En México estamos viviendo una paradoja peligrosa: el gobierno presume avances en seguridad, habla de detenciones importantes y de golpes a los cárteles…, pero la gente sigue sintiéndose cada vez más insegura.
Y es que la seguridad no se mide solo en cifras, se mide en la vida diaria. Se mide en quien ya no sale de noche, en quien cambia su ruta para evitar una zona, en quien paga extorsión y prefiere no denunciar. Ahí es donde está el verdadero problema: en la percepción.
Porque incluso cuando hay detenciones relevantes —como lo sería la captura de un líder del tamaño del Mencho— la historia nos ha demostrado que eso no necesariamente trae paz. Muchas veces provoca lo contrario: fragmentación, disputas y más violencia local.
Los cárteles no desaparecen… se transforman. Y mientras eso ocurre, los ciudadanos se quedan en medio.
Pero lo más preocupante no es solo la violencia, es que nos estamos acostumbrando a ella. Hoy, lo que antes escandalizaba, ahora apenas sorprende. Ese es el verdadero riesgo: la normalización del miedo. Porque cuando el miedo se vuelve parte de la rutina, también se debilita la exigencia. Y sin exigencia, no hay cambio.
México no necesita solo operativos espectaculares. Necesita que la seguridad se sienta, no solo que se reporte. Porque mientras la percepción no cambie, la seguridad seguirá siendo una promesa pendiente.
