Columnas

Solo hay algo más estúpido que borrar las huellas de un crimen: grabar cómo borras las huellas.

La limpieza de pruebas en el asesinato del ex gobernador priista Aristóteles Sandoval (en el restaurante-bar Distrito 5, de Puerto Vallarta), demuestra que el crimen organizado también se preocupa por la higiene, además de carecer de cualquier temor a ser investigado (al menos en un Estado amigo como Jalisco, cuyo gobernador se la pasa chillando porque la Federación no le dio más dinero para robar, en vez de atender los crímenes espeluznantes que ocurren en su entidad).

Tal vez los jóvenes propietarios del antro pensaron que era de mal gusto recibir a la policía con un tiradero y de inmediato se pusieron a limpiar (no se fueran a llevar una pésima impresión, diciendo: “además de tener asesinatos, este lugar es insalubre, jamás se lo recomendaremos a una corporación”).

Quizás su intención no era desaparecer pruebas, sino evitar contagios de Covid-19, pues ya bastante malo es cargar con un muerto a balazos, como para tener que cargar con varios muertos por contagios.

Probablemente, el único culpable de alterar la escena del crimen sea un administrador demasiado escrupuloso, que se tomó muy a pecho la sanitización y no quiso que hubiera decesos en la policía por culpa del Distrito 5, pues eso implicaría una mala relación con la policía, lo cual no es recomendable, pues siempre se necesitan favorcillos, como abrir en “botonazos”.

Con el fin de causar una buena imagen, no solo limpiaron toda asquerosa huella del crimen, sino que llevaron los mejores muebles, los más nuevos y limpios, y los substituyeron por los más feítos, colocados en los escenarios donde vendría la prensa a tomar fotos, echando aromatizante de flores del campo por todos lados y aprovechar el crimen para hacerse promoción.

Ahora bien, si se trató de encubrir a los autores del crimen, hubiera sido mejor agarrar al cliente más borracho (ese que paga la cuenta cada vez que se despierta) y ponerlo a tocar todos los objetos y mobiliario donde los criminales hayan posado sus manos. Así, cuando despierte, no solo descubrirá que le bajaron la cartera, sino que mató a un ex gobernador, y que se casó con la del guardarropa (broma cortesía del personal del antro, para hacerle el favor a su compañera).

Pero lo que definitivamente le da un toque de comedia, es el registro en video del personal recogiendo alfombras y echándole Pinol a las pruebas del delito, incluyendo la selfie del empleado que apagó la cámara que registraba la limpieza. Bueno, si esa persona se percató de que se estaba grabando lo que se pretendía borrar, mínimo debió advertir que quedaba esa prueba y aconsejar desaparecerla; pero si se conservó, debió ser por un prurito vanidoso, para la memoria histórica del restaurante-bar, quizás para un futuro video conmemorativo, donde se diga: “A finales del 2020 aquí mataron a una celebridad de la política”.

¿Saben quién creo que mandó a desaparecer esas pruebas? La policía. Por una simple y sencilla razón: se lavan las manos (con el agua de la misma cubeta con la que trapearon los baños).

Imagínense que la policía descubriera una huella digital, ¿saben eso que significaría? Que tendrían que investigar, encontrar el dedo al que pertenece la huella, encontrar el vínculo entre ese dedo y el occiso, un trabajo para el FBI, Scotland Yard, la KGB, no para la policía mexicana, y menos para la policía de Jalisco, más experta en exterminar personas que no usan cubrebocas que en resolver asesinatos.

Lo que definitivamente me parece una infamia, es que la Fiscalía Estatal detenga personas del antro y pretenda criminalizarlas, como si estuvieran aliadas con el crimen organizado, cuando evidentemente solo obedecen órdenes de sus superiores. Les apuesto todo lo que tengo en el bolsillo derecho a que ninguna de las dos mujeres que presentaron las autoridades como maleantes, tienen la más mínima relación con Aristóteles Sandoval, y cuyo único delito fue conseguir una chamba en los complicados tiempos de pandemia.