En medio de las miles de palabras y textos difundidos a lo largo de la semana reciente con motivo de la intervención del gobierno de Donald Trump en Venezuela, de una cosa podemos estar seguros:
Se trata de un capítulo más en lo que puede ser una larga historia de acciones y reacciones en el contexto del cambio histórico en el sistema-mundo que nunca será lo que llegó a ser.
El sistema-mundo de la época moderna, teorizado por Emmanuel Wallerstein desde hace décadas, ha llegado a su fin y las fuerzas dominantes y dominadas en su fase final están luchando por no caer, mantenerse y posicionarse en el mundo en reconfiguración.
En todo caso, la situación global y hemisférica en buena medida ha sido prohijada por el propio sistema capitalista liberal y socialdemócrata que emergió después de la Segunda Guerra Mundial y no pudo resolver las tensiones internas y externas entre libertad, igualdad y justicia.
Esto le da, por cierto, una oportunidad a las ideas y epistemologías del Sur.
Por lo pronto, ante el agotamiento de sus instituciones e instrumentos, un nieto de aquel padre de ese orden decadente golpea desesperado sobre la mesa y opta por terminar de destruirlo bajo el cálculo hiperpragmático de que las condiciones transitorias y quizás el orden resultante brindarán mejores oportunidades que las actuales para recuperarse y continuar influyendo en el escenario global.
Grandes y graves desafíos ya esperan al nieto, pues sus competidores le han venido desafiando desde tierras lejanas y espacios-tiempo cada vez más cercanos, en donde hay nietos de sangre y tierra milenarios.
El Imperio Occidental contraataca porque se siente vulnerable y rodeado de infieles que le socavan en sus adicciones, aficiones, distracciones y debilidades. Convertido en un joven viejo, no se resigna a ubicarse en una posición digna e influyente, sin duda, pero ya no del padre que gobierna unilateralmente.
Múltiples fuerzas, movimientos y causas lo impiden, y no son ya removibles.
Wallerstein lo dejó bien documentado y escrito: cuando la potencia se pierde en sus propios excesos y se debilita, cuando la competencia le muestra sus errores y le disputa el reino que ella misma creó y pervirtió, entonces la desesperación le conduce a realizar actos inéditos y de alto riesgo, espectaculares pero costosos y de consecuencias imprevisibles.
En silencio o a gritos, quiere que le obedezcan recordando, por las buenas o por las malas, que él no es hijo ni nieto y acaso compañero de nadie.
Él quiere respeto, subordinación y gloria porque considera que ha sido, es y seguirá siendo el padre, si es que alguna vez se le consideró en esa categoría.



