Carne de perro

Mi morada se ubica en una modesta colonia al poniente de la ciudad, pese a lo transitada que puede ser al amanecer el resto del día mantiene un silencio sepulcral. El parque Tangamanga se ubica a unas cuantas manzanas de distancia, lo que permite trasladarme a pie para despertar previamente mis músculos de su profundo letargo. Acostumbro correr una vez por semana para mantener en óptimas condiciones mi físico, no lo hago por vanidad ni por salud, sino por los gusanos; no deseo que se indigesten cuando me desayunen el día de mi entierro. 

Antes de iniciar mi trote y llenar mis pulmones de aire puro, caliento un poco mis extremidades realizando embarazosos ejercicios; un calambre o un dolor a un costado de mis costillas pueden arruinar mi acondicionamiento físico. Mientras realizo sentadillas observo cómo se desplaza a velocidad angustiante una bella mujer acompañada por una jauría de perros. Jamás había visto algo parecido en mi vida.

 

Lo cierto es que los mejores amigos del ser humano carecían de buen pedigrí estaban colmados de una enfermedad en la piel, creo que sarna, mientras unos cojeaban con la lengua de fuera otros se olfateaban lambiéndose el trasero. La escena era escalofriante como escatológica, no podía dar tregua a lo que presenciaba; una chica esbelta, rubia, de ojos color verde esmeralda, piernas torneadas y un trasero en forma de manzana, paseando perros callejeros. ¿O acaso serían los perros que conducían a su dueña a un lugar secreto? Cuando pasó a mi lado me sonrió amistosamente, respondí la cortesía de la misma manera esbozando una estúpida sonrisa equiparable a un ladrido amigable. Uno de los perros el de color cobrizo con costras oscuras se percató de ello y me lanzó una advertencia mostrándome sus afilados colmillos. No me intimidó.

 

Mientras fingía realizar más calentamientos previos contemplaba a la distancia cómo aquellas hermosas y aceitadas piernas se mantenían cerca de mí, deseaba que en ese instante regresara, me encadenara una correa al cuello y deambuláramos juntos. El ambiente no sólo lo permitía sino que lo exigía. El asunto estaba más que resuelto cuando la vi iniciar nuevamente su trayecto, decidí correr hasta alcanzarla ofrecerle mis tímidos músculos a su servicio para manipular a cuatro o cinco perros con facilidad. Los que fueran. No importaba.

 

-Discúlpeme, no es mi intención molestarla pero podría ayudarla a pasear estos hermosos cachorritos. –Le dije tratando de ocultar mi falta de oxigeno.

 

-Gracias pero puedo sola. Además, no son cachorritos estos ya son perros adultos. Y la verdad están horribles, pero alguien tiene que hacerse cargo de ellos. –Me respondió con un aire altivo.

 

<>, debió haber pensado aquella filantrópica mujer que sólo atenuaba un poco el sufrimiento de aquellos seres repugnantes que en el camino dejaban restos de su piel. ¡Y qué importa! No seguí el trote de ella ni de sus animales me despedí con educación, di media vuelta e inicié mi recorrido un tanto avergonzado. Mi ánimo decayó un poco pero no hay marcha atrás debo seguir ejercitándome, hoy daré cinco vueltas a un ridículo lago donde azoran famélicos patos que a la menor provocación te atacan lanzando certeros picotazos.

 

Ha transcurrido una hora desde entonces, mis piernas empiezan a temblar y mis intestinos protestan de consternación. Ahora me desplazo con lentitud, abúlico, debajo de una ingente sombra formada por una columna de viejos árboles, sólo para olvidar lo que sucedió unos minutos atrás. Al salir del pulmón de la ciudad a escasos cien metros encontré una taquería abierta, resignado por la panza en forma de aguacate que he tratado de aminorar con breves ejercicios, decidí entrar al establecimiento. En ese mismo momento la rubia que rompió mi corazón atendía una mesa, no me sobresalte, busqué un lugar discreto, tomé asiento y aguardé:<< ¿Y dónde dejó a sus pinches perros?>> pensé. Ella no me reconoció al instante hasta que se acercó para ofrecerme la variedad de tacos que venden. Segundos después me ubicó: <>, debió haber pensado. Ambos sonreímos.

 

Contra lo que pudiera pensarse no sólo me mostró sus hermosos dientes y una parte de su escote, sino que por ser la primera vez que entraba a su establecimiento me llevó una ronda de tacos cortesía de la casa. Además, descubrí su nombre: Adriana. No sólo me parecieron una delicia, sino exquisitos, el olor de la carne cociéndose era afable, mientras deglutía escuché el sollozo y el lamento de un canino, muy parecido al mío cuando fui rechazado por ella. Ahora sé dónde están, posiblemente me olfatearon, pero no deseo enterarme. ¡No permitiré que los ruidos de un perro me perturben! Una pausa: si lo pienso bien, la escena es clara como evidente, el desayuno gratuito era para reivindicarse conmigo, por haberme desairado, creo que le gusté. Pediré otra ronda más de tacos, espero que la carne sea igual de suave. 

 

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