No es un tema de arrojo ni es un tema de hoy

Andrés Manuel López Obrador
Andrés Manuel López ObradorAndrea Murcia / Cuartoscuro

El problema de fondo (o el segundo nivel del tema) es sobre los alcances y fin del Estado

Cuando se calme el ruido de los insultos de fanáticos y detractores del gobierno de Andrés Manuel López Obrador acerca de los acontecimientos ocurridos en Culiacán la semana pasada, los mexicanos nos debemos una serie de discusiones importantes, graves, acerca de quiénes somos y a dónde queremos ir. No me gusta el eclecticismo y, de hecho, no creo mucho en que los empates técnicos signifiquen algo. Sin embargo, debo decir que en esta ocasión, ambas camarillas de fanáticos tienen algo de razón y no.

En un primer nivel, dentro de una acción policial (o militar) de captura de un objetivo de alto impacto, hay que distinguir entre la estrategia y la táctica. La primera se refiere a la planeación en sentido más estructurada, el plan que todos los involucrados en la ejecución deben conocer y seguir. Como la realidad es necia y desconsiderada, los hechos nunca suceden exactamente como dice el plan y, por ello, a menos que se opte por la imbecilidad o el martirio, debe haber un margen de flexibilidad para ajustar la estrategia sobre la marcha conforme se desenvuelven los acontecimientos. Eso se llama táctica. Y ambas, estrategia y táctica, son esenciales en cualquier despliegue de fuerza. Y también a lo largo de la vida.

Luego del fracaso de la captura y posterior liberación de Ovidio Guzmán (es imposible negar que los hechos de la semana pasada son un rotundo fracaso y ya sólo es dable discutir sus causas o culpables), el debate se centra en si tenían que haberlo retenido pese a que los elementos de la Guardia Nacional eran superados en poder de fuego y había narcotraficantes, todo parece indicar, sitiando viviendas de militares listos para acribillar a sus familias. Obviamente no, de entrada, porque de nada hubiera servido. Se lo hubieran llevado igual, y con más muertos. Salvo que el objetivo mismo quedara en un fuego cruzado y para qué les cuento. Esa es la decisión táctica: es decir, “se nos quemó el estofado, ¿nos lo comemos? Pues no, ya no”.

Pero el problema fue la estrategia, tan pobre y defectuosa, llena de huecos que se está encargando de llenar la prensa internacional. Creer que nadie sabía que iban por nadie y que todo acabó siendo una coincidencia cósmica es infantil e insultante. Evitar una masacre es encomiable. Poner la mesa para que la masacre pudiese producirse, en primer lugar, no lo es. El problema es que esa estampa, seguida de las explicaciones y justificaciones balbuceantes de las autoridades y voceros oficiales, concentra en una poderosa imagen todas las otras situaciones en las que la gente no respeta la ley y se impone el mandato del más fuerte, sobre todo cuando se trata de defender a la familia, que es sagrada. La familia y la fuerza en un instante.

El problema de fondo (o el segundo nivel del tema) es sobre los alcances y fin del Estado. Vamos por la vida moviéndonos en una esquizofrenia conceptual en la que a veces lo vemos poderoso y protector y otras abusivo y hasta con personalidad propia, y no jurídica, sino psicológica. Últimamente lo vemos impotente, cobardón, bravucón al estilo del perro que ladra pero que no muerde salvo a vendedores de nopales en la vía pública y a empresarios que pudieron tener problemas fiscales, a los que sí les aplica toda la fuerza de la ley. Esto no empezó con Andrés Manuel ni mucho menos. Es la historia de México: la de un Estado cuyo ideal normativo no corresponde, en absoluto, con su naturaleza material. Pese a que se tiene una tradición de historiadores y politólogos realistas de primera línea, como Daniel Cosío Villegas, Rafael Segovia, Fernando Escalante y, en su momento, Jorge Carpizo, extraña que no haya una Teoría del Estado Mexicano, que sea, sin tapujos, una Teoría del Estado a la mexicana, sin complejos, sin lamentos. Con una parte muy exhaustiva acerca del Estado ausente, cuando lo está, como el jueves pasado en Culiacán.

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