Partidarios de Marcelo Ebrard y de Omar García Harfuch me enviaron un artículo de Jorge Zepeda Patterson publicado en Milenio, “Sheinbaum, a preparar la sucesión”.
Zepeda argumenta, básicamente, que en el gabinete de la presidenta Claudia Sheinbaum solo hay dos figuras populares —García Harfuch y Ebrard—, y que no aparecerá nadie capaz de competirles a la hora de seleccionar al candidato o la candidata presidencial de izquierda: “No hay ni de cerca una tercera figura capaz de disputarles una encuesta entre la población abierta, método que hasta ahora ha seguido Morena para elegir a sus ungidos”.
También dijo Zepeda Patterson que la oposición no tiene ninguna posibilidad de derrotar al morenismo en la elección presidencial de 2030: “No se ve por dónde PAN, PRI y Movimiento Ciudadano puedan construir candidaturas capaces de contrarrestar la fuerza del grupo político que hoy gobierna”.
Si es cierto que Morena ganará porque es muy fuerte y la oposición muy débil, entonces no necesitará desgastarse buscando la candidatura más popular, sobre todo si, como es el caso, ninguno de los líderes en la carrera sucesoria —García Harfuch y Ebrard— es ciento por ciento gente de izquierda.
Aclaro que García Harfuch me cae muy bien y Ebrard muy mal, pero más allá de mis preferencias personales, objetivamente vistas las biografías de ambos ninguna puede ser considerada un ejemplo de trayectoria izquierdista. Sobran argumentos para adornarlos y hacerlos pasar como paradigmas de pensamiento y activismo progresista, pero lo cierto es que están lejos de la pureza ideológica que el proyecto de la 4T necesita para terminar de consolidarse. Decir lo contrario es mentir, y a mi edad no estoy dispuesto a hacerlo.
Bajo la premisa de que la victoria de la 4T en 2030 está asegurada, la estrategia sucesoria de Morena tendría que cambiar: ya no tiene necesidad de buscar al candidato o la candidata que gane la elección, sino a quien conduzca al Estado por el camino ideológicamente correcto.
El perfil de quien se quede con la candidatura debe tener tres rasgos: lealtad doctrinal, capacidad de operación política con las bases de izquierda y disciplina en relación a la presidenta Claudia Sheinbaum.
Postular a alguien ideológicamente comprometido desde siempre, como debiera ser, en vez de a quien sea más popular implica un cambio en la estrategia fundamental de Morena: la candidatura debe ser totalmente leal al proyecto de izquierda, de tal modo de garantizar un blindaje poderoso contra las tentaciones de, por pragmatismo, girar a la derecha.
Para Morena, y esto no lo vio Zepeda Patterson, la elección de 2030 no será una batalla por los votos, que ya los tiene, sino un proceso de selección interna real para profundizar el modelo.
El columnista de Milenio privilegia el pragmatismo político por encima de la profundidad del proyecto de izquierda. Es la principal falla de su análisis, ya que si la 4T tiene la victoria bien afianzada, la popularidad de quien sea candidato o candidata es un recurso redundante. Priorizar a un candidato popular, pero ideológicamente difuso o de plano no de izquierda, pone en riesgo la identidad del movimiento.
Zepeda sugiere que Sheinbaum debe preparar una transición que no desestabilice el sistema. En mi opinión, lo único que podría dividir a Morena es la selección de una candidatura no plenamente de izquierda.
Los argumentos de Jorge Zepeda Patterson son electoralistas en un contexto en el que Morena ha dejado de tener como su principal reto ganar elecciones. Ahora su gran apuesta es que la construcción de un régimen distinto concluya tal como fue diseñada, esto es, sin modificaciones que la acerquen a los viejos sistemas del PRI y del PAN.
Ante la ausencia de oposición, la 4T puede cumplir con su responsabilidad histórica: dejar de buscar candidatos carismáticos para construir una candidatura que lleve a la presidencia a otra persona con compromiso ideológico absoluto y, también, con capacidad ejecutiva.
Una buena campaña puede hacer popular a cualquiera. La lealtad ideológica, si no se tiene desde la juventud, no podrá edificarse con mercadotecnia.
El colaborador de Milenio apunta que García Harfuch, si no le tocara la candidatura, podría lanzarse por otro partido. No lo creo. Omar podrá no ser un ideólogo de izquierda, pero tampoco es un traidor. Veo más probable la traición de Ebrard, pero esa —quién sabe por qué— no la menciona Zepeda Patterson. Ninguno de los dos, ni García Harfuch ni Ebrard, tienen la fuerza que se requiere para verdaderamente dar la pelea a Morena. Ambos son populares gracias a la 4T, y sin el respaldo del gobierno de izquierda perderían bastante influencia y prestigio.
Por lo demás, la presidenta Sheinbaum, absolutamente honesta, no necesita tapaderas en Palacio Nacional a partir de 2030. Por su intachable trayectoria puede darse un lujo que los presidentes del PRI y del PAN no tuvieron: el de no buscar quien la proteja, para en cambio apoyar a quien tenga la mayor capacidad respecto de la continuidad del proyecto de izquierda.
Otro error, enorme, de Zepeda Patterson es tratar a Sheinbaum como una política convencional que debe preparar la sucesión para no quedar vulnerable. La realidad es que, si la honestidad es su bandera, su única vulnerabilidad es la posibilidad de que el proyecto se diluya.
En 2024, el partido Morena, todavía necesitado de votos, tuvo la suerte de que la candidata más popular, Sheinbaum, fuera la más identificada con la ideología de izquierda. En 2030, con la izquierda todavía más fuerte, no tiene la 4T por qué arriesgarse a que la popularidad mate a los principios esenciales del movimiento.



