Cómo dice este bolero, en los asuntos de amor: “¡Sabrá Dios!; uno no sabe nunca nada”. Así, desde mi anterior artículo sobre el tema de los apasionamientos de un virtual presidente electo en relación a su gabinete, todo empieza y termina en especulación.
Escribí la vez pasada sobre los amores de AMLO; acerca de cómo ha de haber sufrido Poncho Romo cuando López Obrador y Ebrard anunciaron al público a quienes por parte del próximo gabinete recibirían a la comitiva estadounidense, pues anunciaron a todos menos al regiomontano. Seguramente el señor Romo siempre supo que iba a estar en esa reunión, pero en los amores (líos) políticos, las certezas sentimentales valen poco o nada si no se difunden por las vías correctas, y el hecho es que el “galán” de esta telenovela mencionó a todos menos a Alfonso Romo.
Hagamos un paréntesis. En las empresas, ningún directivo y/o propietario premia a los ejecutivos por cuestiones sentimentales. Excepto en el caso de los hijos de los dueños que laboran en la empresa, a los ejecutivos se les valora por su capacidad en generar productividad y ventas. No hay más.
Pero en la política, lo de menos —tristemente— es la productividad; lo que más cuenta es un valor muy emparentado con el amor, que es la lealtad. Inclusive la lealtad y el amor pueden ser una misma cosa. Y es que el amante y el jefe político son ambos egoístas en extremo.
Ahora ya trascendió que AMLO le dijo a su gabinete que, tanto priistas y panistas, estaban invitados a Morena hasta antes de los comicios; el que no cambió a tiempo ya no está ni estará invitado. Más aún, indicó que no se contrate a nadie que hoy ocupa altos cargos en el ejecutivo federal.
Muy en cambio, en una empresa se busca contratar al mejor trabajador, independientemente de si un día antes era el más acérrimo competidor. Lo mismo en el futbol; si ya forma parte de tu equipo, da igual la camiseta que vestía antes.
Así, AMLO no actúa con criterios de eficiencia, pues si fuera el caso, recurriría a gente experimentada en los cargos que ya ha dado. Y que conste que seguramente Alfonso Durazo va a hacer un buen papel en Seguridad Pública, aunque no tiene experiencia en el tema. O la ministra Olga Sánchez Cordero, que es una jurista destacadísima, pero con cero experiencia en el poder ejecutivo. Cosa aparte es Esteban Moctezuma que ya estuvo en la Secretaría de Educación hace tiempo o Marcelo Ebrard quien, como gobernador del DF, tuvo relación con muchas instituciones internacionales, así como empresas y gobiernos diversos.
Alfonso Romo comienza de cero en el sector público; ha sido destacado —y polémico— en los negocios, con altas y bajas, pero nunca ha estado en un gobierno ni siquiera municipal. Le va a costar entender, por tanto, el juego de amores, lealtades, deslealtades de los líderes políticos, especialistas —como los buenos Don Juanes— en castigar con el látigo del desprecio.
Poncho Romo debe de estar todavía preguntándose por qué no lo anunciaron como participante, asistente a dicha reunión… El hecho es que sí estuvo presente y probablemente jugará un papel como el que más en la relación con EEUU. Que le vaya bien.
En esta fábula romántica aún ninguno de los subordinados puede decir que la historia tuvo un final feliz. Esa está para contarse…