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Irreverente. Bendito sea el azote si con él ganamos la gloria

AMLO en Palacio NacionalCortesía

Los ventanales del Palacio tienen vidrios deformes que no nos dejan ver al hombre detrás del poder que Él encarna.

En la casa donde vivo no hay chimenea. En la otra sí había, pero nunca la encendía. Quisiera tener una para sentarme a conversar todas las tardes con mi Gaby y los amigos y cuando sea otoño o invierno, encenderla como lo hacía con la suya Luis Buñuel: arrojándole libros de Agatha Christie.

Les platico: Yo la mía la prendería aventándole los artículos y ensayos publicados en papel por John Ackerman.

Están tan llenos de toxicidad, que eso inflamaría las llamas más profusamente que la mejor leña del mercado post-neoliberal del actual régimen.

Esta imagen algo surrealista no lo es tanto si tomamos en cuenta la brutalidad con la que la 4T está recortando a México con las tijeras del socialismo.

Veo en López Obrador a alguien que se quedó en la sola conceptualización de sus afanes de gobierno, y esto precisamente me permite colgarle la etiqueta de “presidente surrealista”.

Al auto erigirse en blanco de las más enérgicas protestas y ataques de los que él llama “conservadores”, parece disfrutar los elogios de la revolución surrealista que está construyendo en México sin darse cuenta. De verdad parece gozar las lisonjas de sus cortesanos.

Se le olvida que si invocamos las acechanzas del maligno, más gratas son las calumnias al alma del devoto, que las odiosas alabanzas, ya que éstas alimentan al orgullo.

De pronto me imagino a las comparsas que le acompañan en sus ritos -comenzando con López Gatell- como si fueran las beatas que estaban siempre pegadas al padre Nazarin en la película del mismo nombre de Buñuel.

En ese séquito presidencial hay lacayos y bufones que se sienten ángeles sublimados, prestos a atacar cualquier dogma que atente contra la naturaleza casi divina o al menos de “fuerza moral” del patriarca de la 4T.

Es que Él quiere tener la libertad de reírse hasta de las masacres, ¿qué no entienden?

Los ventanales del Palacio tienen vidrios deformes que no nos dejan ver al hombre detrás del poder que Él encarna.

El tema de AMLO viene a ser -entonces- no culpa del hombre sino del mismo Dios.

Desde el púlpito, de lunes a viernes emanan críticas insanas o enfermas que buscan aplastar al criticado, reduciéndolo al nivel de inmundicia.

Sus conferencias, más que eso, son arengas de catequista que buscan centrar la fe en el amor como piedra angular del desempeño gubernamental, siendo que eso entra en la esfera de lo humano, más que de la política.

No hay críticas sanas que hagan crecer o beneficien al criticado, son misiles que apuntan directo a la degradación del objetivo.

Así, el poderío de la imagen presidencial y su manipulación, nos acerca a otras comarcas del espíritu, haciendo padecer a México algo así como un sarampión juvenil, con seres al mando del país, biológicamente reacios a reconocer los granos de la piel como manifestación de la enfermedad que padecen.

¿Cómo hacerles ver que la justicia social que tanto pregonan, no es asumir que los pobres -por el solo hecho de serlo- son unos santos, sino un universo de contradicciones como se da en los ricos y en la clase media -por cierto- en vías de extinción debido al bicho?

El humor que le vimos en la mañanera donde se ríe de las masacres, es más profundo y letal que el de los Hermanos Marx.

Padece de un sentido del humor aterrador, que es a la vez inocente e infantil.

Y sujeto a la autocensura que se impone como consecuencia de un trastocamiento de prioridades, sus arengas se convierten de pronto en un delirio que raya en lo cursi, en el mejor melodrama de la época de oro del cine mexicano.

Por cierto, el humor es un alivio al melodrama y aquí domina el realismo, con su ritmo frenético que sorprende aún a quienes más lo conocen.

Señor, la gente come tres veces al día y suele dormir ocho horas por las noches y no trabajar o bajarle al ritmo los sábados y los domingos, porque si no lo hacen, se los carga el Angel Exterminador.

La mentalidad fundamentalista que esgrime contra el conservadurismo, termina pintándolo como parte del personal o paciente de una clínica en medio de los carnavales playeros de febrero.

Entonces, veo a la 4T a medio camino entre el tremendismo y el delirio. Veo a sus personajes -del Ejecutivo y de los otros dos poderes- DETONANDO en un frenético tour para conocer a México a través del disparate.

Sus seguidores -los predicadores y redentores de oficio- lo creen capaz de construir una obra de arte a partir de una metáfora. Bienaventurado, di una sola palabra y te creeremos.

Veo a un gobierno que queriendo hacer una película a colores, termina haciendo una en blanco y negro y muda… y ni cuenta se ha dado.

Y en medio de todo esto, los apóstatas que le rodean. Sí, los que abandonaron sus ideales de origen y convenencieramente se pintaron de morenos.

Todos esos tienen nombres: Son los Bartlett, los Ackerman, los Muñoz Ledo, los Padierna, los Bejarano, los Batres, los Monreal, los Fernández Noroña; Él mismo.

CAJÓN DE SASTRE

“¿Qué le depara a un país infestado de políticos que no son capaces de sostener sus ideales y que hoy medran a costa de la ingenuidad, la pasividad, la continencia, la oración guadalupana, la caridad, la humildad, la sumisión, de un pueblo que piensa: Bendito sea el azote si con él ganamos la gloria?”, dice la irreverente de mi Gaby.

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PLÁCIDO GARZA. Nominado a los Premios 2019 “Maria Moors Cabot” de la Universidad de Columbia de NY; “Sociedad Interamericana de Prensa” y “Nacional de Periodismo”. Forma parte de los Consejos de Administración de varias corporaciones. Exporta información a empresas y gobiernos de varios países. Escribe su columna IRREVERENTE para prensa y TV. Maestro de distinguidos comunicadores en el ITESM, la U-ERRE y universidades extranjeras. Como montañista ha conquistado las cumbres más altas de América.