Intensamente agobiado durante los últimos días, sobre todo el acelerado y repleto fin de semana. Saturado de compromisos públicos y privados. Descansado pero ausente de la lectura de los periódicos y columnistas de siempre (el cinismo dentón de Marín, la sonriente-amarga mirada de Gómez Leyva, el odio de Ricardo Alemán…). Aburrido de escribir sobre la irregularidad de Peña Nieto, las no tan sutiles contradicciones de López Obrador y el fracaso de Calderón, el arrogante. Presionado ante el compromiso personal de enviar a Federico Arreola una nueva columna bajo cierta periodicidad no establecida pero tácitamente asumida. Abatido por todo ello y más, y especialmente por el tiempo, me nacieron fuertes deseos de plagiario.

¿A quién le importaría que tomara, aun sin modificar título, contenido y comas, el texto de alguna revista aérea, los párrafos de un blog desconocido, la columna de un periódico local? El señor Bryce Echenique (a quien por carecer de gracia he evitado leer), sí, el señor Bryce, luego de haberse confirmado que ha plagiado prácticamente en su totalidad la suma de 36 artículos, será premiado nada más que con 150 mil dólares y por nadie menos que por la otrora prestigiada Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Buscando cierta lógica en los fenómenos sucedidos en torno a dicha feria, se encuentra que si Peña fue capaz de presentar un libro de su autoría allí (gran sorpresa el saber que garabateaba), ¿por qué no habría de premiarse a un estafador?

Y consecuentemente, ¿por qué no seguir los pasos de Bryce, su ejemplo, especialmente si lo justifica un día de apuros? Si luego de tan monumental estafa se recibe la gloria internacional de las letras solemnemente sancionada por jurados que argumentan ser literatos y no jueces ni abogados, ¿por qué no habría de generalizarse y validarse como legítimo no solo el deseo, sino el acto del plagiario?

Naturalmente que no tomaría el texto de algún integrante del jurado, Jorge Volpi, por ejemplo -férreo defensor de su decisión inapelable- quien como articulista no despierta mi aprecio en absoluto, sino el de alguien más cercano a mi gusto o, mejor, el trabajo de algún desconocido. Legitimada la copia, el “fusil”, el robo, en la república de las letras y entre los éticos señores de la palabra, todo es posible ya.

Mientras estoy a punto de aterrizar en la ciudad de México y con ello procurar volver a cierta normalidad, y mientras me tienta el hurto, pienso en viejos textos de clásicos del periodismo mexicano. Pero tal vez me incline, qué más da, por fragmentos de Reyes o de Borges, para al fin cumplir con mi personalísima y probablemente efímera tarea.