

“Los ambientes no asesinan”, efectivamente, pero nadie ha podido explicar porque los ambientes facilitan que emerjan personajes y situaciones con las que ocurridas en estas dos últimas semanas donde comienza a calentarse la cabeza a una parte de la población que está harta de la situación que nos priva. 

Más aún, cuando los personajes de la historia reciente tienen similares características a “loquitos solitarios” como José León Toral, “el fanático” religioso que asesinó a Álvaro Obregón o a Mario Aburto Martínez, el asesino solitario de Luis Donaldo Colosio, quien además era integrante de una organización pseudo religiosa donde ostentaba el grado de “Caballero Águila” y que supuestamente simpatizaba “con perredistas”. 

No debe perderse de vista que estos dos “loquitos solitarios” tenían un nivel de politización elemental pero con un alto grado de resentimiento social, suficientes para hacerse sentir que “el sistema”, “el mal gobierno”, “los traidores” o el mundo entero eran culpables de su propia condición social y de la “opresión de los pueblos”. 

A diferencia de estos “loquitos solitarios” que cumplieron con fines políticos aún no aclarados, hoy en día hay “loquitos” que no están atacando a políticos, a los líderes partidistas sino a los ciudadanos inocentes; al pueblo común. Y no me refiero a los sicarios y narcoterroristas, sino a quienes se han asumido como “salvadores de la patria” y pretenden incendiar el país sólo para evitar que un candidato o un partido llegue al poder. 

La población común podría ser víctima inocente de los “loquitos solitarios” y eso sí es realmente preocupante, porque cualquiera podemos ser objeto de sus desquicios mentales, sus fanatismos o sus resentimientos sociales. Ahora, esos “loquitos” exponen con insultos lo que con razonamientos no han podido convencer a la gente que dicen “defender”. Pero hay indicios de que se pretende sembrar el primer golpe, el primer muerto o la primera confrontación entre seguidores de al menos tres candidatos para que se reviente la aparente paz social que junto con la narcoviolencia, que tiende a escalar “en estados priístas” (como reza el discurso de la derecha), se cree un caldo de cultivo de dimensiones no calculadas. 

La crítica situación económica como nunca se está sintiendo con fuerza en nuestro país (la microeconomía, porque la macro como siempre, camina bien para unos cuantos), con un desempleo marchando a pasos acelerados y un impacto directo sobre las clases medias que desesperadas van en caída libre a estar clasificados dentro de la situación de pobreza; por otro lado, la violencia callejera, la narcoviolencia y la irritación colectiva, se mezclan para que aparezcan visionarios, predestinados o fundamentalistas a tomar la primera iniciativa. 

El México de 1993 a 1994, marcado por los asesinatos de alto impacto de personajes públicos  y el México después de 1995, violentado socialmente por la crisis financiera del “efecto tequila”, parecen mezclarse en la recta final del México narcoviolentado por desatinos de Felipe Calderón, a pesar de que autoridades dicen lo contrario. 

¿Quién se beneficiará con un ambiente violento previo o posterior a la elección presidencial? 

Como ha ocurrido en otros momentos, en ambientes violentados, las izquierdas partidistas siempre son las que más pierden. 

Tal vez sea este comentario demasiado pesimista, incluso ser calificado de alarmista, pero algo hay algo en el ambiente nacional que no termina por agradarme. Los ambientes no asesinan, dicen algunos, y esperamos que tengan razón. 

Y vale una gran reflexión: mientras abajo los ciudadanos tendemos a apasionarnos y asumir con fidelidad el discurso de nuestros candidatos al grado de odiar al adversario, una vez pasado el proceso electoral, esos líderes siempre llegan a acuerdos con sus enemigos. Los demás, los mortales, simplemente, quedamos embarcados y a la deriva. 

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