Barcelona taxi driver. Una mirada a la crisis española

24 de Julio 2012 

Las contingencias e imponderables que convierten unas perfectamente planeadas vacaciones en situaciones totalmente inesperadas, hicieron obligatorio en mi caso, el uso de un taxi en el aeropuerto de Barcelona. 

En la fila de coches de alquiler resaltaba además del característico color negro y amarillo, una hoja impresa en computadora pegada con cinta en el vidrio trasero del auto, convocando a un paro generalizado de unidades de alquiler a finales de Julio. 

En cualquier ciudad del mundo, un taxista es un punto de referencia no solamente geográfico, también le brindará a usted toda suerte de información obtenida de primera mano, sin referente empírico de por medio ni datos duros que respalden su versión. No importa. Un taxista es un megáfono que mide un tanto cómo se ejerce la ciudadanía en las diferentes partes del globo. 

Don Lucho, el conductor del taxi, está indignado y barre parejo. Todos los banqueros son unos demonios, todos los políticos son unos cara dura, toda Europa está descontrolada. Hay nostalgia por la peseta. Éste artículo es la historia que este señor español me contó en los 30 minutos que duró el trayecto del aeropuerto al hotel. 

Evidentemente, es la perspectiva de un hombre sencillo, trabajador, que de lo único que tiene la certeza es de que éstas no existen y esa desesperanza va más allá de regionalismos y autonomías. La incertidumbre es el cargador de su encono en contra de quienes él considera que son los culpables de la situación que permea toda España. Esta es su visión de la crisis. 

El origen. La generación del dispendio 

La crisis del ladrillo, se explica en la cosmovisión de don Lucho a partir de una generación cómoda y consentida que no ha tenido reparo en endeudarse más allá de sus posibilidades, pretender trabajar poco y ganar mucho y además, tener la osadía de indignarse porque a los 27 años no encuentra trabajo, cuando algunos de ellos han encontrado muy cómodo seguir dependiendo de sus padres. 

La oferta de vivienda en España supera la demanda, en parte porque los bancos han prestado a quien no tenía poder adquisitivo. Eso generó la crisis. Por otro lado, él dice estar dispuesto a asumir los recortes a la sanidad y demás políticas impopulares, siempre y cuando se reflejen en los duros que lleva a casa. Nadie puede quitarle a don Lucho la sensación de que la ayuda de la que hablan los políticos, se constriñe únicamente a los banqueros.

 

Demonios y cara dura

Para don Lucho, los banqueros son el demonio y los políticos unos cara dura. A ninguno de los dos representantes del mal en la tierra, le interesa escuchar al pueblo. La impopularidad de que gozan es resultado de la indiferencia que profesan a quienes alguna vez, votaron por ellos.

La “victoria” de Rajoy

Por supuesto, Lucho no votó por Rajoy, a quien acusa de permitir el intervencionismo (sic) de Alemania, al punto de que él considera que está en riesgo la soberanía nacional. Los Españoles no votaron por Rajoy, sino en contra de la izquierda por haberlo hecho tan mal. “Aquí, nosotros castigamos a los de izquierda no yendo a votar y por ende, gana la derecha, esos siempre votan. Les va el interés en juego”.

8 de Agosto de 2012

Hoy dejo España y vuelo a México.

Leo en El País, una opinión reveladora en el artículo “recortes y desánimo”, que apunta a una escalada de la crisis, el paro y el desempleo. Por otro lado, los sindicatos le han pedido al Rey que medie para que Rajoy convoque a un referéndum. Los buenos y los malos están ya debidamente identificados, según algunos españoles.

 

La verdad es que esta perspectiva maniquea es bastante peligrosa.

Lo que menos necesita España ahora es un conflicto institucional, cuando la crisis económica ha permeado ya las dimensiones política y social. Es evidente la impopularidad de Rajoy y de las medidas que implementa para abatir el problema, sin embargo, los sindicatos pugnan por medidas “populares”, cuando lo que se necesita en la Madre Patria y en todos lados, son políticos que asuman su responsabilidad en lugar de pasarla a la población.

¿Usted qué opina, estimado lector?

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