La 4T: Mayoría Electoral y Polarización

AMLO
No hay duda que el país ha tenido cambios y avances en áreas sensibles de la vida nacional durante el inicio de este gobierno de la 4T,Internet

En México, el régimen de la 4T, según lo expresado en varias ocasiones por Andrés Manuel López Obrador, significa, entre otras cosas, un no retorno al pasado, desde el punto de vista político. En su lógica, los emisarios del poder público autoritario (la clase política representada por el binomio PRI-PAN), que actuaron en asociación con la oligarquía económica nacional para saquear al país, no solamente perdieron en las urnas, en 2018, sino que lo sucedido sirvió para sepultar al régimen anterior. ¿Eso es cierto? ¿Existe la evidencia histórica de ello? ¿O hay que esperar a que pasen algunos años, al menos una década, para hacer un primer balance historiográfico y fenomenológico al respecto? El análisis de coyuntura puede contribuir a hacer un balance preliminar, como aproximación, como acercamiento, en el contexto actual y a “botepronto”. 

La 4T, que inició su recorrido como nuevo grupo de alianzas gobernantes a partir del triunfo en las urnas, el 1 de julio de 2018, avanza, sin embargo, a pasos lentos. A un año de ese acontecimiento histórico, la idea de un cambio no sólo de gobierno, sino de régimen (concepto discutible), en un sentido democrático, como lo ha dicho el presidente, se pone a prueba todos los días. Desde la victoria electoral por mayoría abrumadora, en julio de 2018 (con un 53 por ciento de los votos efectivos, válidos y nacionales), el Partido-Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) y aliados políticos, especialmente AMLO como presidente electo, primero, y luego, como mandatario en funciones, no han dejado de ocupar el centro de atención pública. Esto sucede porque se crearon expectativas de cambio; la esperanza de la transformación social; el anhelo de que por fin se diera combate frontal a los abusos, a la corrupción y a la impunidad en las instituciones del Estado y de la sociedad. Que se dieran pasos en serio para resarcir la desigualdad social. Y que se terminaría o se controlaría, gradualmente, la inseguridad pública.

No hay duda que el país ha tenido cambios y avances en áreas sensibles de la vida nacional durante el inicio de este gobierno de la 4T, pero aún quedan muchos pendientes, pues es apenas el comienzo de esta ola, de esta intención transformadora: Cambios positivos en materia de salarios; en apoyos económicos y asistenciales a los jóvenes (sobre todo a las mujeres); lo mismo para los adultos mayores; a personas discapacitadas, en fin, a la sociedad vulnerable o a la parte más vulnerable de la sociedad. Cambios en áreas que en otros tiempos se antojaban imposibles: No hay aumentos a los impuestos, por el momento. No se han ordenado “gasolinazos”, por el momento. En el área de comunicación social, el jefe del Ejecutivo ha generado el hábito de llevar a cabo conferencias mañaneras con la prensa, transmitidas a todo el país. Se observa, por otra parte, una modificación en las formas y las actitudes gubernamentales desde la posición política más alta del Estado mexicano.

Un régimen que se declara (y lo es) sensible, como nunca antes, a las voces y demandas de la ciudadanía, debe ser valorado en su justa dimensión. Los opositores a López Obrador y al movimiento convertido en gobierno, no obstante, lo señalan como autoritario o que gobierna a base de ocurrencias. Pero los hechos indican lo contrario. ¿Cuándo se había visto a un presidente de la República reunirse con la dirigencia de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE)? Durante la historia de los movimientos sociales en México, las dirigencias disidentes u opositoras siempre fueron canalizadas, para platicar o abrir mesas de diálogo, con la Secretaría de Gobernación o con las autoridades del sector respectivo. Los mandatarios del país en el pasado, al menos durante los últimos 40 años, no se sentían cómodos al reunirse con las dirigencias obreras, campesinas o de otros sectores populares, sobre todo si no pertenecían a las cúpulas de las organizaciones corporativas o clientelares. Carlos Salinas dijo alguna vez, al referirse a la oposición: “No los veo ni los oigo”. Las dirigencias oficialistas del régimen autoritario y controlador del PRI, y entre 2000 y 2012 con el panismo hecho gobierno, siempre fueron bien recibidas por el inquilino de Los Pinos en turno; pero no era así con los líderes opositores sindicales o luchadores sociales. Hoy se observa un cambio en la voluntad política para entablar el diálogo y lograr acuerdos con los diversos actores políticos. ¿Eso también habría que regatearlo?

El régimen de la 4T y el movimiento-partido político, Morena, junto con sus aliados políticos, apenas comienzan a gobernar al país en medio de contradicciones y errores, pero sin partir de cero, porque una parte de este grupo ya habían sido gobierno en la CDMX. Hoy las circunstancias son diferentes, sin embargo, porque se gobierna a la nación y ello implica ejercer el poder Ejecutivo y el Legislativo federales para todas las mexicanas y los mexicanos. En ese contexto, en lo político, el régimen de la 4T está obligado a actuar como un gobierno no absolutista (y esto se puede apreciar en el trabajo parlamentario), sino que, por el contrario, debe comportarse como un poder público democrático, no autoritario, que cogobierna con una oposición disminuida, pero no inexistente.

Este régimen de la 4T quizá inaugura una etapa política caracterizada por los simbolismos del cambio, pero no será conveniente quedarse ahí, puesto que la sociedad exige (“el pueblo bueno”) a dar resultados, en lo económico, en lo social, en lo cultural, lo educativo. Hoy se requiere ir más allá de tener a un presidente de la República que, además de ser “influencer” de las benditas redes sociales, sea un líder de la transformación de las instituciones; un impulsor de innovaciones en la infraestructura que requiere el país: en comunicaciones y transportes, en capacidades energéticas, en mantenimiento de espacios educativos, en protección del medio ambiente, entre otros.

Este régimen político de la 4T, que superó al “establishment” del prianismo, (en otro momento la “Mafia del Poder”, en el discurso opositor de AMLO), el cual cerró filas y se asoció con las cúpulas empresariales para gobernar al país durante casi cuatro décadas, requiere también ir más allá del simbolismo que representa la residencia de Los Pinos convertida en centro cultural. Al presidente López Obrador le hace falta combatir frontalmente a la corrupción y a la impunidad, sin borrón ni cuenta nueva, y sin excesos en el uso de las tijeras de la “austeridad republicana”. Simplemente necesita la aplicación simple y llana de la justicia ante los casos de delitos cometidos, en el pasado cercano, en contra de las finanzas y el patrimonio nacionales. Al gobierno de la 4T le debe quedar claro que, hacer justicia y aplicar las leyes en materia de combate a la corrupción y a la impunidad, trae más beneficios que perjuicios tanto al Estado como a la sociedad mexicana.

El régimen de la 4T sabe que los verdaderos contrapesos no están en los organismos autónomos ni en las instancias reguladoras, sino en una sociedad crítica, activa, informada, participativa y exigente. Este régimen del “antineoliberalismo”, por lo tanto, tendrá que desmontar las capas de barniz que impusieron los tecnócratas y los grupos que gobernaron a este país, a través de una política de simulación y de extendidas redes de complicidad. Y tendrá además que demostrar que las políticas privatizadoras no son opción para el presente y futuro de nuestro país. Ahí donde los hechos económicos, los factores estructurales, sin corrupción, “hablan” por sí solos.

Este régimen de la 4T que llega al poder público en un clima contradictorio: de paz, sí, en las jornadas electorales, pero con fuertes problemas de violencia, con índices de homicidios al alza. Es una gestión política que inicia con cifras altas y preocupantes en materia de inseguridad pública y con carencias en las políticas públicas para preservar justamente la paz y la tranquilidad en todos los rincones de la nación. Aún con la aprobación y operación de la Guardia Nacional, no se ven claros los resultados. No al menos durante este arranque del régimen.

Así ha sido el inicio del nuevo régimen, de la nueva República de las protestas twitteras, de las denuncias youtuberas... de las comunicaciones facebookeras. De los desencuentros en las relaciones bilaterales con el gobierno de Estados Unidos; con fuertes presiones sociales por efecto de los flujos migratorios desde la frontera sur; con perspectivas débiles de crecimiento económico interno.

Un régimen que nace con una franja amplia de legitimidad, pero con una presencia ineludible, incuestionable, de polarización política e ideológica.

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