Columnas

Lo que inició en Twitter y FB como un espacio de libertad se ha ido convirtiendo en manipulación, acoso, bloqueo y censura.

Difícil no estar de acuerdo con el planteamiento del presidente Andrés Manuel López Obrador: No puede permitirse que dos compañías privadas -Twitter y Facebook- determinen con sus políticas quien tiene y quién no, derecho a la libertad de expresión. Sus críticos han argumentado que se trata de empresas que establecen, como cualquier otra entidad comercial, sus propias normas. 

No obstante, el poder de ambas ha crecido a tal grado en el mundo, que esas normas han llegado a ser arbitrarias pues se han convertido en censura, bloqueo y silenciamiento; están poniendo en riesgo un derecho humano esencial.

Aunque en la Conferencia Matutina presidencial era un tema frecuente el asunto de los ingresos económicos de las empresas y el de los insanos bots que Twitter permite en su red, que comprados por gente perversa manipulan, distorsionan, mienten, atacan y acosan, fue la suspensión reciente de las cuentas de Donald Trump lo que ha detonado la polémica a nivel mundial.

En la conferencia del cinco de mayo del 2020, AMLO estableció la necesidad de "Pedirle a Twitter y Face que nos expliquen cómo es que venden publicidad para bots; y además, sobre todo que rindan cuentas, que haya transparencia, cuánto ingresa a las empresas de México por compra de publicidad”. Y recientemente, “se trata de una afrenta a la libertad que las empresas privadas decidan quién puede ser silenciado y censurado y quién no... Entonces no se vaya a crear un poder mediático mundial, un tribunal de censura, como la Santa Inquisición pero para el manejo de la opinión pública… ¿Y qué?, ¿y la libertad y el derecho a la información? ¿Y el papel de las autoridades legales y legítimamente constituidas?”.

López Obrador ha sido muy claro en este punto trascendental, en la próxima reunión del G-20 en que participe expondrá su consideración sobre el tema y llamará a crear condiciones consensuadas por los Estados para no permitir que sean empresas privadas las que se autoerijan como censoras (la nueva “Santa Inquisición”). Las que usurpen el ejercicio de la política que compete a los Estados nacionales: garantizar el derecho humano a la libertad de expresión. Ninguna norma o política empresarial, por muy poderosa que sea, puede transgredir la autoridad del Estado y el derecho de los ciudadanos.

A partir del caso Trump, además del presidente mexicano, se han manifestado en semejante sentido Ángela Merkel, de Alemania, Bruno le Maire, secretario de Economía de Francia, Rusia, Uganda (que bloqueó ambas redes acusándolas de intervenir en su elección interna), miembros de la Unión Europea. 

Además del proyecto del presidente mexicano ante el G-20, el canciller Marcelo Ebrard informó en reciente Conferencia Matutina que ha establecido contacto con Estados de Latinoamérica, África, Europa y Asia que tienen una visión cercana a la mexicana para llegar a puntos de acuerdo que en un futuro cercano lleven a una política internacional, en relación a las redes sociales, que impida el autoritarismo y la censura de las mismas. Simultáneamente, el presidente ha instruido al Conacyt a explorar posibilidades para la creación de mecanismos de comunicación sin censura.

Lo que inició en Twitter y FB como un espacio de libertad se ha ido convirtiendo en manipulación, acoso, bloqueo, censura. Silenciamiento, en una palabra. Un crimen virtual que, profundizando un poco, se equipararía al crimen real cometido por las hordas de la intolerancia y el fascismo; como desgraciadamente sucedió durante la Guerra Civil española contra el poeta y dramaturgo Federico García Lorca.

En un caso personal, mi cuenta de Twitter amaneció bloqueada el 30 de diciembre de 2020. La noche anterior, el 29, había tenido un desencuentro con un pseudoperiodista que, al eludir el debate, recurrió a la biología y a una embestida de “amigos” y bots que me acosó, agredió y hurgó en mi cuenta hasta dar con un tuit del ¡16 de febrero de 2013! Lo desvirtuaron y descontextualizaron para acusarme ante la empresa de promover el odio. Criticaba yo en ese tuit una etiqueta -creada no sé por quién- que promovía el odio y el racismo: #QuéAscoSerUnMexicano; decía yo que eso significaba decir lo mismo en contra de cualquier nacionalidad, que eso se traducía en odio. Pues bien, de manera indignante, Twitter mostró su intransigencia normativa, desdén e incompetencia y prestó atención a los acosadores y al fascismo. 

Así, mantiene el bloqueo hasta el día de hoy 18 de enero del 2021; no sé si recuperaré mi cuenta. Es decir, ante decisiones unilaterales inducidas por la perversidad y el fascismo, las empresas de las redes sociales predominantes no dan oportunidad a los perjudicados, a las víctimas, a la justa defensa.

Sin duda, es deseable la intervención de los Estados, la ONU, la Unión Europea (de la derechista OEA no se puede esperar mucho por ahora) y otros organismos internacionales, para poner fin o regular el poder excesivo de las redes sociales en cuestión sobre la sociedad. La humanidad tiene que garantizarse el derecho a la libertad de expresión. Ni empresas ni individuos pueden estar por encima de ese derecho.

En la siguiente videocolumna, abordo el tema.

¡Alto a la Censura en Redes Sociales! AMLO, Ebrard y G-20