Es la primera vez que veo a gente sensata dudar acerca de si ha iniciado un rompimiento —o al menos un distanciamiento, un enfriamiento— de la relación estrechísima, poderosísima, sincera, de admiración recíproca, de profundo aprecio político y personal, entre Claudia Sheinbaum Pardo y Andrés Manuel López Obrador.
Tres episodios consecutivos y la forma en que cierta comentocracia los ha manejado sembraron la incertidumbre acerca de lo que era una certeza: la imposibilidad de que Claudia peleara con Andrés Manuel.
Uno de esos hechos fue el retorno, en mi opinión producto de una evidente alteración emocional, psiquiátrica, de Rubén Rocha Moya a la gubernatura de Sinaloa. Para la comentocracia fue una provocación que AMLO ordenó ejecutar al sinaloense, quien enfrenta serios problemas relacionados con investigaciones de la justicia de EEUU. Para la comentocracia se trató de una “asonada” —Raymundo Riva Palacio dixit—, un motín respaldado “por el ala dura de la 4T en defensa de los intereses personales del expresidente Andrés Manuel López Obrador, que rompió el pacto que tenía con la presidenta para actuar con prudencia frente a Estados Unidos”.
El segundo hecho fueron los elogios del director de la DEA, Terry Cole, a Omar García Harfuch, quien se supone que no es aceptado por los duros de Morena —donde los duros serían no solo los lopezobradoristas de toda la vida, sino también los izquierdistas sin pasado en otros proyectos políticos—. Como si no fuera un hecho biográfico irrefutable que la persona de la 4T con una historia de lucha social de izquierda más prolongada fuera Claudia Sheinbaum, quien jamás coqueteó con opciones ideológicas o políticas distintas al progresismo. Esto es importante destacarlo porque ella fue quien, a fin de cuentas, envió a García Harfuch a la reunión de la DEA en Buenos Aires.
En los elogios recibidos por García Harfuch de parte del director de la DEA, la comentocracia metió al Ejército. Se habló de celos y de envidia del general secretario Ricardo Trevilla porque al secretario de Seguridad lo alabó un funcionario de EEUU. Absurda conclusión, porque un general tan experimentado, tan hecho y tan destacado, lógicamente no compite con políticos civiles: no juegan en la misma liga, no juegan en la misma cancha. No entendería yo por qué Tadej Pogačar, el gran ciclista del momento, sentiría envidia de los logros del conductor de automóviles de Fórmula 1, Kimi Antonelli, o Antonelli de Pogačar. Podrán competir en las mismas calles —por ejemplo, las de Montecarlo, donde arrancó el sábado pasado la Vuelta a España—, pero lo que hacen es muy, muy diferente.
El otro episodio es el retiro de la visa de Andrés Manuel López Beltrán, hijo de Andrés Manuel López Obrador, que es lo que habría detonado la tan cantada insurrección de parte de los duros obradoristas contra la presidenta de México.
Ni duda cabe: se sembró la duda entre personas razonables, prudentes, analíticas e informadas. Así que considero mi obligación expresar, por si sirviera de algo, que no veo ninguna posibilidad de que la 4T se divida de esa manera. Sería el fin del proyecto de izquierda. Una tristeza terrible, porque el gobierno de izquierda ha traído a la sociedad mexicana —a la inmensa mayoría de la sociedad mexicana que vive en pobreza— beneficios muy reales, muy importantes, que se perderían con derrotas electorales de Morena, que es, en última instancia, lo que buscan los profetas del enfrentamiento entre AMLO y Sheinbaum, como el mencionado Riva Palacio o el colaborador de Excélsior, con fuertes nexos con agencias de seguridad de EEUU, Jorge Fernández Menéndez, quien hoy insiste en semejante tesis.
Es una estrategia de la derecha debilitar a la 4T por esa vía. Hay desesperación entre los grupos políticos y empresariales que detestan a Morena.
La bellísima y desgarradora canción de Jacques Brel, “Ne me quitte pas”, es la súplica angustiosa de un hombre que intenta impedir que la mujer que ama lo abandone. Ofrece, para conservarla, imposibles, como “perlas de lluvia venidas de un país donde no llueve”.
La comentocracia, para diagnosticar el fin de la 4T, recurre a promesas también imposibles para convencer a quienes quieran leerla en columnas políticas o en redes sociales, o escucharla en radio y TV o en videos de YouTube, Instagram o TikTok; son juramentos de que algo pasará que destruirá a la 4T, construidos sobre una realidad que no existe.
Decir, como Fernández Menéndez y Riva Palacio con explicaciones muy elaboradas, que lo supuestamente ocurrido detrás de la escena del desequilibrio emocional de Rubén Rocha Moya fue una instrucción de AMLO para desestabilizar a Sheinbaum es ridículo. Que AMLO haya ordenado el regreso de Rocha o que este haya sido instrumento de una “asonada” son tesis que requieren pruebas, no solamente una narración dramática como la de tales columnistas. Y ellos no presentan pruebas de nada.
Lo único verificable es que Rocha Moya, desesperado porque piensa que tarde o temprano estará ante los tribunales de EEUU o inclusive ante los de México si las investigaciones de la FGR así lo determinan, decidió que él era inocente y que la nación entera lo iba a aclamar si volvía al gobierno de Sinaloa. Eso fue algo muy cercano a la locura. En su tormento emocional no entendió, cuando tomó la decisión, que todo se le iba a complicar. Lo comprendió cuando se le vinieron encima gobernadoras y gobernadores, la Secretaría de Gobernación y la mismísima presidenta de México, que usó su autoridad como terapia de choque. Eso fue todo.
No veo a AMLO jugando las contras a Sheinbaum. Lo que sí es un hecho es que Andrés Manuel ha cumplido su promesa de no intervenir en la política mexicana como expresidente. Fuera de dos o tres mensajes —uno cultural, otros relacionados con acciones que no le parecen adecuadas de Donald Trump, a quien, por cierto, apoyó cuando ambos coincidieron como presidentes; seguro estoy de que Trump tiene el mejor recuerdo de López Obrador—.
Por tres razones AMLO no romperá su promesa de no intentar actuar en política en el sexenio de Sheinbaum.
La primera, la menos importante, es que conoce la historia de la política mexicana y sabe que expresidente que intenta conservar su mando siempre termina en malas condiciones porque el poder presidencial vigente es invencible, y el de Sheinbaum lo es mucho más que casi todos los anteriores, como quedó demostrado en el episodio de Rocha Moya.
La segunda, Andrés Manuel sabe que si trata de imponer criterios a una mujer tan independiente y enérgica como Sheinbaum, ella no permitirá que se le diga qué hacer. Y sí, aquí estaría el germen de la división que destruiría lo que tanto trabajo costó levantar, el gran edificio de la 4T.
La tercera razón, la más importante: AMLO es un hombre de palabra; prometió que no intervendría y no interviene.



