La palabra orgullo significa “arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas” según se observa en el Diccionario de la Lengua Española.
Lo anterior viene a colación derivado de la ola de críticas vertidas hacia la candidata presidencial por el Partido Acción Nacional, Josefina Vázquez Mota, dado que un medio difundió fragmentos de la tesina realizada por esta, mismos que algunos integrantes de la comunidad perteneciente a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) consideraron como ofensivos.
Lo manifestado en el documento es criticable, sin embargo, las formas en que ello se hace en la gran mayoría de los casos, no reflejan la altura con la que debe conducirse alguien que se formó en la mejor Universidad del país.
Las universidades no son equipos de futbol. Sin embargo en las redes sociales defienden a estas como si se tratase de uno, pues existe un orgullo hueco, que es como la afición que alienta a su equipo sin ofrecerle nada más que sus ánimos y buenos deseos.
Decir: “Conseguiremos que mi universidad, la UNAM vuelva a estar entre las mejores 100 del mundo contribuyendo para ello en…”, es una buena expresión, digna de un universitario. Decir: “Soy orgullosamente UNAM”, es sólo la repetición de un slogan.
En términos coloquiales, no hay que ser villamelones.
Las universidades administran parte del erario destinado a la educación superior. En estricto sentido, no nos hacen favor alguno y no son a ellas a quienes debemos dar las gracias sino a la sociedad entera, especialmente a todos los contribuyentes del país que facilitaron los recursos para su presupuesto. Por ello la responsabilidad del universitario, especialmente el que asistió a una pública, es con la sociedad.
Las universidades no dan nada gratis y muchas veces retribuyen con una falta de transparencia alegando autonomía y lo mismo sucede con ciertas evaluaciones.
El prestigio de las universidades está en función de la actividad que desenvuelve su comunidad iniciando por sus egresados y alumnado, su cuerpo docente y también el cuerpo administrativo. En ese sentido cada uno de los integrantes de su comunidad es responsable de darle renombre a esta y no, de sólo beneficiarse de los logros hechos por otros que le han dado honor y gloria.
Si bien es cierto que gozar del reconocimiento que tiene una institución es un derecho para su comunidad, también lo es que este contrae obligaciones éticas con la misma en términos de demostrar, siempre, profesionalismo y excelencia. Así, son los profesionistas los que deben hacer sentir a su universidad orgullosa de ellos y contribuir a su mejora. La crítica, también es una contribución; si esta se traduce en acción, demostrará un verdadero cariño por su institución.
Cito el caso de la UNAM porque no cabe la menor duda de que es la mejor universidad del país y si en ella encontramos muchas áreas de oportunidad, en las otras habrá más, mucho más.
Impulsemos a la UNAM
Si crece la UNAM, lo harán también las otras universidades; ya sea por la imitación de modelos o bien, por el hecho de enriquecer a los docentes de estas como suele suceder. Pero la UNAM, en este momento, vive una etapa de crisis y ello debe atenderse con premura más allá que defenderla y ocultar bajo el manto del orgullo las áreas de oportunidad que muestra.
Si es cierto que en los 60s estaba entre las mejores 10 del mundo –documento que no pude consultar en la web y cuya única fuente es una consideración sin cita a la que alude Vázquez Mota-, debería existir un gran motivo de preocupación, pues está ahora está en la posición 176 del ranking de las Mejores 500 Universidades del Mundo.
Atendiendo lo anterior, significaría que en 50 años se ha rezagado, perdiendo no menos de 30 posiciones promedio por cada década. Es más fácil caer que levantarse, en especial cuando hay otros países que realizan esfuerzos en este rubro. Esperemos no tener que esperar 100 años para recuperar los 50 perdidos, aunque aún así y en términos realistas, se aprecia lejano que esté entre las 10 mejores del mundo incluso en el hipotético tiempo referido.
No es cuestión de recursos, pues en ese sentido, la UNAM los tiene -aunque nunca sean suficientes-. De hecho, la Universidad de Buenos Aires (UBA) con un presupuesto 2 veces menor -13 mil mdp por la UBA vs 31 mil mdp de la UNAM-, ostenta una mejor posición en el ranking mundial, siendo pues, una mejor institución educativa y formativa.
Sé que las mediciones y comparativos no son suficientes para juzgar a una institución, pues la mayor valía de la UNAM es la aportación que hace a la sociedad mediante sus egresados, líderes en sus respectivas áreas y que difunden su conocimiento a lo largo del país. La UNAM rompe brechas y permite que las clases menos favorecidas puedan tener mejores aspiraciones, pero ello no debe influir en la búsqueda de calidad.
Falsos teoremas
Ha sido común que durante mucho tiempo se afirme con un carácter casi axiomático, que las sociedades evolucionan conforme mejora su nivel educativo. La relación negativa, es decir, entre un rezago social y la baja de su sistema educativo es observable. Pero en crecimiento, no suele ser tan evidente.
Como se dijo, Argentina tiene a la mejor universidad de América Latina; también tiene un mejor PIB per cápita e IDH que el mexicano, es decir, poseen una mejor calidad educativa a nivel universitario así como un ingreso más alto que se encuentra mejor distribuido. Hasta allí se cumple con el teorema. Sin embargo, Chile tiene mejor PIB per cápita e IDH que Argentina y aunque dos de sus universidades están ubicadas entre las primeras 500 del mundo, permanecen por debajo de la UNAM, es decir, mejoraron sus condiciones de vida y de distribución antes que su sistema educativo o más bien, a un ritmo más acelerado que este.
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Por cierto que espero y no moleste al lector mi humilde opinión, sobre todo por no pertenecer a la comunidad de la UNAM, pero precisamente esa lejanía puede ser un factor que juegue a favor para poder apreciar ciertos fenómenos imparcialmente.