Estimados lectores, cuando lean estas líneas estaré por llegar o ya estaré ubicado en Lorch, una pequeña ciudad situada en el distrito de Rheingau-Taunus, en el estado federado de Hesse, en Alemania. Esto es, a la orilla del bello río Rin. Llego tras realizar una travesía desde Copenhague pasando por Frankfurt y Wiesbaden. He descendido en la estación de trenes de Lorch un atardecer de finales de agosto de 2026. Estaré ocupado en actividades artísticas a las que he sido invitado por Opera Classica Europa, compañía con la que he participado alrededor de cinco o seis temporadas en los años anteriores a la pandemia.
He escrito esta colaboración por anticipado para hacer mi entrega correspondiente a SDPnoticias a tiempo. Atravesada la pandemia por el medio, no venía a esta geografía desde hace varios años. Así que estaré compartiendo algunas de mis impresiones en esta nueva aventura.
Por lo pronto, mientras auguro estar escanciando un fresco, dorado y seco vino blanco, les comparto una breve narración escrita en ocasión de una experiencia semejante ocurrida por estos rumbos en 2016. Publiqué parte de ella en una columna de carácter político que ha desaparecido, de ella recuperé un fragmento que fue publicado en un libro de cuentos y narraciones de viaje (abajo los datos). La titulé:
Lost & Found
Examinaron con detalle la banda de seguridad y sus bajos. El jefe del área me pidió voltear a la cámara central para reconocerme y rastrear lo que había sucedido al cruzar el punto. No pudieron encontrar el android recién comprado en Nueva York. Misterio. Sin abrumarme, pues de entrada todo está perdido, dejé que el escepticismo reconfortado me guiara a abordar el vuelo a Frankfurt.
Proveniente del Báltico, de Riga, Kastrup, el aeropuerto de Copenhague me ha dejado sin comunicación telefónica, sin leer los diarios mexicanos que ya había comenzado durante el café de espera.
Camino. Abordo. Sonrío y saludo la belleza en figura y ojos de azafata. Tomo mi asiento; viajo solo, por fortuna. Despegamos. Retomo la lectura que hago por quinta ocasión de El nacimiento de la tragedia, pues los preceptos estéticos y artísticos de Nietzsche son esenciales mas de prolongada maduración, sobre todo cuando la lectura se comienza como tendría que ser, por el final del libro, los escritos preparatorios: «El drama musical griego», «Sócrates y la tragedia» y «La visión dionisiaca del mundo». Disfruto al fin con serena degustación, no obstante la pérdida, un Rheingau seco.
Vencido, deposito el libro y los anteojos enfundados en uno de los asientos vacíos. Otro Riesling y los ojos se cierran y sueña el cerebro. La breve turbulencia y el anuncio de llegada me despiertan. Me recibe Frankfurt con familiaridad. Tomo el tren a Wiesbaden y un autobús antes del taxi a la montaña.
Como todavía una laptop va conmigo, busco los anteojos para trabajar. No están. Los meandros los ubican en el asiento del avión. Me sugieren rastrear aparato y lentes en el servicio Lost and Found, de Kastrup y Lufthansa. Parece que mucha gente ha recuperado objetos perdidos gracias a la honestidad de quienes al encontrarlos los entregan a las autoridades o al sistema de seguridad aeroportuaria europeo; mas hay quien habla de mafias aeroportuarias. ¿Qué suerte me depara al respecto más allá de que pronto iré a Wiesbaden por un urgente remplazo para ojos y oídos?
Para escribir ahora he ampliado a 170 el zum del Word. A la izquierda, una copa; a la derecha, la botella de Rheingau que he comprado en Bad Schwalbach antes de tomar el auto para llegar a la montaña que yace en esa región vinícola. Frente a la ventana de mi habitación, en la fresca y húmeda oscuridad del otoño multicolor se intuyen las grises nubes altas, la cordillera de los bosques montañosos en el horizonte y el fructífero río Rhein al fondo de Lorch. (Un aroma que conduce, no muy lejos de aquí, a Thomas Mann; el misterio de una señora mexicana en las montañas, la erótica e irresistible albúmina de Clawdia Chauchat, la contradictoria y energética gracia de Peeperkorn, la nieve…) Las manadas de venados comienzan su bramido final de temporada, su profundo canto nocturno (cada macho astado tiene su propio harem de venadas y ciervas para el dichoso acoplamiento, me dice Fred, el simpático viejo con alemana voz estentórea que pasa a saludar todas las mañanas, cuando el corpóreo y espumante café), un canto ya exánime. Renuevo la nítida copa, escancio la seca y dorada sabrosura del Riesling de Rheingau; el otro valor del Rhein, el superior, el exquisito oro del Rin.
P.d. Momento. Con el rabillo del ojo izquierdo miro a un casi anciano de baja estatura, ojos agudos y con saco azul que me sigue en la línea de acceso al escaneo de la zona de seguridad. Pocos minutos antes de descargar la mochila a mi espalda, el viejo me empuja levemente. Me mira mirarlo oblicuo, más que desdeñando, como pasando por alto el «accidente». Cuando me desprendo de la chaqueta, una intuición desconocida pero insuficiente me hace pulsarla un poco más ligera de lo usual; una certeza me dice ahora que segundos antes había sido vaciada del android. En fin, nada que disturbe el cauce y el curso de las cosas graves y la belleza.
Nota: narración tomada de En busca de Nils Runeberg y otros ejercicios (Praxis/SDP), libro publicado en 2016.
Nota 2: El siguiente video de “Libiamo”, de La Traviata de Giuseppe Verdi, fue de una presentación en Lorch con la Rhein-Main-Philharmoniker; se los dejo para ir animando el asunto:


Héctor Palacio en X: @NietzscheAristo



