Memorias de un huachicolero

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La casa de mis padres, en Cuautlancingo, municipio de Otumba, en el Estado de México, en la que he vivido toda la vida, está a cien metros de un ducto de Pemex que conduce gasolina hasta la Ciudad de México. La gran mayoría de los habitantes de mi pueblo nos dedicamos a la venta de gasolina en la orilla de la carretera. Es un gran negocio, ya que basta perforar el ducto para llenar los bidones y caminar unos metros para ofrecerlos a los coches y camiones que se detienen ante nuestras señales luminosas. Estudié hasta segundo de secundaria, suficiente para aprender lo necesario e integrarme de tiempo completo al negocio familiar. Antes de dejar la escuela tuve que enfrentarme al maestro, que se atrevió a decirnos que nuestra actividad comercial era ilegal, ya que la gasolina robada era propiedad de Petróleos Mexicanos.

Le respondí enojado, que los gobiernos del PRI y del PAN habían convertido a PEMEX en una fuente permanente de ingresos que había enriquecido a miles de políticos y patrocinado las campañas electorales durante décadas.

Como que ya nos tocaba un poco de ese reparto de lana, ¿no?

Nosotros bateamos en las ligas infantiles, llenando bidones de plástico directamente de las tomas clandestinas, a las que, los que saben, llaman tomas calientes. Es el sistema de menudeo y el más riesgoso de todos. Recuerdo haber leído que el presidente Peña Nieto anunció que se habían detectado más de 12 mil tomas clandestinas, pero por lo visto, ni la policía ni el ejército lograron combatirlas en su tiempo.

También, existen las redes paralelas a los ductos, hechas por ingenieros expertos y de las cuáles se extrae combustible de manera permanente.

Y además están los que batean en las ligas mayores. Organizaciones huachicoleras que ordeñan de manera profesional y almacenan las gasolinas en bodegas construidas a unos pasos. Aquí no participamos los novatos. Hay que chambear muchos años para llegar a ese nivel. Hasta entre los huachicoleros hay clases sociales. Este gran negocio es operado por bandas locales, por líderes poderosos como “El Bukanas”, “La Negra”, “El Loco Téllez” y “El Toñín”, y por los grandes cárteles como el de los Zetas, que convirtieron en bastión huachicolero la región conocida como El Triángulo Rojo de Puebla, organizaciones conocidas de sobra por los altos funcionarios de Pemex.

Inclusive en estados como Tamaulipas, los Zetas asociados con funcionarios de Pemex extraían condensado de gas, utilizado para refinar gasolina de alta calidad, directamente de los pozos petroleros y lo llevaban a Estados Unidos en pipas, barcos o por ductos ilegales.

Aunque no lo crean, pagamos impuestos a nuestro estilo. Cada semana vienen al pueblo funcionarios municipales, estatales e incluso federales, por su moche. Hay que repartir casi el 30 por ciento de lo vendido. Es una organización que ha funcionado de manera eficiente durante muchos años.

Hasta el cura del pueblo nos da la bendición cada semana para que nuestro protector, “El Santo Niño Huachicol” nos proteja de ladrones, policías, soldados, inspectores de Pemex, y del presidente municipal, que es un grandísimo cabrón.

Todas las mañanas, le rezamos un rosario completo a nuestro niño santo, para que nos cuide de incendios, explosiones y proteja a nuestra familia. Ya ven lo que pasó hace apenas unos días en Tlahuelilpan Hidalgo, que le costó la vida a más de 120 hermanos huachicoleros. Se juega uno el pellejo cada noche.

El gobierno ya no sabe qué hacer. Los presidentes de la República, de tres partidos políticos diferentes, han anunciado cada sexenio la limpieza de Pemex y el combate a la venta ilegal, e incluso han creado la Ley para Prevenir y Sancionar delitos en Materia de Hidrocarburos, pero hasta la fecha no han logrado nada.

Nuestros líderes huachicoleros han llegado a la cima. Alcanzado el éxito para vivir como reyes, en mansiones lujosas, viajar en primera case y conducir automóviles importados. No tanto como los expresidentes, exgobernadores o líderes sindicales, pero son un ejemplo de lo que se puede lograr trabajando fuerte y sin miedo.

Después de todo: ladrón que roba a ladrón…

 

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