Como muchos premios nobel de literatura no son leídos, a partir de Bob Dylan se premiará para las orejas. Buena oportunidad no sólo para los cancioneros, cantautores o trovadores –falsos y auténticos-, también para los audilibros. Y no será necesario argumentar, como Sara Denius, la “erudita” secretaria permanente de la Academia del Premio Nobel de Literatura, que la obra de Homero solía cantarse, pues el criterio sólo corresponderá en su totalidad a una virtud sueca. Si bien es cierto que los capítulos de La Ilíada son Cantos, su representación en la antigüedad trataba sobre todo de declamaciones intensas acompañadas, en todo caso, de musicalidad básica, limitada a pocos instrumentos melódicos y de percusión; se trataba de grandilocuentes expresiones con la voz. Más allá de que resulta absurdo recurrir a la épica homérica para justificar el premio de 2016 –como lo ha hecho Denius-, en realidad La Iliada y La Odisea se declamaban. La tragedia griega es otra cosa, significa hasta hoy la creación más compleja que haya el hombre ingeniado jamás. Y volveré más adelante sobre ello cuando se haga el cotejo de la impronta griega con las razones de la Academia en favor del premiado de 2016: “haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”.

Hay algunos registros de lo que Borges dijo sobre el premio que le fue negado por razones políticas, por su conservadurismo frente al supuesto progresismo sueco.

1. 1979. El periodista Gómez Fuentes cuestiona si le molesta el Nobel otorgado al poeta griego Odysséas Elýtis. Negándolo, ironiza, pues el Premio, afirma, demuestra que “hay un orden en el mundo, ya que todos los años me proponen, todos los años me olvidan. Y eso es prueba de cierta simetría, prueba de un orden cósmico. El mundo no se ha vuelto insensato, sigue con sus tradiciones; yo sigo con esa tradición también que corresponde al mes de octubre. [Al enterarse] sentí cierto alivio… qué suerte que es un poeta griego, ya que todos somos de algún modo griegos. Aunque yo no sé griego desgraciadamente, soy un bárbaro… Pero yo sabía latino alguna vez.”.

2. 1983. Entrevistado por los académicos Carlos Cortínez y Gonzalo Sobejano, en el Emily Dickinson College de Estados Unidos, sobre el Nobel de 1982 a Gabriel García Márquez:

“Él lo merece, yo no. El premio fue bien otorgado. Yo francamente no deseo el Premio Nobel. Los suecos son muy sensibles. Tienen toda la razón. ¿Quién soy yo para compararme con Neruda, con Kipling, con Bernard Shaw, con Bertrand Russell, con André Gide, con William Faulkner? Nadie, evidentemente. Creo que los suecos están en lo correcto. Además, es una especie de ritual bien establecido. He perdido la cuenta de los años: me prometen el premio cada año, se lo dan a otro y ya sé cómo es la cosa. Es un ritual que se repite a sí mismo. Ahora es un hábito del tiempo.” (Revista Fractal, que lo toma de Carlos Cortínez (editor), “Borges, the poet”. Fayeteville, 1986).

3. La versión de María Kodama. Entrevista tras otra, la compañera de Borges ha referido lo que éste decía al respecto: Que no quería el Nobel porque así se convertía en un número más en una lista, que prefería no recibirlo porque así era el mito escandinavo; el hombre al que siempre se lo habían negado. Y se le cumplió al escritor, su caso ha quedado como un mito, el nuevo mito escandinavo de la negación literaria.

Tal vez tanto Borges como la Academia Sueca debieron de haber transigido en sus posiciones. Kodama ha referido que antes de recibir el doctorado honoris causa de parte de la Universidad Católica de Chile, el escritor recibió una llamada desde Estocolmo sugiriéndole que no aceptara tal distinción porque en el evento estaría presente, de manera protocolaria, el dictador Augusto Pinochet; así aumentarían sus posibilidades para el premio. Borges debió de considerar que, independientemente del protocolo, Pinochet era un criminal. No lo hizo, pues ante la sugerencia sueca respondió, “hay dos cosas que un hombre no puede permitir, sobornar o dejarse sobornar”; y se fue a Chile.

Por su parte, si Borges fue incapaz de transigir, debió de haberlo hecho la Academia valorando el mérito literario del escritor más que su consideración política. Tampoco lo hizo. Así, la condición ideológica de ambas partes determinó una injusticia de carácter artístico que se ha transformado en el célebre mito escandinavo profetizado por Borges, un estudioso, por otro lado, de los mitos escandinavos recuperados para sí a través del estudio del idioma islandés, raíz del danés, el noruego y el sueco.

Volviendo a 2016. Si el Premio Nobel de Literatura es considerado la máxima distinción a que puede aspirar un autor, si los parámetros de los eruditos electores son los del más alto nivel para juzgar la literatura y si el criterio para el Premio 2016 va más allá del mero hecho literario o poético y se justifica en el contexto de la música (“la gran tradición de la canción estadounidense”), entonces se está hablando también de un criterio musical. Y en este sentido, la Academia Sueca ha desbarrado por todos lados.

La tasa para para otorgar el premio literario a un músico -tanto por su lírica como por su música, como es el caso en cuestión-, tendría que ser la del arte alcanzado por la música misma. Y no es necesario ejemplificar algo tan obvio. Sólo dígase que en el proceso de la imbricación poética y musical hay dos ejemplos mayores, la ópera y su padre-madre superior, la tragedia griega. Y aunque se carece de vestigios de la composición griega -sólo quedan los textos-, los estudiosos han establecido que el autor de la obra era el creador absoluto de la música, la poesía, los coros, las danzas y la representación, y ejercía asimismo como director o coordinador general y actor en escena. Esta cualidad y capacidad creadora jamás ha sido alcanzada de nuevo en la historia de la creación (aunque la ópera haya aspirado a ello, sin lograrlo).

Y en el caso de Dylan, la música es del todo elemental. Denius sugiere que para “empezar a escuchar o leer” al premiado, el interesado “debería iniciarse con ‘Blonde on Blonde’, el disco de 1966 que tiene varios clásicos y es un ejemplo extraordinario de su brillante modelo de rima, de su armado de estribillos y de su pensamiento pictórico”. En lo particular, ambas, poética y música me parecen insatisfactorias (Silvio Rodríguez posee lírica, composición y ejecución más complejas que Dylan). Y si la música es elemental en su estructura armónica, rítmica y aun melódica, bien hubiera hecho la Academia en premiar solamente la poesía del elegido, si es que la consideraba con suficiente mérito.

Y aunque el poeta Nicanor Parra ha dicho que tres versos de una canción son suficientes para justificar el premio: “My father is in the factory and he has no shoes/ my mother is in the alley looking for food/ and I'm in the kitchen with the thumb stone blues” (le falló la memoria a Parra, esta es la versión de 1965: Mama’s in the fact’ry/ She ain’t got no shoes/ Daddy’s in the alley/ He’s lookin’ for the fuse/ I’m in the streets/ With the tombstone blues), estoy propenso a estar de acuerdo con el tweet del escritor Irvine Welsh al conocer del premiado: “I’m a Dylan fan, but this is an ill conceived nostalgia award wrenched from the rancid prostates of senile, gibbering hippies.” (“Soy un fan de Dylan, pero esto es un premio a la nostalgia mal concebida arrancada de la próstata rancia de hippies seniles y trasnochados”); excepto que no soy fan del músico.

Y en este conflicto mítico en que Borges gana una y otra vez lo que la Academia pierde, el poeta habría dicho quizá de manera consistente ante el anuncio sueco: “Y este señor que compone canciones también merece el premio; más que yo, ¿por qué no? Si otros lo han merecido. Y bueno, si a mí me han musicalizado inmerecidamente alguna que otra milonga…”.