Muchos asumen que los apuros los tiene el Presidente, el PRI o a lo sumo, la clase política. La verdad es que los problemas, el riesgo y el desafío nos alcanzan a todos; no se trata de alarmar, sino de que se entienda lo que sucede para que cada quien tenga claro que tendremos que esforzarnos para, de la incertidumbre o de la adversidad, construir oportunidades.  

Se requiere no tener sentido de la realidad y perspectiva,para creer que la unidad puede generarse en automático. La unidad de antes era orgánica, elitista, jerárquica, formal y con objetivos específicos. Lo de ahora debe ser horizontal;su espacio no está en las oficinas o los presupuestos, sino en las conciencias y actitudes. 

Los días inéditos que hemos vivido al arranque del año, han mostrado que el paradigma convencional para llegar a la unidad ha sido superado; que lo que compromete lo que se ha pretendido no son las diferencias, sino la eficacia. Es un hecho positivo la externalidad de buena voluntad y disposición de sectores representativos; pero es mucho más trascendente y útil que se promueva con hechos, una nueva forma de ver, entender y actuar frente a los retos que el presente nos depara. 

Lo más elemental es desterrar el pesimismo y la negatividad que tiende a socializarse en el tipo de circunstancias que vivimos. Esto a nada conduce y sí mina la voluntad de superación, porque lejos de ser un facilitador de soluciones, ese ánimo encendido lo que hace es recrear en el imaginario culpas externas e internas. Repartir culpas sólo para mantenernos en el mismo lugar, es una reacción natural, incluso comprensible, pero que deberemos evitar. 

Las redes sociales son un medio en el que se exacerban los estados de ánimo; donde más que construir anhelos, se cultivan y ahí mismo se cosechan frustraciones. Aunque la red ha potenciado las libertades, la información y la comunicación, también se ha perdido la calidad y el rigor del diálogo público, ya que prevalecen las emociones y los estados de ánimo colectivos, en lugar de los datos y la razón. La solución no es imponer control o restringir libertades, sino mejorar la capacidad social para procesar, digerir e interiorizar la información digital. Además, las formas históricas de participación mantienen vigencia: el texto, la marcha y el voto.

Es difícil que la unidad se construya a partir de la convocatoria institucional, porque la transformación social en curso rechaza la formalidad. No significa que las instituciones deban desaparecer; no hay vida social digna sin reglas, gobiernos, Congresos, jueces y elecciones. 

Para entender los tiempos difíciles es preciso diferenciar las causas de los efectos. La globalización genera afectaciones a amplios sectores de la población. Ante la impotencia de las empresas por el desafío de la competencia global y la incapacidad de la política convencional de dar cauce a esta inconformidad vuelta indignación, la oferta antisistémica, xenófoba o nacionalista cobra fuerza al grado de dar aval electoral mayoritario a propuestas extremas de intolerancia, mentira y autoritarismo.

La incertidumbre derivada del gobierno de Donald Trump, más que causa es efecto y esto remite a una herida profunda en la sociedad norteamericana en la que la visibilidad de la migración y la baja de empleo por inversiones que se hacen en México se vuelve coartada para proponer respuestas ficticias y, especialmente, ineficaces. El problema del empleo que encara el país vecino está más vinculado a la automatización y a los nuevos términos de la competencia global; no lo resolverá un muro, tampoco la coacción a empresas para que no inviertan en México.

México debe reconocerse en sus fortalezas –que no son pocas- y también en sus debilidades, las cuales son igualmente diversas. El futuro no podemos incursionarlo en medio de la división, del fatalismo y la desconfianza a todo y todos. Las elecciones empoderan a la sociedad para definir, sancionar y, en su caso, ratificar. Las libertades son un medio de hacer, construir y también apoyar y rechazar. Las responsabilidades son las que debieran estar en el centro de la atención y lo mismo vale para los ciudadanos que para los empoderados.

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(Artículo originalmente publicado en Milenio. Se reproduce en SDP Noticias una versión acortada con autorización del autor)