Cada 17 de marzo, diversos rincones del mundo se tiñen de un verde festivo, entre brindis y tréboles. Para México, el Día de San Patricio no debería ser una festividad importada por la globalización, sino un acto de estricta justicia histórica. Mientras otros celebran una leyenda religiosa, nosotros deberíamos conmemorar un milagro de fraternidad: el sacrificio del Batallón de San Patricio.
Corría el año de 1847. México sangraba bajo una invasión injusta y desigual. En medio del rugido de los cañones, un grupo de hombres, irlandeses en su mayoría, tomó una decisión que cambiaría su destino y su lugar en nuestra historia. Desertaron del ejército estadounidense, no por cobardía, sino por una conciencia inquebrantable. Al ver la profanación de templos católicos y la soberbia de la ocupación, esos hombres reconocieron en el pueblo mexicano un espejo de su propia Irlanda: una nación agredida, profundamente espiritual y sedienta de libertad.
Liderados por el capitán John Riley, los “San Patricios” no solo lucharon; defendieron nuestra patria con una ferocidad que rozaba lo místico. En la Batalla de Churubusco, cuando las municiones se agotaron y la derrota era inminente, se dice que bajaron la bandera blanca que otros intentaron izar. Ellos sabían que, para ellos, no habría prisioneros de guerra, solo la horca. Y así, eligieron quedarse.
¿Qué nos queda de ellos hoy? Nos queda el recuerdo de los 50 hombres ejecutados en San Ángel y Mixcoac, marcados con la “D” de desertores, pero tatuados en el corazón de México como hermanos. Su lealtad no fue a un gobierno, sino a un principio: la convicción de que nadie es extranjero cuando se lucha por la justicia.
Celebrar el Día de San Patricio en México es, por tanto, un acto de gratitud histórica. Es recordar que, en nuestra hora más oscura, no estuvimos solos. Hubo un grupo de extranjeros que prefirió morir como mexicanos antes que triunfar como invasores.
Hoy, cuando el verde esmeralda ilumine nuestras plazas, no pensemos solo en San Patricio como el santo que expulsó a las serpientes de Irlanda. Pensémoslo como el símbolo de aquellos soldados que, con el arpa de su bandera en alto, nos enseñaron que la patria no es solo el suelo donde se nace, sino la causa que se decide defender.
Juntas y juntos impulsemos el Día de San Patricio como homenaje a grandes héroes.
Jennifer Islas. Política y Conferencista



