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Historias reales (y sobrenaturales) de la pandemia

Policía de la CDMX vigila cierre de establecimientos.Moisés Pablo/Cuartoscuro

Penélope, sus dos hijos y el impacto del COVID-19 en sus vidas.

Penélope teje las horas

A ti y a mí ( y miles de millones en el mundo) nos tocó. De vivir la “normalidad” (¿ha existido la normalidad?)| un día un virus nos paró, nos dejó quietos, nos guardó.

Hablar en primera persona y contar mi experiencia no sería relevante, incluso sería ególatra y por ello hablaré de lo que le pasó a Penélope, profesionista de 36 años y madre soltera de dos infantes, un niño de seis y una niña de diez.

Corrían los primeros días del mes de marzo y todo parecía “normal”: los niños al cole, ella a su trabajo como contadora en una boutique para bebés.

Su salario era demasiado justo para sus gastos y manutención de dos criaturas y encima tenía que pagar quien la ayudara a cuidarlos por las tardes, porque ella regresaba a casa hasta las ocho de la noche.

En esas estaba cuando llegó el virus de China.

Y así nos amaneció el 23 de marzo de 2020 con la ya casi mítica Jornada Nacional de Sana Distancia.

Con ella pasó lo que a muchos: a casa a esperar, a hacer home office… a batallar.

A los pocas semanas de estar en su departamento llegó el desempleo, porque como su trabajo era en un lugar “no esencial”, no hubo recursos y terminó cerrando.

Y Penélope empezó a tejer las horas y las penas.

Tarde tras tarde, en lo que buscaba la forma de poder obtener recursos financieros para subsistir, recordaba a doña Teresa, una anciana de buen semblante que tejía chambritas tipo españolas para vender en aquella extinta boutique en la que ambas trabajaron algún día.

Doña Teresa había muerto no hacía mucho, pero Penélope la llevaba muy dentro de su corazón. Siempre decía que tenía unas manos mágicas y que sus diseños eran inmejorables, tanto que había sobrevivido en la boutique porque además de buena tejedora, los dueños le tenían un cariño tan grande que ninguna máquina pudo quitarle su empleo.

Penélope y doña Teresa hablaban de muchos temas y fue la carismática anciana quien la invitó a que dejara de “tejer y destejer su vida” esperando el regreso de ese hombre que la abandonó sin importarle que sus hijos crecieran con carencias.

La contadora, le había anunciado ya un psicólogo, hacía honor a su nombre al sentarse a esperar aquel “héroe mitológico” que se había ido de su lado y que jamás iba a regresar porque estaba casado con otra.

El síndrome de Penélope es, en Psicología, aquel complejo en que la espera se convierte en el eje existencial de muchas mujeres. Se da principalmente en quienes sufren ante el fenómeno migratorio, es decir, quienes esperan eternamente a sus maridos que se fueron a otro país en busca de una oportunidad, pero que por lo general no regresan.

Sin embargo, no es exclusivo de esposas de migrantes, ya que aplica a la perfección a toda mujer que dedica su vida no solo a la espera, sino a la postergación de algo, ya sea una toma de decisiones o que simplemente esperan que llegue ese “héroe mitológico” (que puede ser en este caso el padre, el hermano, el amigo o el jefe, por mencionar solo algunos) a resolver los pendientes.

Nuestra Penélope, desde que aprendió a hacerlo, comenzó a tejer chambritas.

En ese momento, previo a la pandemia, no entendió para qué le podría servir tal manualidad, pero siempre que llegaba a su casa tejía y tan mal no lo hacía, ya que algunas amigas le encargaban alguna chuchería para sus hijos o para ellas, siempre con el afán de ayudarla.

“Siempre hay bebés que nacen y siempre hay que vestirlos. Ah, y siempre hay que estar comprando porque los niños crecen en forma fenomenal”, le dijo doña Teresa una tarde y ¡cuánta razón tenía!

Mientras fue consiguiendo hacer trabajos contables desde casa, Penélope decidió tejer más y ofrecer ropones, vestidos, bufandas y hasta gorros para chicos y grandes.

¿Ha logrado reunir una gran fortuna? Sí. Se encontró a sí misma y dejó de esperar. Hoy Penélope teje su futuro y mantiene a sus hijos. Los tres en su departamento sobreviven como tú y como yo, aquilatando lo mejor que se tiene: la vida y la unión familiar.