La primera vez que escuché hablar de una “mujer empoderada”, vino a mi mente la ex primer ministra británica Margaret Thatcher: la “Dama de Hierro”, más cabrona que bonita, con don de mando y exitosa (pero, sobre todo, igualando a los tiránicos varones).
Por eso no fecundó el socialismo, porque sus dirigentes le quitaron poder al capitalismo, para quedárselo ellos, no para repartirlo. Así Margaret Thatcher: no le quitó el poder a los varones para abrirle espacios a sus hermanas, sino para demostrar que Donald Reagan le hacía los mandados.
Para mí, buscar el poder es un rasgo típico del patriarcado. ¿Qué hace un macho? Expandirse, demostrar que todo es suyo. Subyugar. Las mujeres que quieren igualdad con los varones, pero compitiendo en culerés, no son admirables, sino pésimas personas, para mujeres, hombres, niños, stickers.
Es como si un pacifista deseara ser Primer Ministro de Defensa, para demostrarle a los belicosos que él también puede ordenar bombardeos.
El hecho de que todo mundo quiera el poder, no le quita que esta sea una pretensión muy chafa, pretexto para pasar por encima de los demás, robar, discriminar a quien se considere inferior y cometer todo tipo de tropelías.
Filósofos, artistas y místicos, consideran a la insaciable búsqueda del poder como el síntoma de una animalidad intrascendida, que dificulta el desarrollo por el camino del conocimiento y la sabiduría. Desde esta perspectiva, “empoderarse” no es una virtud, sino un vicio burgués.
Si hombres y mujeres, en vez de desear el poder, desearan el amor, la paz, el desmadre, el arte, la cultura, desde hace mucho habríamos erradicado la violencia de género (y todo tipo de violencia).
La que también existe es la mujer “desempoderada”: Chayito Robles, Karime Macías, la “Gaviota”. Símbolo de lo que le pasa a quienes quieren ser igual de transas que el Grupo Atlacomulco (ente asexuado que se alimenta del erario público).
En lugar de “empoderamiento”, se podría usar la palabra “enriquecimiento”, pues la riqueza no solo se refiere al dinero y los símbolos de status, sino también a la riqueza interior, y podríamos considerar a toda mujer (y a toda persona), con voluntad de superación y compromiso por el bien de los demás, como una “persona enriquecida” (además, la palabra también es atractiva para las “empoderadas” que gustan vestir como altas ejecutivas, despachando desde el último piso de la empresa, mediante un enriquecimiento lícito, o ilícito).
