El pasado 20 de julio la Secretaría de Educación Pública, en voz de su titular, Aurelio Nuño, presentó el Modelo Educativo de la actual administración federal, así como la Propuesta Curricular para la Educación Obligatoria (para Básica y Media Superior) 2016. Esto significa que, apenas, al tercer año y medio del sexenio, se dan a conocer los documentos que debieron entregarse desde 2013.

Como lo han comentado otros colegas en medios informativos, hay mucho por analizar y reflexionar en torno estos documentos que, junto con el texto: “Los Fines de la Educación en el Siglo XXI”, constituyen las piezas que faltaba integrar al contenido de la “Reforma”.

Como Frankestein, en el diseño de esta “Reforma” primero se construyó “el cuerpo” y después “el alma”.

Qué alivio da saber que su aplicación no será inmediata. La propia SEP ha anunciado que los documentos principales de la llamada “Reforma Educativa”, estarán sujetos a consulta pública con la finalidad de recabar la opinión de la sociedad. En ese contexto, comparto tres observaciones sobre la “Propuesta curricular…”.

1.         Como toda propuesta, esta es provisional y, por lo mismo, estará sujeta a cambios, complementos, ajustes y adaptaciones. Eso le da el privilegio de la duda. Como dijera hace algunos años el especialista en análisis curricular, Alfredo Furlán, todo proyecto curricular es, en esencia, una “hipótesis” de trabajo.

2.         En la presentación del documento, firmada por el secretario Nuño, la “Propuesta curricular…” indica que hay un doble desafío relacionado con la finalidad de la escuela (pública), que ya no es “solamente enseñar a los niños y a los jóvenes lo que no saben…”, sino que hay algo más: aprender (en y) para la vida. Estos desafíos son: a) Definir qué debe enseñar la escuela, en términos de las condiciones sociales, culturales, económicas y políticas actuales, y del futuro. En efecto, el tema de la selección de los contenidos educativos es un asunto esencial, que convoca a la necesaria discusión sobre qué habrán de aprender los alumnos de Educación Básica y Media en México; y b) La necesidad de “transformar la cultura pedagógica para que los profesores puedan hoy formar a esos niños y jóvenes”.

Es cierto, con respecto al primer desafío, que “el currículo (escolar) debe ser mucha más que una lista de contenidos…”, sin embargo, éste no debe ser un cajón de buenos deseos, ni una tina sin fondo, es decir, el currículo de la escuela no tiene por qué ser sobrecargado o sobrellenado, a efecto de no convertirlo en un complejo de saberes académicos inalcanzables, o carentes de sentido y significado para los participantes de los procesos educativos: alumnos, docentes, directivos, familiares, asesores técnicos, personal de apoyo y los demás núcleos sociales involucrados en ellos. Es importante, por lo tanto, limitar la extensión de los saberes, de la misma manera en que hay que definir y precisar la profundidad con la cual se van a abordar y a aprender dichos contenidos, tanto en términos de habilidades, actitudes y valores como en conocimientos.

Por otra parte, con respecto a la “cultura pedagógica” de los profesores y las profesoras, en la presentación de la “Propuesta…” no se expone una caracterización ni una esquematización acerca de la “cultura” aludida, que habría que cambiar o modificar. Sin una descripción somera o esquemática acerca de las necesidades de transformación de una “cultura” pedagógica determinada, no se puede construir un camino alternativo.

Al respecto, considero que la SEP aún no cuenta con un dispositivo o un proyecto amplio, coherente y consensuado sobre la formación inicial de los Maestros (subsistema normalista), ni sobre la formación continua (para apoyar a los docentes, directivos y asesores en servicio). Existen varias evidencias a este respecto. Presento sólo un botón: La carencia de una idea en el propio cuerpo del documento de la “Propuesta Curricular”, sobre cómo construir, atender y caminar hacia una nueva cultura pedagógica del y para el magisterio. ¿Qué hacer con los cientos de Centros de Maestros, en todo el país, que sólo se han convertido en “elefantes blancos”? No sólo se trata de apuntalar la estructura física de la escuela pública, sino diseñar una superestructura intelectual y académica para estas figuras educativas, la llamada “profesionalización”, que no dependa linealmente de un modelo de evaluación educativa, de por sí limitado, como el que se ha practicado durante los últimos dos años, y que ha estado al servicio del control corporativo institucional mas no de la mejora educativa. Esta situación demuestra, una vez más, que lo político y lo administrativo, le ganan a lo educativo.

3.         La “Propuesta Curricular 2016” de la SEP no es abundante en la incorporación de nuevos conceptos pedagógicos, producto de la investigación y la innovación educativa internacional, sino que se mantiene en una especie de “gradualismo” ligero. Si revisamos el Acuerdo 592 de la SEP, publicado en 2011, daremos cuenta de lo que decimos. No encontré grandes diferencias entre lo publicado hoy y lo establecido hace cinco años, en términos pedagógicos.

Esto se cocinó a “fuego lento, para que no se nos vaya a desbordar la olla…”.  Me explico, y, al mismo tiempo, aventuro una hipótesis:  El sentido de la “Propuesta” es, según mi interpretación, “Cambiar poco para que todo siga igual”.

¿Qué conceptos pedagógicos innovadores y de avanzada quedan por el momento fuera, al menos en el texto que nos entrega la SEP?  Hay varios, por ejemplo, la noción de “autonomía de aprendizaje”, de Carles Monereo y colaboradores (Barcelona), que implica analizar, desde el punto de vista del diseño curricular, qué aprenden los alumnos, cómo lo aprenden, por qué y para qué lo aprenden. Sobre este tema, lo único interesante que se alcanza a exponer en la página 22 del documento referido, es: “La autonomía se vincula directamente con la autorregulación”. Ah !!!  Muy bien. ¿Y qué más?

Otras nociones que se incorporan hoy en día a los diseños curriculares en otros países, y que no vemos en la “Propuesta curricular” mexicana, son: La idea de promover el “Pensamiento Lateral” y el “Pensamiento Práctico” (de De Bono); la concepción práctica y viable de impulsar el “Pensamiento Estratégico” (Monereo); o la noción pedagógica y psicológica para que los alumnos desarrollen, más que competencias, el “Pensamiento Creativo” y el “Pensamiento Crítico”, ideas prácticas que van más allá de la simple resolución de problemas por parte de los estudiantes (en Matemáticas y en Ciencias), sino que es un tipo de procesamiento inteligente de la información, en el cual la formulación y diseño de planteamientos, se realiza de manera intensiva, sistemática y cotidiana por parte de los propios alumnos, no sólo por el docente.

A reserva de continuar y ampliar el análisis sobre los tres documentos en cuestión, me parece que la propuesta rescata algunos principios pedagógicos que han sido reivindicados en congresos y reuniones académicas recientes: Centrar los procesos educativos en el aprendizaje activo de los participantes, y menos en la enseñanza autoritaria y pasiva, a cargo de los maestros; lograr que la escuela sea el núcleo central de los procesos de cambio (desde abajo y no desde arriba), a través de la reactivación de los cuerpos colegiados y las desburocratización; desechar la idea de que los únicos responsables de los procesos y productos de la educación formal, son los docentes, sino que el reto de las transformaciones, por el contrario, está en las decisiones directivas y en el “sistema escolar” en su conjunto. Pensar y actuar a favor de la preparación profesional, permanente y sistemática de las diferentes figuras educativas, sin reproducir el esquema de la “zanahoria al frente”, que representó el programa de carrera magisterial, entre otros.

Hay todavía mucho por examinar y valorar, a priori, en torno a los documentos que dan “alma” a la Reforma Educativa de la actual administración federal. Lo mismo que sucede con las leyes, las propuestas curriculares deben responder a las demandas y necesidades de la sociedad, y no al revés. El debate apenas comienza… y habrá de continuar.

*Profesor titular de la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Querétaro.