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Cossío, AMLO y Olga: trapo y banderas o lánguidos repollos de intelectuales y editores

Olga Sánchez Cordero y AMLOIsaac Esquivel / Cuartoscuro

Increíble que intelectuales y editores de diarios  insistan en limitar la libertad de expresión de un ciudadano mexicano.

“Drap”

Hace no muchos años se denunció en Madrid, España, a una política de Cataluña que llamó trapo (drap en catalán) a la bandera nacional.

Creo que la acusación no se tradujo en condena de ningún tipo. Entiendo que la fiscalía ubicada en Barcelona argumentó que el término drap tiene en catalán una acepción más amplia que en castellano, y se olvidó del asunto.

La verdad de las cosas es que a la señora Eulàlia Reguant se le debió haber exonerado no por interpretaciones lingüísticas bobas, sino simple y sencillamente porque la libertad de expresión permite eso y mucho más. Y es que si bien existen leyes para proteger a los símbolos patrios, la verdad de las cosas es que a nadie puede obligársele a respetarlos si no se le pega la gana hacerlo.

"La patria entre mierda", poema

Me dijo una vez la actual secretaria de Gobernación que se arrepiente de haber votado, cuando era ministra de la Suprema Corte, en contra de un feo poema ("La patria entre mierda") que se burlaba de la bandera. Es decir, en su momento Olga Sánchez Cordero consideró que eso era un delito, pero ella en la actualidad aplicaría un criterio absolutamente diferente.

En 2005 el caso se discutió en la primera sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y esta determinó “que escribir en contra de la bandera nacional, despreciarla o desestimarla constituye ‘un verdadero ultraje’ a los símbolos patrios, independientemente de los valores literarios o estéticos del texto, pues se rebasan los límites constitucionales de la libertad de expresión”.

Así las cosas, se le negó un amparo a Sergio Hernán Witz, poeta de Campeche, quien se refirió “al lábaro patrio como papel higiénico o trapo en el que se acuestan los perros”.

Esa vez, en votación dividida, la Corte concluyó que el escritor “ofendió la moral pública, afectó derechos de terceros, contravino la paz y seguridad social y perturbó el orden público”.

Dos ministros, José Ramón Cossío y Jesús Silva Mesa, le daban la razón al poeta simple y sencillamente porque la libertad de expresión es un valor superior al respeto que mercecen los símbolos patrios. Ellos coincidieron en que la libre manifestación de las ideas “es uno de los pilares de una nación democrática”, por lo que no debería sufrir ninguna censura y menos sanciones penales. Otra cosa pensaron la ministra Sánchez Cordero y sus entonces colegas José de Jesús Gudiño Pelayo y Sergio Valls Hernández, para quienes ninguna garantía constitucional es absoluta.

El derecho a expresarse

No sé si estoy siendo desleal con la brillante jurista que es ahora la más importante colaboradora del presidente López Obrador, pero creo que viene al caso mencionar que en una charla de hace meses ella me dijo que si volviera a votar el caso de “La patria entre mierda”, le daría la razón al escritor, quien por lo demás, coincidimos Olga y yo, redactó un pésimo poema, pero tenía todo el derecho de decir lo que se le antojara. Inclusive la siguiente tontería: “Yo me seco el orín en la bandera de mi país, ese trapo sobre el que se acuestan los perros y que nada representa”.

Como bien analizó en su momento el ex ministro Cossío, “lo que hoy nos corresponde decidir no es si el señor Witz escribió un buen o mal poema, o si nosotros diríamos de la bandera nacional lo que él dice. Nos compete determinar lo que una persona tiene derecho a decir en México sin sufrir una persecución… En un caso como el que hoy nos ocupa está en juego la preservación del contenido esencial de la libertad de expresión”. Y es que, dijo, condenar al poeta implicaría “legitimar una afectación, me parece, a las libertades básicas de este último”.

Cossío ahora contra la libertad de expresión de un mexicano

Supongo que el ex ministro Cossío —o ministro en retiro, como le gusta ser llamado— si analizara de nuevo amparar o no al poeta que veía a la patria en la mierda, cambiaría, como la señora Sánchez Cordero, el sentido de su voto: él ahora para condenar al escritor; ella para ampararlo.

No puedo concluir otra cosa del hecho de que Cossío insista en los medios en limitar la libertad de expresión del presidente Andrés Manuel López Obrador. No sé si el ex ministro Cossío firmó el desplegado de los 650 intelectuales, académicos, periodistas y políticos en el que se acusa a AMLO de atentar contra la libre expresión, pero entrevistado en El Universal coincidió con tan absurdo diagnóstico.

AMLO solo se expresa y tiene derecho a hacerlo

Andrés Manuel no atenta contra la libertad de expresión ni ataca a la prensa. Simplemente, ejerce su derecho a opinar sobre lo que se publica en los medios. No hay leyes ni tratados internacionales que se lo impidan.

No entiende el ex ministro el fondo del problema. Los intelectuales que encabezan tal movimiento, claramente apoyados por editores de diarios, no protestan tan vehementemente porque se les impida expresarse libremente —todos los días dicen lo que quieren de AMLO, inclusive con falsedades e insultos, y nadie les molesta—, sino más bien buscan que ya no se les exhiba, a muchos de ellos, como mentirosos, y algunos inclusive tratan de aprovechar el conflicto para presionar al gobierno, de tal forma de que la administración federal les reintegre los privilegios económicos de que gozaron durante décadas y que la 4T les quitó. Hay firmantes de buena fe, pero en mi opinión no han estudiado suficientemente el problema.

Aristegui y otros casos que poca gente defendió

Algunos de quienes firmaron el desplegado publicaron en su momento un tuit o artículo solidarizándose con Carmen Aristegui, José Gutiérrez Vivó o la revista Proceso en tiempos en los que el gobierno no respondía a los periodistas en conferencias de prensa, sino que en el mejor de los casos presionaba a propietarios de medios para que se les despidiera. Pero no fueron más lejos en la defensa de la libertad de expresión y aun siguieron siendo amigos o aliados de los gobernantes que habían reprimido periodistas.

Prácticamente todos los que nos dedicamos a este oficio sufrimos en el pasado algún tipo de injusticia. El propietario de Milenio, Pancho González, no me dejará mentir: dejé la dirección del diario que fundé y dirigí desde que era un proyecto en el papel por presiones de Vicente Fox, quien estaba muy molesto conmigo por el trato informativo que dábamos al desafuero de López Obrador. Este político, a quien yo apenas conocía, cuando supo de esto expresó su solidaridad conmigo ofreciéndome espacio en su equipo de campaña en 2006. Acepté la invitación, la experiencia fue interesante y después de varios años me retiré.

Por cierto, el señor González me propuso, cuando dejé la dirección de Milenio, seguir publicando mis artículos. Pancho suponía que Andrés ganaría la presidencia y quería estar cerca. Muy poco tiempo después de que el Tribunal Electoral oficializara el fraude electoral a favor de Felipe Calderón, recibí una llamada alrededor de las once de la noche —yo ya estaba dormido y el sonido del celular me despertó—; era Ciro Gómez Leyva, quien muy triste me dijo que mi articulo del día ya no se iba a publicar porque “te corrieron por criticar a Milenio”, es decir, por hacer lo que desde el primer día estaba permitido en el diario que construí desde cero con el dinero y el talento empresarial de Pancho: en tal empresa se valía criticar en privado y en público a la propia casa editorial, a sus directivos y aun a los propietarios.

Recuerdo que Martha Anaya en una cena se expresó en términos ofensivos del dueño del periódico, y recibió una llamada de Pancho, informado rápidamente del hecho. La hoy columnista de El Heraldo pensó que el señor González la iba a despedir. No ocurrió así. Pancho solo le dijo que lo disculpara si la había lastimado de alguna manera, pero que pensaba no merecer lo que ella había dicho. Así eran las cosas en Milenio y funcionaban bien. Pero como yo dormía en el plantón del Zócalo y Reforma en apoyo a AMLO, un día me echaron.

Aristegui habría estado feliz si Calderón y EPN la hubieran cuestionado en sus conferencias de prensa. En vez de ello, Calderón exigió que se le corriera de MVS (lo documentó el dueño de la radiodifusora, Joaquín Vargas) y Peña Nieto no salió jamás en defensa de la periodista cuando la despidieron de esa empresa, según decían en el gobierno por un conflicto profesional.

Gutiérrez Vivó habría disfrutado que el gobierno lo cuestionara en publicó en vez de presionar para que lo echaran de la radio. Y los editores de Proceso habrían estado muy tranquilos si López Portillo, en vez de castigarlos quitándoles la publicidad —y presumiéndolo, además— hubiera discutido con ellos cada mañana.

El Universal y su línea editorial

Después de que estalló el escándalo por la casa blanca de la señora Angélica Rivera, ex esposa de Enrique Peña Nieto, pregunté a un importante directivo de El Universal —diario en el que publica artículos José Ramón Cossío— por qué no publicaban nada de ese asunto. Me respondió molesto: “No difundimos lo que no conviene a los intereses de la empresa”. Eso lo entiendo y respeto. Me pregunto si hoy sus editores son tan críticos de AMLO porque así conviene a la administración de tan prestigiado diario, que ya no es líder en las mediciones de audiencias de internet.

Repollos

Muchos de los intelectuales y propietarios de diarios que hoy protestan contra AMLO —en mi opinión lo hacen porque la publicidad oficial ya no es lo que fue— con frecuencia presumen de tener negocios editoriales tan consolidados que sus ventas al gobierno muy poco representan del total de sus ingresos. Su actitud evidencia que mienten.

Si estuvieran sus empresas tan sólidas no se meterían en debates que enrarecen el ambiente político. Imitarían a Diocleciano, el emperador de Roma que abdicó para sembrar repollos, quien cuando fue invitado por Maximiano a volver a la política y a las guerras, respondió: “Si pudieras ver mis coles entenderías la imposibilidad de aceptar tal sugerencia”. Seguramente eran repollos maravillosos.

Las coles de algunos intelectuales y editores mexicanos —que quede claro: no se está hablando de sus colas— deben estar tan, pero tan lánguidas que prefieren abandonarlas para armar mitote y desorden; apuestan a ganar en el caos, no hay duda. Y si se les permite, se saldrán con la suya, siempre ayudados por patriotas ingenuos como el ex ministro Cossío. 

El ex ministro Cossío no entiende

Antes de cambiar de opinión —en 2005 defendía la libertad de expresión sin excepciones, ahora quiere negarle tal derecho a AMLO—, José Ramón Cossío debió asomarse a los sembradíos de los promotores del desplegado. Todo lo habría comprendido al ver el espectáculo de tierra desolada que necesita grandes recursos públicos para volver a ser cultivada.