Toda sociedad necesita referentes de excelencia. Cuando esos referentes se ensombrecen, el pauperismo ronda en el alma humana: se transforma en una indigente que no puede distinguir lo que efectivamente “es mejor” de lo que “es peor”. Un relativismo tan radical que una cosa nefasta, transita ante las miradas pauperizadas como algo que vale la pena emular. Cada sociedad es portadora de una herencia cultural que trae consigo una dotación de referentes que construyen el aparato axiológico que nutre el juicio de las generaciones.
El mundo Occidental, del que somos parte, tiene sendas raíces que se nutren en Grecia y Roma. La Hélade –como el pueblo de los helenos se denominaba a sí mismo-, tiene en sus mitos un imponente receptáculo referencial: Aquiles, Agamenón, Paris, Menelao, etc., cada nombre es más que un personaje, es un referente de cualidades excelentes digno de ser emulado. Pretender que las grandes mayorías de la sociedad formen su espíritu a partir de principios analíticamente estructurados es, si no un sueño, sí algo muy difícil, limitado a un sector ilustrado. Los personajes que actúan, que se desenvuelven en una serie de hechos que ponen continuamente a prueba todas sus facultades; que generan una reacción que el poeta captura a través de sus versos elevándolo a alturas inconmensurables, dan al personaje la categoría de “héroe”. Un héroe es una figura portadora de excelencia que enfrentó una situación tal, que ha logrado captar la atención de un mundo que le mira, y de los milenios que le preceden.
Héctor, por ejemplo, es –desde mi humilde punto de vista-, el mayor referente de excelencia que la narración de la Ilíada ha transmitido a través del tiempo. Héctor no solamente es el buen hijo, sus padres, los reyes Príamo y Hécuba confían en su don de mando y valor; su esposa, la hermosa princesa Andrómaca lo ama. La cultura de los helenos no es muy dada a las representaciones que el mundo contemporáneo ha hecho acerca del amor, a veces hasta el absurdo de semejante sentimiento, pero la escena en que nuestro héroe se despide de su esposa cuando la inminencia de la derrota se yergue sobre su cuello, y entre sus piernas se abraza su pequeño hijo Astianacte, es un momento tan inmortal…, sobre todo si sabemos el destino de los tres príncipes: él será brutalmente masacrado en batalla por Aquiles y arrastrado con infamia alrededor de las murallas de la ciudad por la que murió luchando en medio de la invasión griega; su esposa será esclavizada –como su madre y su hermana-, y su hijo arrojado desde las murallas de la ciudad tomada por Neoptolomeo, el hijo brutal de Aquiles.
Héctor era consciente de su destino, el hado en el mundo de los helenos, es un principio establecido en el proyecto gigantesco del cosmos. La fatalidad hizo presa del heroico príncipe que en parte nos evoca la fatídica desgracia a la que varios héroes se han enfrentado: Edipo, queriendo evitar la horrorosa circunstancia de matar a su padre y casarse con su madre, huye de su supuesto país –ignorando que realmente no era originario de él-, y en el camino se encuentra con un hombre que la postrimería dejaría claro que era su padre, al que mata para arrojarlo del camino. Edipo llega a una Tebas devastada por un monstruo: la esfinge, a la que logra destruir tras descifrar el acertijo sobre el hombre. El premio es casarse con la reina, quien resultará su madre –él lo ignora-, con la que engendrará cuatro hijos…, lo trágico es cuando la alétheia o verdad se presenta y es cuando aparece la tragedia, cuyo develamiento bien representa nuestro héroe tebano: es como encajarse agujas en los ojos y destruir la propia mirada, todo es tan espantoso que no se pretende ver.
La tragedia marca justamente la consagración del mortal sacrificado para transformarse en mito. El estado de particular pierde esa presencia y ahora se eleva a la altura del héroe. El mérito de la lucha consagra a la entidad más allá de que si muere en este mundo, su presencia se hace sublime: se transforma en un referente de excelencia o arquetipo. La serie de arquetipos en donde una civilización premia el sacrificio, en donde a la manera de Héctor se sale a la gesta aún a sabiendas de que se va a morir, refleja mucho de las virtudes de un pueblo dispuesto a las hazañas grandiosas. La semilla de Héctor o de Edipo es heredada a una posteridad que se nutre de sus deliciosos frutos y es guarecida por la fronda que le protege de las tempestades o del sol. El pueblo de los helenos es educado a través de todas estas historias; junto con su lengua, los mitos conforman una parte identitaria clave para aprender sus valores tanto civiles como religiosos. Un chico griego, como más tarde uno romano, saben de memoria las hazañas de estos personajes que además de todo han sido transmitidos en verso. La poesía los hace más fantásticos y se prende de las almas de aquellos ciudadanos que aspiran a las grandes hazañas aún a costa de su propio sacrificio físico.
La excelencia reclama de sus seguidores un compromiso poderoso que mantenga la existencia de la comunidad política. El ciudadano es al mismo tiempo un ente respetuoso de las leyes, como un mantenedor de los valores que le orilla, de ser necesario, a sacrificarse por su sociedad si las circunstancias así lo exigen. Sabe nuestro ciudadano que el mérito de su sacrificio no será vano, no será visto con el tabú individualista de las sociedades burguesas que no se sienten atraídas por el sacrificio de ningún tipo, y que cultivan un chocante egoísmo que convierte al ciudadano en consumidor de beneficios no comprometido con el bien común, siendo incluso capaz de criminalizar el sacrificio en momentos donde el deber ordena semejante ofrenda a la legalidad. Las sociedades modernas pueden señalar a sus propios defensores si estos, para mantener el orden legal, tienen que chocar con la otra figura que los agrede a ellos y al sistema que representan: los soldados que se defienden –y defienden las leyes de la república- son juzgados por haber repelido con sus armas un ataque infame de criminales. Un hombre que ofrendó su vida para apagar el fuego de una instalación peligrosa, encendida con todo el personal dentro, por un grupo de manifestantes santificados no por los defensores de lo heroico, sino por la muy prolija defensoría del victimismo, que no es sino una hipócrita facción de una ideología romántica que sataniza todo acto de gobierno y defiende cualquier acto, por estúpido o criminal que sea, de la supuesta ciudadanía hecha “víctima”. Se busca quitar cualquier responsabilidad a aquellos que también pueden ser agresores: las víctimas –“por víctimas”-, pueden robar; pueden destruir infraestructura; pueden matar de hambre a sus conciudadanos; pueden hacer penitencia por el mundo mostrando sus miserias con fondos oscuros –son las “víctimas” y tienen derecho a llorar en el mundo para nutrirse de la lástima-; pueden desacatar las normas y ellos mismos trastocarlas para imponer las suyas, violentando toda la lógica de un sistema político que apela a la universalidad de las normas y su aplicación a todos por igual.
El sacrificio a las leyes y a los conciudadanos que el mundo de los helenos elevó al nivel del arte, ha hecho grande a su civilización y son un magnífico referente de lo mejor que la humanidad ha ido legando en su memoria. La diferencia es que ellos no santificaron a la supuesta “víctima” (Héctor o Edipo no son “víctimas”, son personajes que viven la responsabilidad de su posición y pagan con grandeza el ser quienes son: príncipes), y tenían claro quién era quién: a veces las víctimas son producto de un travestismo ontológico que oculta su original ser de agresor. Nada más cobarde que hacer de su ruindad un supuesto principio de justicia, y nada más patético que una sociedad que no desenmascare a estos lucradores de la lástima; que premie la violación de sus leyes y el asalto a la honestidad de sus conciudadanos apelando a miles de situaciones excepcionales que no comprometa al ciudadano con sus deberes. Cuando el rey Leónidas, sabedor de que el hado le deparaba morir con su batallón sacro de espartanos por la defensa del paso de Termópilas, no ideó un cobarde pretexto para desacatar su deber –cosa propia de la más baja ralea-, sino que dijo al más joven de sus hombres: “muchacho, ve y corre a Esparta para decir a sus ciudadanos que morimos defendiendo nuestras leyes”. Miles de años después recordamos el sacrificio y el valor de los héroes, los admiramos y amamos. A pesar de todo, podemos distinguir el sublime valor del sacrificio, de la abyección y cobardía con la que lo peor de nuestra sociedad se envalentona para insultar, para evadir responsabilidades y dañar la causa pública, a cambio de sus personales intereses.
