El domingo recibí una invitación para acudir a las seis de la tarde a un espectáculo llamado:” Oaxaca, sones de tierra y nube”, en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris. El elenco estaba encabezado por la Banda Filarmónica del Centro de Capacitación Musical y Desarrollo de la Cultura Mixe, CECAM, y presentaba como solistas a la extraordinaria cantante Susana Harp y al tenor Fernando de la Mora, por lo que decidimos derrotar a la flojera del domingo en la tarde y asistir.
La Ciudad de México tiene un ambiente especial los domingos. Con menos tráfico del habitual, se siente uno en la época virreinal y se aprecia mejor la espléndida arquitectura colonial de los edificios del centro histórico.
La primera sorpresa: un lleno total. No había un lugar vacío, y en la entrada los revendedores ofrecían boletos hasta en dos mil pesos.
Apareció en escena el director, César Delgado Martínez, con sus huaraches y su atuendo regional. Nos llevamos la segunda sorpresa: los músicos eran verdaderos virtuosos y la calidad del concierto, digna del mejor escenario.
De inmediato, me di cuenta que la mayoría de los asistentes eran oaxaqueños, que le ponían sabor y color al concierto con gritos como “Viva Oaxaca”, o “Viva el Istmo” al que el público respondía con “vivas”, como si se tratara de un quince de septiembre.
Tocó el turno a la cantante Susana Harp, sobrina del empresario Alfredo Harp Helú, interpretando “La Llorona”, una de las canciones más clásicas de la región. Le siguió el tenor de moda, Fernando de la Mora, obsequiando al público tres canciones del más famoso de los autores de Oaxaca: Álvaro Carrillo.
Y todos nos convertimos en Oaxaca.
Se anunció la interpretación del conocido himno de facto del Estado de Oaxaca: “Dios nunca muere” y los oaxaqueños presentes empezaron a ponerse de pie.
El espectáculo llegó al clímax, cuando fuimos invitados por Fernando de la Mora y Susana Harp a cantar juntos la Canción Mixteca, esa melodía que refleja el dolor del pueblo oaxaqueño.
Salí convertido en oaxaqueño. Impregnado de ese espíritu apasionado de un estado lleno de magia, que ha luchado tanto por sobrevivir y que ha defendido sus creencias y tradiciones contra viento y marea.
¡Qué absurdo que las noticias cotidianas sobre Oaxaca sean acaparadas por las manifestaciones, paros y marchas de la Sección 22!
El alma mater del estado está muy por encima de la pequeñez de políticos y sindicalistas.
¡Qué triste que hayamos olvidado que en Oaxaca “Dios Nunca muere”!
