El viejo sistema sucesorio priista terminó en el año 2000, cuando Ernesto Zedillo aceptó la derrota del candidato de su partido en las elecciones presidenciales de ese año. Ya después, ni Fox ni Calderón pudieron imponerle su candidato a sus respectivos partidos, aunque Fox sí logró hacer ganar al que su partido escogió. Calderón no logró ni lo uno ni lo otro; Peña Nieto tampoco. Aunque al final este último se resignó al triunfo de López Obrador y pactó con él, sus opciones originales se le cayeron en el camino. No sabemos si Videgaray fue su primera alternativa como candidato del PRI, pero sí nos consta que después del fiasco de la visita de Donald Trump a México su candidatura quedó descartada. También nos consta que Meade perdió, como en la guerra.

Entre 1933-34, cuando se creó lo que después se llamaría el mecanismo del tapado, y 1997-98, cuando le metieron los famosos “candados” a Zedillo para seleccionar al candidato del PRI, e incluso si tomamos en cuenta la tragedia de Juan Camilo Mouriño en 2008, a una gran cantidad de presidentes se les han caído sus mejores cartas en el camino sucesorio. López Obrador lo sabe a su manera; Ebrard también, Claudia Sheinbaum probablemente no. En otras palabras, los presidentes de antes, y López Obrador ahora, podían imponer a quien quisieran, pero estos podían quedarse en el camino. Por razones más o menos trágicas, más o menos políticas, pero siempre imprevisibles e irremontables.

Las tres tragedias son conocidas. La primera sucedió en 1948, cuando Héctor Pérez Martínez, secretario de Gobernación de Miguel Alemán (y antes su segundo en Bucareli), muere de un infarto (a los 42 años). Naturalizado en el mismo estado que Alemán aunque nació en Campeche era, junto con Gabriel Ramos Millán (otra tragedia: muere en un avionazo en 1949), el preferido del presidente, quien no tuvo más remedio que traer a México al entonces gobernador Ruiz Cortines para sustituir al joven político y periodista recién fallecido. La mayoría de los historiadores especulan que el tapado original era Pérez Martínez, no Ruiz Cortines, o en su caso Ramos Millán, que tampoco llegó.

La segunda tragedia fue la de Luis Donaldo Colosio, la única en que se puede afirmar a ciencia cierta que era el candidato de Salinas de Gortari. Ya lo había escogido; Ernesto Zedillo lo sustituyó, pero nunca fue la primera opción de Salinas. Ya mencionamos la tercera tragedia: la de Mouriño, secretario de Gobernación de Calderón, y su colaborador más cercano. Después de su muerte en otro avionazo, Calderón opta por Ernesto Cordero, pero no logra colocarlo en el PAN, y Josefina Vázquez Mota es designada candidata y pierde, también como en la guerra.

Otros casos, no trágicos como estos, pueden también ser incluidos en esta lista. Es el caso de Alfonso Corona del Rosal en 1969. Yo creo (ver La Herencia), que el general en retiro era el preferido de Díaz Ordaz, pero después de la masacre de Tlatelolco no era viable imponer a un militar en Los Pinos. Asimismo, siempre pensé que Jorge Díaz Serrano era una de las primeras opciones de López Portillo. Se cayó en 1981, cuando se cae también el precio del petróleo y una hábil maniobra de Miguel de la Madrid, José Andrés de Oteyza y algunas otras logran obligarlo a renunciar. Por último, los candados impuestos a Zedillo por la vieja guardia priista le cierran el camino a la candidatura a José Angel Gurría, seguramente al que el presidente más admiraba de los integrantes de su gabinete y que había sobrevivido a los primeros años —terribles— del sexenio.

No sólo en México suceden estas cosas. A dos presidentes brasileños —Fernando Henrique Cardoso y Lula— se les cayeron sus sucesores preferidos. Al primero, se le murieron Sergio Motta y Luiz Eduardo Magalhaes; al segundo, le encarcelaron o inhabilitaron a Ze Dirceu y a Antonio Palocci. Cardoso se quedó sin cartas en 2002 y le entrega a Lula; este se resignó a escoger a Dilma Roussef como sucesora; fue destituida en su segundo período.

En síntesis, suceden lo que la 4T llamaría “incidentes”, inesperados, inevitables, provistos de consecuencias irremediables en la dinámica sucesoria mexicana y priista —que es más o menos lo mismo. La tragedia del Metro, entre muchas otras cosas, también es eso. Ebrard, y en menor medida Sheinbaum, también son víctimas, de otra naturaleza, desde luego. No están solos, como lo muestra esta breve reseña; están en buena compañía.

Sobre el autor

Jorge G. Castañeda fue secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003 y es profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Entre sus libros: Sólo así: por una agenda ciudadana independiente y Amarres perros. Una autobiografía. Otra de sus obras, Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia publicado por Debate ya está disponible en Amazon.

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Artículo originalmente publicado en Nexos. Se reproduce aquí con autorización del autor