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En el aeropuerto. “No sea pendejo y tápese la nariz o las narices, señor canciller”

Angela Merkel señala la nariz del primer ministro búlgaro Boyko BorisovAFP/STEPHANIE LECOCQ

Lo que importa es hacerle entender a la gente que dejar la nariz descubierta hace inútil la máscara.

No es eso lo que la alemana Angela Merkel le dijo al búlgaro Bojko Borissow, pero no tengo la menor duda de que fue lo que ella pensó cuando lo vio con un gran cubrebocas que, en efecto, tapaba la boca, pero dejaba al descubierto la nariz.

No lo dijo en voz alta, pero sin duda a sí misma se comentó: “No sea pendejo y tápese la nariz o las narices, señor canciller” o, en su lengua —según el traductor de Google“Seien Sie kein Arschloch und bedecken Sie Ihre Nase oder Nasen, Herr Kanzler“.

El encuentro ocurió en la actual cumbre de la Unión Europea por la crisis del coronavirus, que podría resultar un completo fiasco por culpa, precisamente, de gobernantes corruptos y autoritarios como Borissow. Este hombre y otros de su calaña tienen hasta el gorro a las sociedades del viejo continente más democráticas y respetuosas de los derechos humanos, que ya no desean financiar déspotas de la peor clase.

El hecho es que Merkel le dijo a Borissow que también se tapara la nariz o las narices —es correcto decirlo en cualquiera de las dos formas, creo. Y es que el cubrebocas solo funciona si cubre nariz y boca. Quizá el nombre que le damos en México —cubrebocas— no sea el adecuado. Probablemente en Bulgaria pase lo mismo, pero no tengo manea de saberlo.

Como sería complicado llamarlo cubrebocasynarices, y quizá ya no haya tiempo de popularizar la expresión mascarilla o máscara, urge entonces, entre nosotros, una campaña de difusión y concientización en la que participe gente líder de todos los sectores, a saber: la política, la actuación, el comercio, la medicina, el arte, el deporte.

Lo que importa es hacerle entender a la gente que dejar la nariz descubierta hace inútil la máscara. En los aeropuertos mexicanos, hay que decirlo, no lo entienden. El jueves volé en Aeroméxico de la capital de nuestro país a Monterrey, y en este momento —sábado a las 9:23 AM— espero la llegada de la aeronave para volver a la CDMX.

En ambas terminales aéreas, la capitalina y la regia, los empleados que vigilan las entradas son absolutamente exigentes con los pasajeros. Se toma la temperatura a cada persona, es obligatorio el cubrebocas y nadie ingresa a las salas de espera sin haber respondido un cuestionario relacionado con la salud. Por cierto, el cuestionario del primer vuelo no lo entregué a nadie porque nadie me lo pidió. Lo tiré a la basura cuando me di cuenta de que seguía con el mismo en la maleta. No tengo idea dónde dejé el que hace rato contesté: espero que no me hagan llenar otro.

¿Exigentes los empleados de los aeropuertos? Exageré. Más bien son absolutamente payasos porque, dentro de sus instalaciones, las mismas personas usan el tapabocas en forma literal: solo para tapar la boca.

Muchos de los trabajadores aeroportuarios nomás no se protegen la nariz o las narices. A todos los que vi así les dije que se cubrieran correctamente y varios se enojaron. No lo expresé, pero sí lo pensé: “Con tanto pendejo se entiende el crecimiento de la pandemia en México”.

En el restaurante Wings acabo de desayunar chilaquiles con café. El mesero me atendió con la boca tapada y la nariz al aire. Le exigí que se cubriera correctamente antes de servirme los alimentos. Respondió: “Sí, señor, pero es que no puedo respirar bien”. Dado su sobrepeso —obesidad alármante— seguro estoy de que no lo sofoca el cubrebocas, sino tanta comida chatarra que ha consumido en sus menos de 30 años de edad.