Las palabrotas en la literatura
Conozco a algunas de las personas que más han cuestionado a Paco Ignacio Taibo II solo por el hecho de que este, en la FIL de Guadalajara, se expresó como nos expresamos todos —y todas.
Así hablamos, nadie tendría por qué escandalizarse. Inclusive, así, con palabrotas, se escribe.
Leo en internet que, desde 1950, “el número de palabrotas usados en la literatura ha crecido de forma exponencial”. Se cita ahí a un especialista, Jean Twenge, de la Universidad Estatal de San Diego.
El señor Twenge encabezó un interesante estudio que se publicó el año pasado y que sintetizo enseguida:
1.- Los investigadores analizaron “más de un millón de libros de Google Books publicados entre 1950 y 2008 en busca de lo que en Estados Unidos se conocen como ‘Seven Words You Can Never Say on Television’, es decir, las siete palabras indecentes que en 1972 el comediante George Carlin señaló en un monólogo que nunca debían ser dichas por televisión, satirizando su excesivo puritanismo. La lista estaba compuesta por shit —mierda—, piss —meada—, cock —polla (pene, verga)—, suck —lamer o apestar (o mamar o chupar)—, fuck —follar o joder (o coger)—, motherfucker —hijo de puta (o chinga tu madre)— y tits —tetas (chichis)—.
2.- El análisis “descubrió un aumento significativo y generalizado de todas esas palabrotas en la literatura desde 1950”.
3.- “En concreto, en los libros publicados entre 2005 y 2008, era 28 veces más probable que apareciera alguna de esas palabrotas que en libros publicados en la década de los cincuenta”.
4.- “Así, ‘hijo de puta’ se usó 678 veces más, ‘mierda' se multiplicó por 69 y ‘joder (coger)’ fue 168 veces más frecuente a mediados del 2000 que a principios de la década de 1950”.
5.- “Imaginaba que el uso de palabrotas aumentaría, pero me sorprendió que el aumento fuera tan grande — 8 veces más—”, declaró Twenge para The Guardian”.
6.- “Para Twenge y su equipo esta proliferación de palabrotas en la literatura estadounidense es paralela al carácter cada vez más individualista de la cultura y a la relajación de los tabúes sociales”.
7.- “Las palabrotas permiten expresar más libremente las emociones, sobre todo la ira. Es por eso que son una consecuencia de la creciente importancia de la autoexpresión y del individualismo, que enfatiza más el yo y menos las reglas sociales”.
Comentarios de los lectores
Debajo de la nota sobre el análisis de Jean Twenge, un lector dice, con toda razón: “Lo primero que aprenden los futbolistas extranjeros es a decir tacos; lo primero que aprenden los diputados y senadores nuevos es a insultar a los rivales; lo primero que aprenden los niños, después de papá y mamá, es a insultar a otros niños... ¿De qué nos sorprendemos? Los escritores reflejan la realidad a su manera particular, pero la realidad al fin y al cabo”.
La belleza de las palabrotas
Hay mucho sobre el tema en internet. Otro buen artículo, de Sergio Parra, es “Palabras malsonantes en textos biensonantes: la belleza de los tacos en la literatura”. Un poco contra lo que afirma el estudio de Jean Twenge, el señor Parra afirma que las palabrotas “pudieran parecer algo muy de ahora, muy cool, muy posmoderno, muy ‘Trainspotting’ y todo eso, pero lo cierto es que determinado sector cultural e intelectual siempre ha defendido la procacidad y la suciedad verbal desde el principio de los tiempos (artísticos)”.
Veamos:
√ Sergio Parra cita a Valle-Inclán: “¿Qué escucho? ¿Son almas en pena? ¿Son hijos de puta?”
√ Menciona que Cervantes y Quevedo usaban también habitualmente palabras como “puta”.
√ De Quevedo el señor Parra recuerda que escribió un libro titulado Gracias y desgracias del agujero del culo.
√ “Rabelais (1494-1553), en su Gargantúa y Pantagruel, consigue alcanzar niveles de escatología que incluso ruborizarían a los guionistas de South Park, con fragmentos dedicados, por ejemplo, a un retrete que habla con el usuario: Cargante, bostante, pedante, cacoso, tu coso colgante bajante a mi foso, guardoso, mierdoso, asqueroso, ¡San Telmo te espante si todo agujero mugroso, trasero, no limpias entero cuando te levantes”.
√ “Pudiera parecer, tras un análisis superficial y algo carcamal, que escribir palabras malsonantes en un libro o artículo afea nuestra imagen frente al lector. Y tal vez es cierto, como igualmente es cierto que todo cuanto se salga del tiesto provoca rechazo general. El problema, pues, reside en buscar el aplauso general o académico. Ese que provoca que muchos autores se dejen en la aduana los signos distintivos del talento, o los degraden hasta hacerlos irreconocibles”.
√ “El idioma español es más eufemístico que soez… Camilo José Cela escribió el Diccionario secreto, un gigantesco volumen con millares de palabras malsonantes referidas casi en exclusiva al sexo y los excrementos, (pero) el idioma inglés nos gana por goleada. Al menos en una conversación cotidiana, tal y como afirma el autor del libro Diccionario soez del español cotidiano, Delfín Carbonell Basset”.
√ “Y es que ya lo dijo una vez el escritor C. S. Lewis: Una vez que te pones a hablar de sexo explícitamente, te ves obligado a escoger entre la lengua de la guardería, la de los bajos fondos o la de clase de anatomía”.
El que pierde el habla sigue diciendo palabrotas
Sergio Parra dice algo más, realmente interesante:
√ “Recomiendo vivamente la lectura de El mundo de las palabras, del psicólogo cognitivo Steven Pinker”.
√ “Hay un capítulo dedicado en exclusiva a las palabrotas, en el que el autor ofrece relaciones de palabras malsonantes, análisis de términos que ya son tabú en EEUU (como nigger) o casos de pacientes que perdieron el habla pero, sin embargo, pueden seguir maldiciendo, lo que sugiere que las palabrotas pueden ser un tipo diferente de palabras, conectadas de alguna forma con nuestro cerebro más primitivo”.
Pero las palabrotas no hacen rufián a nadie
Más interesante es un apunte del propio señor Parra:
√ “Que las palabrotas procedan de partes abyectas de nuestra mente no significa que modelen nuestra mente. Es decir, pronunciar una palabrota no nos vuelve un rufián, ni provoca que tengamos malos pensamientos, ni ensombrece nuestro código moral cotidiano”.
√ “Las palabras no predisponen a las actitudes de las personas, por ello resulta tan estéril cambiar palabras raciales o de connotaciones despectivas por términos eufemísticos: la gente dirá las cosas de otra manera, pero seguirá pensando esencialmente lo mismo”.
√ “Los reprimidos. Oh, muy gosh, dicen lo que se la cogen con papel de fumar, en vez de oh, my God. Chico de color o miembro de la diáspora africana en vez de negro. Muchacha de moral distraída en vez de puta. Las estrategias que llevan a cabo los reprimidos a fin de evitar que su boca articule palabras prohibidas es ciertamente retorcida, y cambiante con el transcurrir del tiempo o las modas”.
√ “Son los afectados epidérmicos, los sencillos puritanos con mucho tiempo libre. Personas que aprobarían el lenguaje empleado en la novela de ciencia ficción y sexo explícito de Andreu Martín, Ahogos y palpitaciones, donde “pornar” es el verbo que sustituye a follar (coger), por ejemplo”.
√ “Sin embargo, finalmente los que son finolis con el lenguaje se comportan tan bien o tan mal como los que no lo son. Es algo similar a lo que sucede con los que se consideran creyentes parangonados con los ateos: las estadísticas sugieren que las cárceles de Estados Unidos están más llenas, porcentualmente, de creyentes que de ateos”.
√ “Así pues, ¿queremos leer novelas que parezcan genuinas o preservar la ingenuidad y la pureza de las mentes (supuestamente)? ¿Queremos descubrir cómo son y cómo piensan hasta los personajes más execrables o preferimos que los personajes evangelicen al lector (supuestamente)? Ya sabéis que lo prefiero yo”.
√ "Así que venga, todos juntos, asilvestremos nuestra alma, intoxiquemos el aire de olores venéreos el aire, embadurnémonos del mal gusto. Seamos como los yoruba africanos, que al insultar a alguien, el calumniado se ve obligado a devolverle el insulto al calumniador manteniendo la rima y doblado en agravio recibido, tal y como ocurría en las batallas dialécticas y de esgrima del videojuego Monkey Island. Lo pasaremos bien, digan lo que digan. Y seremos mejores”.
Órale pues, culeros, ya no chinguen criticando las mamadas de Taibo
Paco Ignacio Taibo II es un buen escritor, un intelectual entregado a la literatura, a los libros, es además un hombre honesto. Que se exprese en público tal como se expresan en privado prácticamente todas las personas que lo han cuestionado, no lo inhabilita para dirigir el Fondo de Cultura Económica. Todo lo contrario, es muy bueno que llegue a ese cargo alguien tan auténtico y libre —que no me cae bien, conste: me cae gordo el tipo—, representa una maravilla rara en la administración pública que alguien como Taibo, que hace lo que dice y dice lo que hace, vaya a reemplazar a un burócrata operador de la mafia del poder como José Carreño Carlón, que no ama los libros, sino que adora la grilla.
¿Que Taibo dijo una pendejada? Muy su derecho y muy su gusto. Pocos, muy pocos, tal vez solo uno de los que le han cuestionado en las redes sociales son mejores escritores que el próximo director del FCE.
Entiendo la exigencia de muchos de que el presidente López Obrador le retire a Taibo II la invitación a dirigir el Fondo de Cultura Económica. Tiene el derecho de exigir eso y bastante más. Pero de todo corazón deseo que Andrés Manuel no les haga caso.
No he hablado en mucho tiempo con el presidente electo, al que considero un buen amigo, viejo amigo del que me he alejado para hacer mi trabajo lejos del activismo político que, la verdad sea dicha, no se me da.
No he buscado a Andrés ni lo buscaré: no voy a actuar como oportunista tratando de acercarme ahora a un personaje de cuyo proyecto político me alejé porque quise, y cuya victoria, entonces, no es mi victoria: no hice nada para ganara este 2018, excepto darle un voto que le debía, pero que entre más de 30 millones de papeletas marcadas a su favor nada significa.
Menciono lo anterior porque me dan ganas de presentarme en la oficina de Andrés en el Palacio Nacional, hacer antesala, insistir, pelear con los ayudantes segundones que no conozco para llegar a los colaboradores de primera que traté en otros tiempos, pedir unos minutos con el presidente solo para decirle que no la chingue, que no vaya a escuchar a los escandalizados por un simple y hasta chistoso “se las metimos doblada”, que deje a Taibo hacer su trabajo el FCE —lo hará bien, estoy seguro—, que la cultura mexicana no merece seguir dominada por el juego bobo e hipócrita de la simulación, del eufemismo, de la pinche mojigatería que tanto daño le ha hecho a nuestra sociedad.
Como no voy a buscar a AMLO —eso sí, estaré el sábado en su toma de protesta: me llegó una invitación y la aprovecharé, ya que me interesa presenciar un hecho seguramente histórico—, como no voy a quitarle el tiempo al presidente de la República, como no es seguro que Andrés me haga caso —no me arriesgaré a un desaire— , ojalá él lea esto que escribo: que le suplico ignore ciertas opiniones sobre (más bien, contra) Taibo, que ayer leí en Twitter:
√ La de un intelectual tan brillante como Enrique Krauze, historiador de primera división, sin duda. Se equivoca Enrique, un hombre al que aprecio de verdad, al burlarse de Taibo.
√ De grillos tan terroríficos como Osorio Chong, que me da la impresión de jamás haber leído un libro. ¿En serio Chong tiene autoridad para hablar de cultura?
√ De grillitos chafas, como Fernando Belaunzarán, uno de los culpables de la destrucción del PRD. De dar pena esta persona.
√ De una senadora tan de derecha en el grupo de izquierda de Morena, como Lilli Téllez, amiga mía que ojalá vuelva a difundir en SDP Noticias sus videocolumnas. No me parece correcto rechazar votar una ley solo porque el comentario le pareció ofensivo.
√ De un economista neoliberal como Sergio Negrete Cárdenas, cuyo alias tuitero es bastante mamón: @econokafka. Como ciudadano tiene derecho a expresar lo que se le antoje, pero como intelectual —suponiendo que lo fuera— compite en la segunda división y quizá más abajito.
Ojalá mi petición sea escuchada por el próximo presidente de México.
