Reflexiones poselectorales

A nadie sensato cabe duda de que los priistas -y aquellos que los ayudaron- empezaron a trabajar con seriedad en lo propio desde el día 3 de julio de 2006, cuando menos. Convencieron a muchos no necesariamente de que Enrique Peña era la mejor opción, sino de que las otras dos resultaban mucho peores. Vamos, basta con leer las columnas de diarios como La Crónica, como Milenio, como Excélsior o como El Universal: efectivamente, Andrés Manuel o Josefina recibían más menciones que Peña, pero negativas. ¡Claro! La "equidad" en los medios, a pesar de lo que se diga, en términos reales sólo se midió por apariciones o referencias, sin valorar si eran positivas o negativas. Así todo aparenta legalidad, decencia y honradez. Y, desgraciadamente, con la legislación electoral vigente, así todo es legalidad, decencia y honradez.

Si existió un artilugio electoral real empleado en la pasada elección federal, no fue un fraude y tampoco fue, al menos de forma determinante, una compra de votos descarada. Fue una labor discreta y constante realizada por una maquinaria trabajadora, disciplinada y eficaz que domestica la voluntad popular no a favor de un ideal positivo, sino encauzándola al miedo. Una maquinaria que fomenta actitudes de regresión, de conservadurismo: es mejor estar como se está y, de ser posible, es mejor estar como se estuvo antes. Una maquinaria que trabaja así desde 1928.

No, no existió un fraude como el que nos gustaría ver a la mayoría: un atraco estridente, con urnas embarazadas en todo el territorio nacional, con grandes carruseles de votantes vestidos con camisetas rojas y con votos obtenidos a punta de pistola en todos los estados. Acomodaticios como somos, nada nos parecería más cómodo que comprobar que alguien echó unas papeletas falsas con el voto a favor del PRI o que, de plano, había una camioneta con la efigie de Peña Nieto asaltando un camión de COMETRA para inmediatamente llevar el dinero obtenido a la casilla más próxima y ofrecerlo, sin pudor alguno, a todos los votantes. Lo que le funcionó al PRI fue explotar el miedo a mantenernos en un cambio democrático constante; le funcionó, también, recordarnos que antes ciertamente había bandas de criminales organizados y que, sí, cómo no, había tranzas, pero no había tantos balazos, sí había obra pública, sí se trabajaba y, lo más importante, el dinero circulaba.

Sin embargo, lo más triste no es que el PRI haya ganado explotando ese temor. Lo lamentable es que todas las corrientes políticas han abrevado de ese miedo a dar pasos democráticos firmes en momentos decisivos de la vida nacional. La izquierda lo hizo en 1988, pues su mentira sostenida del triunfo cardenista -que tanto ha explotado,- se cae cuando corroboramos quiénes se opusieron en realidad a la apertura de urnas: Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez; a la postre, el que no se abrieran esas urnas es lo que ha dado a la izquierda su bastión más sólido: el Distrito Federal -si se hubieran recontado los votos, lo más probable es que el Distrito Federal hubiera sido un baluarte panista-. Vicente Fox abrevó también de ese temor y sacó al PRI de Los Pinos en 2000, sólo para apoyar de la forma más pedestre su regreso doce años después. El presidente Felipe Calderón tuvo la oportunidad de abrir nuevos derroteros en la democracia aceptando el conteo voto por voto de su controvertidísma elección -lo que, a la par, habría dejado a Andrés Manuel mucho más debilitado, si efectivamente se hubiera comprobado el triunfo panista,- pero se aprovechó del temor generalizado a una movilización social más explosiva y se aferró a la letra del viejo código electoral. Ahora tenemos el desastre panista que fue un factor determinante en el regreso del PRI.

Esto viene a propósito del desarrollo del juicio de inconformidad promovido por el Movimiento Progresista en la elección de Presidente de los Estados Unidos Mexicanos. He tenido oportunidad de leer el documento inicial, de dar seguimiento al desarrollo procesal y, lo más importante, de reflexionar en torno a la próxima calificación de la elección.

Después de ver la conferencia de ayer dada por el senador Ricardo Monreal y por el propio Andrés Manuel López Obrador, las conclusiones a las que llego, tratando de abordar con la mayor seriedad y rigor jurídico posibles el análisis de dicho juicio, son poco menos que desalentadoras para Movimiento Progresista. Es cierto, el procedimiento está planteado de una manera más pulcra, mejor desarrollada y mucho más precisa que el de hace seis años. Sin embargo, adolece de varias fallas, y una es elemental: las pruebas. En las siguientes reflexiones que compartiré en este medio, hablaré de forma más detallada sobre el juicio, entre otros temas con relevancia político-jurídica. Sin embargo, adelantando la más importante de las conclusiones a las que llego en este asunto, con dolor para todos, no queda sino decir que el PRI sí hizo su trabajo satisfactoriamente y los demás actores políticos no.

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