Porque más allá

de los miserables pendejos, podemos ser felices.

Es inevitable

encontrarlos en la vida, nosotros lo hemos sido alguna vez. El hecho es, más

allá de ellos podemos ser felices.

Los sencillos, podemos

despertar y agradecer el día. Los miserables,

no; ellos son tan miserables que necesitan cada día más; más poder, más dinero,

más placer, más control, más satisfacciones banas que solo pueden apendejar su

miserable vida. Sin más vertiente que su miserable escuela de pobreza y

carencia.

Los miserables

piensan que pueden arrebatar la materia, añoran el dinero. Sin entender que lo

más valioso es el amor a la vida.

Los miserables

piensan que pueden engañar, derrochan horas pensando la mejor manera de "hacer

a alguien pendejo". Lo que ignoran es que cada quien se hace solito a sí mismo

de ese modo.

Los miserables

pelean a la mujer más bella, pero es tanta su miseria que no saben apreciar una

ninfa y se conforman con una hechicera.

Estos miserables

que todos conocemos y rondan por doquier, solo son personas que no entienden el

valor de su vida y navegan por el mundo pensando que algún día dejarán de

sentirse miserables. Hasta que de pronto llega la muerte; súbita o lentamente, material

o emocionalmente; solo entonces se dan cuenta que es imposible ser o tener, más

que el resto.

Los miserables

pendejos que abundan esta vida y que en ocasiones llegamos a ser nosotros

mismos. Dejan de serlo el día que descubren que más allá de esa miseria, existe

un maravilloso ser que enriquece a la materia, y transforma la peor y más mísera

vida, en un caudal de belleza, canto y alegría.

Así vemos que los

miserables pendejos juzgan la presencia amable y sencilla, el letargo tranquilo

y sereno, la diáfana sonrisa, el alegre canto que despierta a la alboroza vida.