Ayotzinapa; ¿cómo olvidar?

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Cientos de días, miles de horas de sufrimiento y dolor de los familiares y amigos de las víctimas de Iguala. Cientos, miles de palabras dedicadas en los medios a la trágica noche y sus consecuencias patéticas. Y a dos años de distancia pareciera que nada sustancial ha pasado para esclarecer los hechos y fincar responsabilidades. Sobre todo, pareciera que nada se ha hecho para encontrar a los 43 estudiantes víctimas de la desaparición forzada.

Si “2 de octubre (Tlatelolco) no se olvida” es una conmemoración más que una exigencia de justicia activa (en todo caso es una exigencia permanente de democracia y un grito contra el autoritarismo), “26 de septiembre (Iguala-Ayotzinapa) no se olvida” es un clamor vivo, no sólo porque el evento trágico es relativamente reciente, sino porque, como se dice, es una herida abierta, sangrante, punzante, dolorosa, que no cesa en su reclamo de justicia.

El estado mexicano no sólo es responsable por no haber resuelto el caso a 2 años de distancia o por omisión al momento de los acontecimientos, sobre todo, por estar involucrado en el crimen a través de la policía local, la federal, el ejército y altos funcionarios del gobierno que supieron de los hechos al momento de estar ocurriendo (y aun sabían de los antecedentes de los Abarca). Y a partir de allí, de ese estar involucrado, se desprende que el gobierno haya entorpecido, torpedeado y desvirtuado la información al inventar una “verdad histórica” sobre datos falsos, intervenidos y manipulados, como se ha mostrado (y como bien ha dicho Edgardo Buscaglia, un gran error de Álvarez de Icaza fue aceptar el patrocinio del gobierno en la investigación del grupo de expertos que fue obstaculizado, humillado y prácticamente echado). Verdad, que hoy se ha convertido en la gran mentira histórica de la cual no puede salir, como bien señala Lorenzo Meyer, en la cual el gobierno está atrapado porque tal vez el precio del desprestigio internacional, de la ausencia de legitimidad nacional, de las encuestas por los suelos sea mejor pagable que la verdad que desean ocultar. Meyer es contundente: “Si saben dónde están y no lo dicen, es porque el precio político debe ser altísimo. Están pagando por dos años de incredulidad, de incapacidad, de estupidez, están pagando un precio muy alto. ¿Es que acaso el otro pago sería todavía más alto?” (Manuel Hernández Borbolla, entrevista a Lorenzo Meyer; The Huffington Post, 26-09-10).

Todos los que hemos escrito o hablado sobre la tragedia durante dos años –de distintos medios y perfiles- estamos ubicados en la misma incertidumbre e incredulidad; en el pasmo de lo inverosímil. Una lista somera de los títulos de quienes han escrito en este segundo aniversario trágico:

“Se cumplen dos años de mentira”; Ricardo Raphael.

“Ayotzinapa no se olvida”; Juan Ramón de la Fuente.

“¡Ayotzi vive!”; John Ackerman.

“Iguala: dos años de ocultar la verdad”; Julio Hernández López.

“Iguala: barbarie irresuelta”; Opinión, de La Jornada.

“A dos años de Ayotzinapa, esa pesadilla nunca más”; Gerardo Fernández Noroña.

“Ayotzinapa: el día que se acabó el sexenio”; Carlos Loret de Mola.

“Ayotzinapa: El fantasma de Peña”; Lilia Aguilar Gil.

“Dos (d)años”; Denise Dresser.

“A dos años de Iguala, el fracaso”; Carlos Puig.

“Una noche, hace dos años”; Joaquín López Dóriga.

“La lucha vive / La investigación sigue”; Carlos Marín.

“Qué demonios pasó”; Leo Zuckermann.

“Faltan 48 años para saber de los 43”; Jairo Calixto Albarrán.

“43 familias acorralaron al estado”; Lorenzo Meyer, entrevista con The Huffington Post.

“Ayotzinapa es un grito de dolor y de impotencia”; Layda Sansores.

Por supuesto, no faltan quienes cumplidamente ratifican de manera sistemática la “verdad histórica” oficial y los que acusan a las víctimas de ser delincuentes y a los familiares de ser vividores: los Carlos Alazraki, Ricardo Alemán, Jorge Fernández Menéndez,...

¿Se encontrará la verdad alguna vez? Todo indica que con el gobierno presente, no. Tendrán que ser otros quienes tengan la obligación y la prioridad de ir al fondo. El problema es que pasa el tiempo y muchos apuestan por el olvido. ¿Pero cómo olvidar Ayotzinapa si es la llaga misma de México? Ayotzinapa es más que un símbolo, es el clamor cada vez más alto de lo que se quiere y de lo que no se desea más. No se quiere más corrupción,  violencia, autoritarismo, represión, muerte, impunidad. Se quiere justicia, democracia, equilibrio social, la posibilidad de vivir la vida en paz.

P.d. Aquí una alarma: Ayer, tras un enfrentamiento con elementos de la policía de Michoacán, en la comunidad purépecha de Carapan, municipio de Chilchota, fueron detenidos 49 estudi

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