Tremenda preocupación causa el proceso de depreciación del peso mexicano frente al dólar, por ejemplo el periódico El Financiero en su nota de primera plana de hoy señala “el peso tiene su peor inicio de año desde 1995” y la confianza de los mexicanos cae por la percepción económica.

El tema es realmente muy preocupante y regresan debates como el de populistas y tecnócratas que se dio en la administración del presidente Zedillo, o el que se presentó con Carlos Salinas de Gortari entre neoliberales y populistas o el monólogo de Salinas para justificar el error de diciembre con sus libros   “México un paso difícil a la modernidad”. Este tipo de debates han sido poco constructivos, poco analíticos y  muy a favor de intereses particulares que poco ayudan a entender el contexto que hoy afrontamos, ante una crisis mundial de dimensiones insospechadas.

En un principio, la situación del tipo de cambio nos hace pensar en anteriores crisis que ha sufrido México. Está la del sexenio de Luis Echeverría y su Desarrollo Compartido, que no fue otra cosa que hacerse del control político de la economía. Otra, la de José López Portillo, cuando apostó de manera irracional al petróleo y convirtió al país un una nación monoexportadora y casi monoproductora, dependiendo del exterior para abastecerse de bienes y servicios. Más reciente, la de Carlos Salinas de Gortari, quien pretendió mezclar la apertura comercial y el liberalismo económico con un manejo estatista de la economía que, al final de su sexenio, llevó al país a una de las mayores crisis económicas que ha enfrentado.

En estas tres administraciones los indicadores económicos de los que la población tenemos tristes recuerdos son la devaluación, el desempleo, la inflación galopante, la escasez de productos y servicios como luz, teléfono, gas y gasolina y sus precios que se disparaban casi de inmediato.

En estos tres periodos la debilidad de las instituciones económicas nacionales se veía reflejada en la altísima sensibilidad de todos los sectores de la economía mexicana a factores externos. Aunado a esto, se registró una falta de visión de largo plazo que dio lugar a decisiones muy poco atinadas. López Portillo pensó que el precio del barril de petróleo nunca bajaría, por lo que no le pareció prioritario apostar por usar los ingresos excedentes en inversión y ahorro.

Por su parte, Salinas creyó que con unas cuantas empresas que concentraban la mayor generación del Producto Interno Bruto podría salir al mundo a competir y que, al mismo tiempo, podría seguir controlando la economía y la política a la vieja usanza del control Presidencial absoluto. Así pretendió controlar en 1994 el tipo de cambio, la inflación y la economía, dejando todo sobre alfileres que, como era de esperarse, no soportaron ni un mes.

Algo muy importante a destacar sobre el contexto actual es un detalle crítico que mencioné más arriba: la debilidad de las instituciones económicas nacionales ante factores externos, factor común en las anteriores crisis y, afortunadamente, ausente hoy en día.

Como bien recordamos todos, la devaluación del tipo de cambio (como consecuencia de malas decisiones de política) fue el detonante final de las anteriores crisis (la gota que derramó el vaso, por decirlo de manera coloquial). La depreciación que el peso ha mostrado en los meses recientes es bastante similar a la que se observó durante 1994 y 1995; sin embargo, el comportamiento de indicadores fundamentales de la economía como inflación y empleo es muy distinta (de hecho, opuesta).

Tipo de Cambio vs. Inflación

Tipo de Cambio vs. Desempleo

 

Como se observa en las gráficas anteriores, en 1994 y 1995 la enorme devaluación del tipo de cambio (aproximadamente 250% en 24 meses) vino acompañada de una explosión en la inflación y el desempleo. Veinte años después, en los últimos 24 meses, podemos ver un comportamiento similar del tipo de cambio, una depreciación de más o menos 130%. Sin embargo, los niveles de inflación y desempleo son mucho más bajos que en 1995 y, más notable, sus tendencias son a la baja.

Mi interpretación de esta evidencia es que hoy el tipo de cambio entre el peso y el dólar es un resultado de muchos factores de la economía mexicana y mundial, mientras que en las anteriores crisis era al revés, la economía mexicana terminaba siendo un resultado de lo que le pasaba al tipo de cambio. De hecho, más que el peso se haya debilitado frente al dólar, el fenómeno real es que el dólar se ha venido fortaleciendo frente a todas las divisas del mundo siendo el peso mexicano una de las divisas importantes que menos terreno ha perdido frente a los billetes verdes.

Tanto el Secretario de Hacienda, Luis Videgaray, como el Gobernador del Banco de México, cada uno desde su trinchera, lograron anticipar el desastre internacional que afecta las principales economías del mundo y desde febrero del año pasado iniciaron con ajustes y medidas que atendieran el escenario crítico que hoy se enfrenta. La diferencia es clara, hoy frente al factor del tipo de cambio, tenemos, indicadores de empleo positivos, reducción real de los precios de los bienes y servicios como gasolina, gas, luz y teléfono y junto con ello la inflación más baja en muchas décadas, lo cual contrasta drásticamente con las consecuencias de las devaluaciones previas a las crisis anteriores.

Hoy no tememos crisis inflacionarias o de desempleo debido a la depreciación de la moneda, sin embargo existen otras amenazas igual de peligrosas. Como dijo recientemente el Secretario de Hacienda, ante el fortalecimiento del dólar podemos esperar una guerra de divisas entre todas las naciones que comercian con nuestro vecino del norte. Al artificialmente devaluar sus monedas (como lo ha venido haciendo China en años recientes) sus exportaciones se vuelven más competitivas al valer menos dólares (algunos argumentan que estas políticas son un tipo de dumping).

Lo anterior es preocupante para México por dos razones: la primera, es que la política cambiaria es dictada en conjunto por la Secretaría de Hacienda y el Banco de México, siendo este último un ente autónomo cuyo objetivo de controlar la inflación podría no estar alineado con el hipotético objetivo de Hacienda de hacer más competitivas nuestras exportaciones. La segunda, y en mi opinión más importante, es que la apertura comercial desmedida con la que hoy México cojea obligará a los productores nacionales a competir, no solo en Estados Unidos, sino de manera local también contra las exportaciones abaratadas artificialmente por otros países. Adicionalmente, el nivel de integración de la producción nacional con la economía estadounidense es tan elevado que la mayoría de nuestra industria depende de la importación de insumos y bienes intermedios.

En conclusión, no debe ser la economía la que preocupe tanto, debe ser la corrupción e inseguridad, porque el dólar caro para importar insumos, competencia desleal con monedas de competidores devaluadas y situación de indefensión como único país con mas de 47 acuerdos comerciales firmados parecen ser ingredientes para que caiga una tormenta perfecta sobre la industria nacional. Esperemos que el talento que tanto se presume en el gabinete económico ahora sí alcance a responder…