Lástima, no hubo plan, y la economía caerá más, quizá más que nunca

Si suspendemos el pago de impuestos, nos quedamos sin ingresos para programas sociales: AMLO
AMLO, presidente de México.Cortesía.

El problema, gravísimo, es que tal pandemia económica va más allá de un mes.

No hubo plan para la emergencia económica.

No.

El presidente en su mensaje a la nación no lo anunció.

En su informe de este domingo no presentó una estrategia con instrumentos específicos, destinatarios, y montos de recursos para -si ya no evitar- por lo menos paliar el enorme riesgo de desempleo y quiebras al que se enfrenta el país, consecuencia del temible virus que paralizó al mundo y lo hundió a la velocidad de rayo en una recesión, y ensombreció súbitamente el panorama económico de México.

La prueba es que en el poco tiempo que duró la alocución presidencial el dólar escaló a más de 25 pesos.

Lógico.

Los inversionistas entendieron el mensaje: México no tiene instrumentos creíbles, de la dimensión requerida para la grave emergencia económica.

 

ANTICÍCLICO, SÍ, PERO NO QUISO

Se requería el plan anticíclico más grande de los tiempos modernos para, repito, moderar en algo la tempestad que ya tocó sensiblemente las fibras de la actividad productiva del país.

Urgía un plan anticíclico de grandes dimensiones. Pero, claramente, el presidente tiene fobia a esta palabra: anticíclico.

No importa que así lo diga Paul Krugman, premio nobel de economía, no importa que así lo denominen – plan anticíclico- Donald Trump en los Estados Unidos, Angela Merkel en Alemania, Emmanuel Macron el presidente francés, Pedro Sánchez el presidente de España (de izquierda, por cierto), o hasta, muy cerca del terruño, Nayib Bukele, presidente de El Salvador.

Anticíclico, sí.

Sesgo lamentable: anticíclico, en la semántica del presidente es un plan de Fobaproa, de triste memoria.

¿Plan de Fobaproa?

No.

¿Acaso Trump, Markel, Macron, Merkel, Sánchez, o Bukele, implementaron Fobaproas, rescataron a los millonarios, al aplicar dosis enormes de sus presupuestos -que en algunos casos equivalen al 10 por ciento del PIB- para paliar la crisis que azota duramente a sus naciones, o se trató de una ayuda generalizada, necesarísima, a trabajadores y empresas, en una crisis planetaria inusitada, inédita, que derrumbó la actividad productiva?

Para nada.

Si la cordura hubiera imperado en el presidente y hubiera anunciado a los mexicanos un plan anticíclico en un mensaje esperado por decenas de millones de compatriotas sólo habría hecho lo correcto:

A saber, inyectar dosis cuantiosas, lo más altas posibles, de gasto, de deuda, para suministrar liquidez urgente a los millones, quizá decenas de millones de trabajadores que verán recortados sus ingresos, y a los cientos de miles de empresas, que no encontrarán la cuadratura del círculo de cómo pagar a sus trabajadores, o cómo pagar impuestos.

¿Cómo hacerlo, si los clientes están en estampida, muchos en sus casas temporalmente en el aislamiento normal de un mes?

El problema, gravísimo, es que tal pandemia económica va más allá de un mes.

Una gran proporción de esas personas que consumen y gastan, terminarán, al finalizar el aislamiento, con los bolsillos raídos o rotos, y no podrán seguir comprando, y obligarán a las empresas que adquieren estos productos, a despedir, o, peor aún, quebrar.

 

SE LO PIDIERON A GRITOS

Pero el presidente no hizo lo que les pidieron a gritos: un plan económico de emergencia, que brilló por su ausencia en el mensaje de Palacio.

Anunció que mantendrá apoyos a los pobres, sí, bien, pero insuficiente. Hay que extender, como nunca, la ayuda masiva, a trabajadores y empresas.

Muchas voces lo alertaron. Al final, negó prácticamente todas las sugerencias, urgentes, del sector productivo y quedó virtualmente en nada.

Ni siquiera precisó lo que adelantaron los empresarios, de otorgar créditos a Nafin a los micro y pequeños empresarios, supuestamente por 25 mil millones de pesos.

Ni, como lo anticiparon los líderes de las clases empresariales que se reunieron la semana pasada con él en Palacio Nacional, hubo paliativo fiscal. No condonar, palabra maldita, y con cierta razón, sino diferir, planchar la curva de pagos de impuestos. Si acaso, la promesa, difusa, de devolver lo más rápidamente posible el IVA.

Ni, como lo previeron los mismos empresarios que departieron con él esta semana, se decidió contratar más deuda.

Tampoco, más gasto público.

Al contrario, desafiando a la ortodoxia que reclama, a gritos, gastar más, mucho más, el presidente anunció que se apretará aún más el cinturón en el sector público, eliminando aguinaldos a la burocracia.

Tampoco (¡habría provocado un destello de confianza!), suspender, así sea temporalmente, la derrama en proyectos que (¿son esenciales en tiempos de emergencia?, como el Tren Maya, o la Refinería de Dos Bocas.

 

OÍDOS SORDOS A SU PARTIDO

Más aún:

Ni siquiera escuchó a su propio partido, Morena, y a su presidente, Alfonso Ramírez Cuéllar, quien, en una demostración de pragmatismo, difundió el domingo un plan económico de emergencia que en su título lleva la esencia extraviada en la atribulada nación de nuestros días: “Acuerdo de Unidad y Solidaridad Nacional”.

Programa que planteaba más recursos para salud, posponer de uno a tres meses las aportaciones obrero/patronales, agilizar el pago del gobierno a proveedores, transferencias masivas a trabajadores formales e informales por 1500 pesos también de uno a tres meses en base a los listados que tiene el gobierno; y sí, más deuda, aprovechando las líneas de financiamiento del Fondo Monetario Internacional, y aplicar parte de los 250 mil millones de pesos que obtendrá el gobierno con la extinción de los fideicomisos; pero no, también esto no fue escuchado.

 

ECONOMÍA INFECTADA

La economía, que no es de izquierda ni de derecha, que no es fifí ni chaira, sino que responde, implacable, a la lógica de los agentes económicos, reaccionará en consecuencia.

Si tales agentes económicos -trabajadores o empresarios sin importar tamaño- están “infectados” por un virus económico que desató el otro virus temible, y no reciben el medicamento adecuado, y mucho menos, en la dosis correcta, enfermarán gravemente antes de sanar.

Ergo: caerá la economía. Inevitablemente. Y mucho. Demasiado. A nivel histórico. Récord.

Ya la semana pasada JP Morgan, pronosticó una caída de 7% en el PIB en 2020. Bank of América fue más allá y anticipó un desplome de 8%. En su propio equipo, Arturo Herrera, el Secretario de Hacienda, previó una baja de 3.9%, alineada con la óptica del Banco de México, institución autónoma del gobierno federal.

¿Mejorarán esta perspectiva desalentadora tras el discurso del presidente de hoy?

Casi seguramente no.

Quizás, al contrario.

La prueba de que el mensaje no fue bien recibido se dio ayer mismo: el dólar subió de cuando inició a cuando terminó el discurso del presidente.

Ya se verá.

No hay hilo negro.

La economía no responde a discursos. Sino a estímulos concretos, esperados, que no los hubo. A programa y estrategias ad hoc para el tamaño del problema.

Y -preocupante- crece ominosamente la posibilidad de que la actividad productiva caiga más, incluso más que 7% el año en curso.

¿Crear 2 millones el número de empleos en nueves meses, como lo deslizó el presidente?

Casi imposible.

Aún con un plan, con el mejor posible, destinando 3 o 4% del PIB a un programa de emergencia que el país necesita - no 10 o 15% como en Europa y Estados Unidos- la economía habría caído quizá 4% en el año, como le advirtieron al presidente los empresarios en el Palacio Nacional.

Sin un plan, como quedó ya claro, la baja, como digo, será mayor, quizá la mayor del siglo, afectando en sus empleos, me temo, a más de 1.5 millones de mexicanos.

El problema -repito- es que no hubo plan.

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