26 de septiembre de 2021 | 00:55
Opinión

    Real Política. La Tercera Revolución

    Pasar a la historia como Benito Juárez y Carranza es el reto para la cuarta transformación 
    AMLO y Beatriz Gutiérrez
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    “Esos cambios, junto con las controversias que los acompañan casi siempre, son las características que definen a las revoluciones científicas” 

    Kuhn

    Reglas y Paradigmas es el punto de partida para entender cuando hay una Revolución y cuando una Evolución. Si la Cuarta Transformación quiere realmente trascender debe atreverse a dar el Giro Copernicano y ser una real Revolución, como lo fueron la Reforma y la Revolución de 1910-1917. Se trata de remarcar el prefijo Re para que la evolución sea realmente un cambio de Paradigma y no una simple altanería dominguera, hablar de la tercera Revolución más que de la Cuarta Transformación.

    Es vital recordar que si bien el pensamiento, escolástico-liberal, de Hidalgo y Morelos significó un gran avance frente al criollismo bolivariano, no consumó la Independencia. Fue por el contrario el bando antípoda, los criollos opuestos al liberalismo español, los que enterraron a la Nueva España y dieron vida a un México extremadamente conservador, católico y clasista. La vida social y cultural del México independiente no adquirió cambio significativo alguno frente a su madre la Nueva España; más bien, de ser esta última una gran potencia económica terminó en una desgracia aterradora dominada por clérigos y militares.

    Hoy que está nuevamente de moda la figura de Juárez, tanto para sus detractores como para sus aduladores, es vital poner por delante el talento político desde la perspectiva maquiavélica, en el sentido positivo y ejemplar de la obra de Maquiavelo (leer conjuntamente al Príncipe y a Los Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio, entender qué es la libertad positiva), para comprender la altura de miras y darse cuenta que la Reforma fue la primera gran Revolución de este país, al haberse propuesto remarcar el Re sobre la evolución de un régimen que apeló, como no lo hizo la Independencia, a la real Ilustración política que es el Republicanismo.

    En la Reforma, sostengo, más que liberales al estilo Locke, estamos en presencia de republicanos herederos (como Ignacio Ramírez) a través de Mora, de la libertad positiva de Maquiavelo y del pensamiento político del maestro de Königsberg. Con la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma se instaura la auténtica República, y con la derrota del Imperio su restauración y el paso a la real Democracia y a la modernidad tardía, por ello ese movimiento y su líder, el gran político maquiavélico, Juárez, rompieron el paradigma colonial-católico para instaurar el paradigma revolucionario de la República secular y libertaria.

    No son, como piensa el común de los historiadores, Zapata y Villa los grandes transformadores del movimiento del 1910-1917. Ambos, enfrascados en la retrotopía, heredaron más el mito y la leyenda que las grandes instituciones. Tampoco lo es Madero, cuya ingenuidad espiritista lo llevó al cadalso de la decena trágica. El maquiavélico, visionario y revolucionario, fue sin duda Carranza. Su afán constitucionalista lo llevó a la ruptura del paradigma del liberalismo dictatorial y a forjar la primera Constitución Social del mundo, la Carta Magna de 1917. Junto a los jacobinos del Congreso Constituyente, remarcaron el republicanismo cuya esencia es la libertad como autonomía (libertad positiva) y no la libertad como individualidad abusiva (libertad negativa). En los textos de los artículos 3, 27, 123 y 130 está el real rompimiento del paradigma de una Constitución que sigue el modelo formal de la de 1857, que reforma, para imprimir un fondo social, en la igualdad positiva que se transforma en derechos creados por la comunidad política.

    Hoy vivimos el final del período denominado como la Transición Democrática. Del régimen de partido hegemónico pasamos al sistema de Constitución e instituciones pactadas desde el triunvirato (PRI-PAN-PRD). La repartición de las instituciones de la República ha venido a transformar cualitativamente a la vida política y económica del país. Sin embargo, ello no se ha decantado en la eliminación de las grandes diferencias sociales, por el contrario las ha acrecentado. No vivimos en una nación con Estado rico y pueblo pobre, sino en un país con grandes ricos, una clase media depauperada, muchos pobres y un Estado devastado en su participación en la economía y en su misión social.

    Ahí está el llamado de las urnas de 2018 a una nueva Revolución que aniquile al triunvirato e instaure nuevas instituciones. Instituciones de una nueva Constitución (como lo fueron las de 57 y 17) que sean una nueva expresión del republicanismo; hacer realmente que la Cosa Pública sea un asunto de toda la comunidad política y no de élites. Pasar a la historia como Juárez y Carranza es el reto para una cuarta transformación que debe decidir si quiere ser una real Revolución constructora de paradigmas o un simple dato para la historiografía del siglo XXI.