Es innegable que en nuestras sociedades actuales, las abuelas y los abuelos son piezas claves para el desarrollo y estabilidad de las familias. Tan innegable lo es como el afirmar que uno de los principales motivos que inhiben la inclusión de las mujeres en el sector productivo y económico formal lo constituye el cuidado de hijas e hijos. Hoy por hoy, de acuerdo con estimaciones publicadas por el Instituto Nacional de las Mujeres “en nuestro país hay 6.1 millones de niñas y niños pequeños cuyas madres trabajan para el mercado y que son cuidados por distintas personas e instituciones, entre las que sobresalen las abuelas”.

Afirman las publicaciones en la materia que “una tercera parte de las niñas y los niños que tienen entre 0 y 6 años de edad y que sus mamás trabajan fuera del hogar, son cuidados por sus abuelas durante más de ocho horas diarias”. Esto pudiera constituir un mero tema de ayuda y solidaridad familiar, sin embargo relevante es que más del 90 por ciento de las abuelas que cuidan a sus nietos y nietas lo hacen sin recibir pago alguno. Cuando es un familiar distinto a las abuelas quien cuida de los hijos y las hijas de madres trabajadoras, más del 78 por ciento lo hace también sin recibir pago alguno. Lo cierto es que las madres trabajadoras no pagan por cuidar a sus hijos e hijas –en los supuestos que hemos mencionado- seguramente en muchos casos es porque el sueldo es tan precario que no alcanza, sin embargo mientras estas dudas surgen, ¿en dónde están los papás? Porque definitivamente estos niños y niñas no fueron engendrados sólo por la madre.

Pero bueno, sigamos ahora con las abuelas. El Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) ha señalado que dos de cada 10 adultos mayores son autosuficientes para solventar sus gastos mientras que los ocho restantes viven en situación de pobreza llegando incluso a la miseria. Aporta además el CONEVAL que tres de cada 10 adultos mayores no cuentan con una pensión. Los adultos mayores sufren de graves carencias económicas que repercuten indiscutiblemente en el inadecuado tratamiento de enfermedades y atención de la salud y alimentación. Esta salud definitivamente de acuerdo con lo que señalan especialistas, puede ser afectada por el esfuerzo físico y emocional que significa el cuidado de personas menores de edad incluyendo bebés.

Las abuelas realizan un trabajo que exige de ellas un esfuerzo superior al que de acuerdo con sus condiciones pueden aportar, no reciben remuneración alguna, en la mayor parte de los casos no pueden renunciar ni negarse ya que dependen de la familia que las coloca en el lugar de “abuelas esclavas” por lo cual no tienen otra alternativa que seguir, además, sin seguridad social para atender todas esas enfermedades y padecimientos propios de la edad. ¿Qué alternativas se tienen para ellas? En la mayoría de las familias no hay respuesta, y en las políticas públicas definitivamente la anticipación y atención de este sector poblacional es casi nulo.

Si esto no fuera suficiente, la violencia y la discriminación es un problema que victimiza a abuelos y abuelas, representando el cuarto grupo poblacional vulnerable a la discriminación; sufren además violencia familiar, violencia institucional y son marginados por una sociedad que les excluye por el hecho de ser “viejos”.

Es una realidad, gran cantidad de adultos mayores pobres, enfermos, violentados, abandonados, y responsabilizados de sus nietos y nietas ante la falta de compromiso  de sus hijos e hijas, con exigencias legales en algunos casos, de lo que no les corresponde.

No existe una cultura de respeto a los derechos y la dignidad del adulto mayor, por lo cual  es urgente un cambio de paradigmas, e inaplazable la planificación y puesta en marcha de políticas públicas focalizadas para la atención de las personas adultos mayores. Como sociedad y como familias nos hace falta en definitiva estimar el valor de las abuelas. Mientras nos encontramos en la lectura de la semana entrante, les invito a la reflexión con la frase de Christian Friedrich Hebbel: “A menudo se echa en cara a la juventud el creer que el mundo comienza con ella. Cierto, pero la vejez cree aún más a menudo que el mundo acaba con ella. ¿Qué es peor?”

 

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