Duarte: El presagio y la catarsis

Duarte
Esa es la razón del por qué no progresamos, pareciera una maldición. Una maldición que enfermaInternet

 

Todo parecía diferente, en el discurso de su toma de posesión la suerte estaba echada, el presagio inició cuando el entonces flamante gobernador, expresó su  primer agradecimiento por estar presente en tan magno evento al senador Carlos Romero Deschamps. Sí, para el fue el primer agradecimiento.

De su discurso enseguida transcribo textualmente diez citas, con el único objetivo de valorar lo dicho y, por cada una de ellas, recordar la inocencia que me envuelve cada vez que escucho las promesas y compromisos de un político.

“Mi compromiso, en adelante, será sólo con los veracruzanos. A ellos me debo y a ellos sabré responder”.

“Haremos un gobierno capaz de atender las necesidades de la gente, un gobierno sustentado en principios sociales, en valores; ejerceré un gobierno de acciones firmes, y siempre respetuoso de la ley”.

“La razón de mi Gobierno será en todo momento a elevar la calidad de vida de los veracruzanos. Ello, sólo podrá ser realidad en la medida en que nuestros objetivos sociales empaten con los medios económicos para lograrlo”.

“Refrendo mi compromiso de que todas las casas veracruzanas contarán con paredes y techos de material”.

“Mi compromiso es encabezar un gobierno honesto y firme que dirija sus acciones en la legalidad”.

“Un gobierno eficaz, enfocado a la atención y a la respuesta oportuna, donde se privilegie la transparencia y la rendición de cuentas”.

“Vamos a hacer un buen gobierno. Un gobierno que destierre las prácticas de corrupción”.

“Un gobierno que actué en favor de la gente y que se gane día a día su confianza”.

“Creo en el valor de la política, una política de entrega y de compromiso”.

“En el Gobernador, en el Gobierno, las familias veracruzanas siempre encontrarán a un aliado”.

Este es un extracto del discurso pronunciado, leído, lleno de promesas, pronunciado ante el Congreso Estatal de Veracruz de Ignacio de la Llave, el pasado 1 de diciembre de 2010, por el ciudadano Javier Duarte de Ochoa.

Cada vez que leía una frase del discurso, sentía un dolor en el lado derecho de mi torso, a la altura del hígado. La culpa no es de ellos, la culpa es nuestra, la historia se repite. Muchos de nosotros llevamos décadas escuchando, luego creyendo, hasta aplaudiendo, y finalmente lamentándonos.

La última cita me hace pensar que los gobernantes están convencidos que no los merecemos, que al asumir el poder se endiosan, pasan a un nivel superior, más allá de emperador, cuasi divino, en el que debemos agradecer tener como amigo al gobernante, el que al recibir su mirada, su saludo o su abrazo es sinónimo de distinción a nuestra persona. En esa creencia, justificamos nuestra plena complacencia, nuestro silencio y el respeto hacia él, a cambio, perdemos el respeto propio.

En su esplendor celebramos cada uno de sus actos, cada decisión, como si estuvieran descubriendo el mundo. Parafraseando una frase, acreditada a Manuel Espinosa Yglesias: “Cada uno de nuestros gobernantes sigue creyendo que salvar al país depende sólo de su voluntad y de que todo mundo lo obedezca''.

El pueblo de México es noble, elige a sus gobernantes, los consiente, los hace millonarios. A cambio, recibe la corrupción y el saqueo como traición a la confianza ciudadana. Después, aleatoriamente los enjuicia, ese es el precio de convertir los recursos públicos en privados, en convertir los recursos de todos en riquezas personales de unos cuantos.

Esa es la razón del por qué no progresamos, pareciera una maldición. Una maldición que enferma.

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