Hacía una definición.

La definición más simple y común de la clase media es la de “aquella gente que no es ni rica ni pobre”. Dicha definición es ambigua y obliga a establecer ciertos parámetros que permitan identificar tanto los umbrales de la pobreza como de la riqueza.

El enfoque actual de lo que es la clase media tiene más que ver con lo que es ese núcleo en sí; razón por lo cual interesa establecer cuáles son las características específicas de las personas que la integran. De modo que el análisis lleva a determinar aspectos básicos relacionados con su estatus: tipo de gastos, vivienda, gustos, aspiraciones y movilidad social; así como los relacionados con los rangos de ingresos que se deben tener para sostener una forma vida.  

Distinguir a una persona como parte de la clase media implica además tomar en cuenta cuestiones asociadas con las aspiraciones que tienen las personas para tener acceso a una mejor condición social; entre éstas, las que tienen que ver con el acceso a la educación, la cultura, la recreación y  la información, en el contexto de actualización tecnológica que presenta la sociedad moderna.

Dada las características complejas que presenta la sociedad mexicana, diferentes instituciones y entidades han realizado esfuerzos para identificar a las clases sociales. Para determinar los estratos que conforman la clase media se han tomado como elementos predominantes los siguientes: gasto y tipo de gasto (INEGI); aspectos relacionados con “funciones, costumbres, situación económica y de poder” (Secretaría de Economía) y la conjugación dinámica del nivel de ingresos y los tipos de gastos (Universidad Iberoamericana). Es importante mencionar que el Banco Mundial para determinar el universo de personas que integran a la clase media utiliza un rango de ingresos: aquellas personas que perciben de10 a 50 dólares diarios.

Los resultados que arrojan las publicaciones de INEGI y la Secretaría de Economía sobre la estructura de las clases sociales en México son más o menos coincidentes, aun cuando esta última no abunda en la descripción del análisis realizado. Debe destacarse que ambos trabajos hacen referencia a la primera década del actual siglo; sin embargo, en el trabajo de la Universidad Iberoamericana, coeditado con la Fundación Konrad Adenauer, cuyo periodo de estudio abarca los años de 1992 a 2014, las conclusiones son distintas; mostrando una sociedad con más pobres y con una menor participación relativa de la clase media.

En términos absolutos esto indica que al menos 1.8 millones de personas de la población ocupada con remuneraciones salariales que conformaban la clase media en 2012, han visto disminuir sus ingresos; situándose en un nivel de pobreza (aun cuando es factible que una porción de ella se encuentre en el rubro no especificado).

Continuidad o cambio en el 2018

Existen conclusiones contrastantes sobre el papel que pudiera desempeñar la clase media en las elecciones del 2018, porque ésta se ha constituido históricamente en un factor de continuidad o de cambio. La consolidación de la clase media en el siglo pasado fue uno de los soportes básicos del modelo de desarrollo estabilizador: propició el desarrollo de los centros urbanos y del mercado interno; en tanto que sus estándares de ingreso y consumo impulsaron el crecimiento de industrias claves, como la de los automóviles y los bienes de consumo duradero, así como de las ramas del sector servicios. Políticamente, en su gran mayoría, la clase media se adaptó a los fundamentos del sistema político, sustentado en el unipartidismo y el corporativismo. Sí, el Estado mexicano asumía metafóricamente las características de un “ogro”, pero este no era maligno, porque le hacía llegar a los estratos intermedios los frutos del progreso. Era un “ogro filantrópico”.

La paradoja es que a partir de las clase medias surgieron grupos emergentes dotados de amplias expectativas de participación y ascenso; cuyos objetivos iban más allá de los beneficios económicos y que plantearon la necesidad de abrir los cauces acotados del sistema político hacia una sociedad democrática. El fundamento de estabilidad dejó de ser, así, el único concepto básico que alineaba a las clases medias a los propósitos del Estado. La sociedad hasta entonces casi monolítica se volvió plural y divergente.

Más allá de estos factores históricos, es posible percibir actualmente que en los estratos intermedios de la población mexicana persiste una importante heterogeneidad. En la clasificación de la Secretaría de Economía (SE), se establece que existe una “clase media baja, con ingresos no sustanciosos pero estables” y una “clase media alta, con ingresos económicos buenos y estables”. Sin definir el umbral de ingresos entre ambas clases sociales, la SE hace la siguiente estratificación porcentual: 20% de la población (alrededor de 24 millones de habitantes) pertenecen a la “clase media baja” y 14% (alrededor de 17 millones) a la “clase media alta”.

Se podría pensar que los ciudadanos que integran la clase media baja estarían por el cambio en las próximas elecciones del 2018. Debe reconocerse que el análisis no puede ser lineal, porque existen variables psicológicas difíciles de cuantificar como la aversión al riesgo del cambio, que seguramente se va a explotar en las campañas presidenciales. Empero, se puede suponer que el malestar de este segmento estaría dado por la fragilidad a lo que la ha expuesto el incorrecto funcionamiento de la economía en los últimos años; porque en contra del criterio adoptado por la SE, los ingresos más que estables han sido transitorios.

¿Por qué estaría en contra de la continuidad una persona cuyo nivel de ingresos es bueno y estable? Para resolver esta pregunta únicamente voy a considerar el aspecto fiscal, la respuesta tiene que ver con el descrédito de los que hoy nos gobiernan. La clase media alta es una de la que más aporta recursos al erario público y creo que tiene poca predisposición a pagar impuestos no sólo porque no recibe servicios de calidad, sino por el enorme desvío de recursos de los gobiernos Federal y estatales.

Es imposible pensar en reconstituir el tejido social si no se recupera la confianza que deben tener los gobernados hacia los gobernantes; además de ser una prerrogativa básica para emprender las acciones en materia de política económica y fiscal en los próximos años. El reto que ha impuesto la reforma de Trump es enorme, es ilusorio creer que no se debe de modificar la estructura de los ingresos fiscales; dicha modificación sólo será factible si la sociedad vislumbra que el nuevo Gobierno va a ser transparente y comprometido con la rendición de cuentas y el combate a fondo a la corrupción. Esto aunque lo ofrezca quien más conoce de temas fiscales en la terna actual de candidatos presidenciales, muy pocos le creen.

La desconfianza va a llevar al cambio.