La oposición arrecia una ola golpista bajo el flujo retórico

Tumbaburros hijo de calderón AMLO mañanera.
Foto tomada de Twitter.@tumbaburross

Han desplegado coincidencias aquellos que verdaderamente desde hace años muestran el interés desmedido por apoderarse del aparato gubernamental

La serie de acontecimientos que se han perpetrado a lo largo de la historia de nuestro México contemporáneo, sobre todo de aquella clase que se empoderó preponderantemente bajo el sistema que centralizó el poder -no causa ni el más mínimo estupor, la forma que va tejiendo para ir empleando distintos mecanismos de manipulación, complots, conspiraciones, fraudes y simulaciones a fin de articular el motor propagandístico que vaya permeando de manera sistemática -una avalancha que arrecie la estrategia fragmentadora a través de la expresión de un contrapeso que está invadido por el odio.

Han desplegado coincidencias aquellos que verdaderamente desde hace años muestran el interés desmedido por apoderarse del aparato gubernamental a implantar una política a fin de monopolizar un esquema neoliberal; es impensable no poder descifrar que ese grupo se concentra en imágenes como los “Chuchos”, Vicente Fox, Ricardo Anaya, Marko Cortés y, algunos personajes que fueron desnudados por el gobierno Federal; entre ellos Aurelio Nuño, Romero de Hicks, y el propio hijo del expresidente Felipe Calderón, ¡Vaya sorpresa!; si esto realmente tiene un sustento y, una investigación de rastreo de esas cuentas podemos encontrar una explicación que nos lleve a tomar en consideración, que al menos en la administración que encabeza Andrés Manuel, descubrieron una intentona amalgamada de organización para perpetrar un golpe contundente, que no necesariamente se fragüe bajo el flujo militarizado, sino desestabilizador que vaya inhibiendo en un discurso político a provocar y sembrar la ruptura del equilibrio. (La guerra sucia a través de los Bots).

Esto sería inédito en la época posrevolucionaria y democrática de nuestro país. Sin embargo, el objetivo principal es, y ha sido siempre destruir la gobernabilidad, a pesar de que el mismo presidente mencionó que se ha desvanecido una intervención militar para desdibujar el funcionamiento. En lo personal muchos especialistas criticaron severamente la narrativa generada por el mandatario y, rápidamente matizaron que en estos tiempos donde la democracia está aflorando, es impensable hablar de un golpe de Estado con el fin de derrocar un gobierno al que llaman autoritario.

La misma experiencia que ha operado en distintos países en que los intereses por desestabilizar, nos hacen reflexionar que la característica principal de algunos grupos de derecha, atraviesa justamente por un giro radical donde los elementos, se pueden llevar aún clima verosímil. Hay que partir precisamente de la lingüística que recientemente esbozó el presidente. Esa premisa, finalmente pone al descubierto que existe un bloque que está fomentando libremente una expresión que ha ido aumentando a gran escala, a fin de sembrar una forma creciente de animadversión por las políticas reformadoras que en medida, son parte del esquema que dio auge a la capacidad de convocatoria.

En este contexto, independientemente de que exista una discrepancia doctrinaria, se debe erradicar por completo la idea y la posible amenaza de un golpe de Estado que perturbe la gobernabilidad; en primera, porque los efectos sociales, económicos, políticos y culturales tendrían un costo muy alto; y en segunda, es sustancial comprender que a pesar de disentir con algunas figuras y rutas ideológicas, nuestro país está atravesando por una transición donde naturalmente han existido procesos que han cimbrado el funcionamiento institucional; empero, hay que recordar que el propio territorio atravesó severamente por un vacío profundo de ingobernabilidad y desaseo que fue orillando poco a poco al fracaso político de un modelo que sujetaba un desarrollo económico en que las clases potentadas, marcaban la diferencia social; y los sectores vulnerables, jamás dinamizaron un salvoconducto por la represión dominante de una derecha cuya columna vertebral se concentra en la opulencia y el bipartidismo convergente.

Evidentemente han existido desaciertos, pero el gobierno ha demostrado que erradicando la suspensión de aquel sistema que envanecía una figura presidencial para adquirir legitimidad: se ha ido despojando. Es cierto, esto no resuelve de todo el anclaje podrido que heredaron del aparato Estatal, que pudo calificarse bajo la concepción del vacío institucional; esa debacle, está limitando tener una oposición que efectivamente de respuestas que fortalezcan el desarrollo del país y, que no precisamente muestren la ferocidad brutal y desenvainada de componer política. Un verdadero contrapeso, sustenta un argumento que fortalezca las bases democráticas, y no pierde la brújula a través de disparates y hechos ominosos.

México está experimentando un nuevo gobierno que se gesta de la vocación de la lucha social. Pero de igual forma, de la democracia que legitimó las mayorías que mostraron el dinamismo y el júbilo por una nueva etapa; la idea de ponderar un golpe de Estado, ha quedado como una noción que repentinamente nace para polarizar la gobernabilidad; sin embargo, hay que erradicar inmediatamente esa concepción, porque nuestro país ha sufrido la irracionalidad innecesaria de confrontaciones desde la conquista Española.

Hoy por hoy, la oposición es sombría, superflua e inoperante.

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