El campo mexicano: retos y oportunidades

Hablar del campo mexicano es referirnos a dos realidades contrastantes. Tenemos, por una parte, al sector agropecuario más productivo y dinámico que crece por encima del promedio de la economía nacional. Al campo mexicano modernizado, con riego tecnificado, mecanización e innovación tecnológica. Al campo de los grandes productores que hoy están conquistando nuevos mercados internacionales con productos de alta calidad, lo que ha permitido que México se consolide en un gran exportador de productos como tequila, fresas y berries a China, limón a Corea, toronja a Japón, y granada, pitaya, higo, jitomate y aguacate a Estados Unidos, entre muchos otros.

Pero, por la otra, tenemos otra cara del campo, la de un sector rural que ofrece condiciones de vida muy precarias a millones de familias. Este es el campo de las mujeres y hombres que trabajan de sol a sol para arar la tierra porque no tienen acceso a créditos baratos, maquinaria y asistencia técnica. Este es el campo donde los campesinos siembran para el autoconsumo y lo poco que les sobra muchas veces ni siquiera pueden venderlo en el mercado. Este es el campo en donde los cultivos son de temporal y que, al depender del buen clima, pueden hacer que los campesinos pierdan todo en un momento porque no están asegurados.

Estamos hablando así de un campo en el que, de acuerdo con datos del gobierno mexicano, seis de cada diez personas de zonas rurales viven en situación de pobreza, lo que equivaldría a alrededor de 17 millones de mexicanos.

Para atender esa otra realidad del campo se requieren políticas públicas activas que permitan combatir la pobreza y la desigualdad. Precisamente con ese fin, cuando me desempeñé como Secretario de Desarrollo Regional de Hidalgo, propuse impulsar el desarrollo regional equilibrado como una vía para conectar las zonas con mayores carencias y rezagos, a las de mayor dinamismo.

Hoy es buena noticia que, desde el gobierno del Presidente Enrique Peña Nieto, se esté impulsando un plan integral para fortalecer el campo. Esto incluye acciones para transformar los subsidios, de corte asistencialista, a incentivos a la productividad a fin de que los productores del campo puedan invertir en fertilizantes, semillas mejoradas y otras labores para preparar la tierra.

Incluye, además, medidas para el otorgamiento de crédito a tasas más baratas, 7% anual para los pequeños productores y 6.5% para los proyectos encabezados por mujeres campesinas, a través de la nueva Financiera Nacional de Desarrollo que se creó con la recientemente aprobada Reforma Financiera.

Y también la promoción de esquemas más eficaces de ordenamiento de mercados y administración de riesgos. Esto implica la actualización de los niveles de ingreso objetivo, la ampliación de los esquemas de agricultura por contrato y el reforzamiento de las acciones de administración de riesgos de mercado. Con ello, los productores pueden tener mayor certidumbre sobre sus cultivos, desde la siembra hasta su comercialización. En otras palabras, esto significa apoyar a los campesinos en toda la cadena: en la forma en que producen, lo que deben producir y cómo deben venderlo.

Estas son, sin duda, importantes acciones en favor del campo que pueden rendir mayores frutos si hoy sabemos aprovechar las ventanas de oportunidad que se le abren al campo mexicano.

Por un lado, la actual discusión del presupuesto del campo en la Cámara de Diputados constituye una gran oportunidad para continuar fortaleciéndolo, al dotarlo de los recursos necesarios que le permitan lograr no sólo una mayor productividad, competitividad y crecimiento, sino también impulsar una mejor calidad de vida en beneficio de los productores y sus familias.

Y, por el otro, la Reforma profunda del campo, que podrá ser discutida en la Cámara de Diputados en este periodo ordinario, es también una gran oportunidad para apuntalar este sector estratégico en el largo plazo. De acuerdo con los objetivos trazados por el Presidente Enrique Peña Nieto, con esta reforma se buscaría consolidar un campo justo, productivo y rentable, que crezca de forma sustentable y garantice la seguridad alimentaria.

Sin duda, se trata de buenas noticias para México ya que, de aprovecharlas adecuadamente, permitirían desarrollar integralmente este sector clave en el progreso del país. Y no sólo eso. También serían un gran paso para contribuir al abatimiento de la pobreza y desigualdad que aún prevalece en varias regiones rurales del país.

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