Ya no es posible hablar del Estado y menos aún de la República, su sentido y significado se pierden; la globalización es una Nada que poco a poco carcome a la Soberanía, hoy es muy complejo hablar de soberanía en cualquier acepción. Así, lo único respecto de lo que podemos disertar es sobre el Gobierno. Hablemos de la sucesión del Gobierno débil de México.
Sin duda 1988 es un parteaguas en la historia moderna de México, la elección presidencial de ese año fue no sólo la más competida hasta entonces, sino también la más cuestionada. Como presidente, Salinas se vio obligado a cambiar radicalmente la manera tradicional de conservar el poder presidencial. Por un lado, como en los días de Díaz Ordaz y Echeverría, ejerció el presidencialismo a su límite (recordemos el aparatoso arresto de la “Quina” y la persecución y muerte de muchos dirigentes políticos del PRD). Al mismo tiempo, apostó una buena parte de su futuro político al modelo para ganar el apoyo político que había diseñado durante su doctorado en Harvard, lo que más tarde fue conocido como Programa Nacional de Solidaridad (PRONASOL).Para sacar adelante a su Gobierno, a Salinas no le quedó otra que pactar con el PAN, con quien logro cambios estructurales de corte conservador al reemplazar el modelo económico y político constitucional de presidencialismo de economía mixta, con la modificación de los artículos 3,27, 28 y 130 de la Constitución.
La estrategia de Salinas disminuyó la fuerza político electoral de la izquierda mexicana, primero como Frente Democrático Nacional y a partir de 1989 con el PRD. Así, acortó los peligros potenciales para el sistema, al tiempo que ganó legitimidad política en un modelo que combino lo más aparatoso del conservadurismo, el neoliberalismo y el populismo autoritario, su versión de “liberalismo social”.
En julio del año 2000, el PAN le arrebató al PRI la Presidencia de la República en las urnas. Sin embargo, las enormes expectativas despertadas por la posibilidad de alternancia al más alto nivel no solo no fueron satisfechas sino generaron el regreso del PRI en el Gobierno federal en el 2012. Poco a poco, las incumplidas promesas foxistas y calderonistas de cambio se diluyeron en la estrategia gatopardista. El mejor ejemplo lo constituye la notable continuidad de la política económica neoliberal iniciada por De la Madrid y aplicada, con esmero, por sus sucesores priistas y panistas.
Como Presidente, Salinas recurrió a la selecta burocracia neoliberal para sanear las finanzas públicas y así conjurar la amenaza de una nueva crisis económica. Parece claro que fue más exitoso que su antecesor en su propósito de blindar el diseño y aplicación de la política económica de las crecientes turbulencias provocadas por un incontenible proceso de democratización. Para ello fue necesario ceder poder e independencia a las tecnocracias neoliberales del gobierno federal, como lo demuestra la devolución del control sobre el gasto público a la Secretaría de Hacienda en 1991 y el otorgamiento de autonomía al Banco de México en 1993.
Sin embargo, la crisis de 1994-95 vino a demostrar que la sucesión presidencial seguía perturbando negativamente a la política económica. A pesar de la alternancia política del 2000, la actitud tanto de Ernesto Zedillo como de Vicente Fox ante la influyente tecnocracia neoliberal del gobierno federal fue esencialmente la misma: respetar su autonomía y gobernar con su apoyo. Al inicio de su administración, Fox designó a Gil Díaz como Secretario de Hacienda y a Santiago Levy, subsecretario de Hacienda con Zedillo, como director del Seguro Social. Asimismo, no sólo confirmó a Guillermo Ortiz como gobernador del Banco de México sino que promovió su reelección.
Dos lecturas no necesariamente excluyentes podemos dar. Por un lado, sería difícil negar que la sucesión presidencial del 2000, a pesar de sus profundas implicaciones políticas, tuviera lugar en un contexto de estabilidad financiera y de precios por primera vez desde 1976. Tampoco resultaría sencillo desconocer que esa estabilidad se mantuvo a pesar de los graves problemas económicos que experimentó el país. En combinación, estos dos hechos podrían sugerir que, como acontece en las democracias desarrolladas, el curso de la economía ha sido finalmente protegido de los vaivenes y sobresaltos de la política.
Por otro lado, no pueden ignorarse las coincidencias en torno del modelo económico de los gobiernos saliente y entrante. Sobre este punto parece claro que las diferencias entre el PRI y el PAN, tienen su origen más bien en la lucha electoral por el poder que en el plano ideológico o económico. El Bipartidismo a la mexicana.
La historia podría seguir así hasta llegar al final feliz del sueño conservador mexicano, pero la realidad es otra. En los últimos 35 años hemos vivido un constante debilitamiento de las instituciones de Gobierno, como consecuencia de un pésimo diseño constitucional construido a marrazo vil sobre la Carta Magna y de las ocurrencias cuasi-psicoanalíticas de una clase política, incrustada en todos los partidos, que no sabe hacia dónde orientarse.
El problema del Gobierno de Peña Nieto no es su arbitrariedad o su nulo respeto a los derechos humanos como muchos creen, sino su debilidad política que se hace patente tanto al interior del País como en la política exterior. Después del Pacto viene la resaca de su aplicación en la realidad: cuando más presumió su reforma petrolera, los precios del crudo se desplomaron; cuando quiso aliarse con la izquierda con una política fiscal que gravara más a los empresarios ricos, la crisis económica mundial lo obligo a recortar el gasto público; cuando anunció la gran reforma contra la corrupción, su vida personal y las relaciones económicas de sus colaboradores se ventanearon en público; cuando presumía de grandes avances en derechos humanos, vino la masacre de los 43 estudiantes en Iguala; y cuando ha querido vender su gran reforma educativa, le saltaron las viejas complicidades del PRI con el magisterio.
Lo grave no es que Peña sea el presidente más débil y con el Gobierno más débil de la historia de México, sino que el saldo será un País espasmódico y sin instituciones sólidas, que tendrá que votar por más bipartidismo neoliberal o por un viejo nacionalismo revolucionario tropical, que sólo ve en la inmediatez discursiva la solución un bien cristiano y puro que derrota mal de la mafia del poder.
