Columnas

la presidencia de López Obrador sí que hará historia

El presidente López Obrador es, para un gran número de mexicanos, mucho más que un presidente o un jefe de Estado y de gobierno. Es un ejemplo, una guía moral, y para no pocos, un líder espiritual. Sus mañaneras no se ciñen a rendir cuentas sobre las funciones de gobierno o sobre las últimas novedades en materia de políticas públicas, sino que trascienden lo político-administrativo y se han constituido como un espacio de instrucción ideológica, donde el presidente promueve sus ideales éticos y morales, al tiempo que los contrapone exitosamente contra sus adversarios. Algunos de sus detractores le llaman adoctrinamiento ideológico. Desde mi punto de vista, aciertan.

El anuncio de la publicación y futura distribución de la Guía ética para la transformación de México es el corolario de la voluntad del presidente López Obrador de erigirse no como un presidente limitado por el marco constitucional y por las leyes, sino como un pastor que pretende hacer mella en las conciencias de sus feligreses.

Invariablemente, a reserva de que no exista alguna desatinada reforma a la Carta Magna, López Obrador dejará la presidencia el 1 de diciembre de 2024, y será sucedido por el ganador de los comicios federales de ese año. Quizá sea el candidato de Morena quien le suceda, o algún candidato de la oposición. Sin embargo, en todo caso, ningún personaje de la vida pública mexicana será capaz de dar plena continuidad al proyecto lopezobradorista; mismo ante el escenario del triunfo de un candidato de Morena, pues el hipotético futuro presidente adolecerá de la ausencia del espíritu cuasi místico de López Obrador.

Así lo reconocen públicamente los miembros de su partido. Basta con leer los mensajes de apoyo incondicional de funcionarios electos como Claudia Sheinbaum, quien no escatimó ayer en elogios tras la presentación del segundo informe de gobierno. Una mujer de ciencias quien se rinde ante el encanto de su padre político.

El extraordinario carisma del presidente —e insisto— la figura cuasi mística de AMLO le han permitido sortear, en términos de sus niveles de aceptación, las grandes tormentas que han sacudido nuestro país; desde la crisis económica (con una desaceleración prevista cercana al -10% para 2020), un desempleo rampante, el recrudecimiento de la violencia y la irrupción de un virus que ha reclamado la vida de miles de mexicanos, así como los magros resultados en materias como combate contra la corrupción y el alivio de la pobreza.

No obstante las cifras poco halagüeñas, el presidente goza de una aprobación mayoritaria de los mexicanos, y sin lugar a dudas, ante un escenario hipotético de la reproducción de los comicios de 2018, el presidente López Obrador sería electo nuevamente con márgenes cercanos a los obtenidos en los pasados comicios.

En suma, la presidencia de López Obrador sí que hará historia; seguramente no con los resultados esperados de una transformación de la talla de la Independencia o de la Revolución mexicana, sino por el ascenso de un personaje quien decidió convertirse en una figura contemplativa deseosa de reformar la vida política y moral de los mexicanos.