A estas alturas, cuando ya es evidente que buena parte del viejo PRIAN habita en Morena; cuando el crecimiento económico es raquítico, la inflación golpea el bolsillo y las cifras oficiales sobre muertos, heridos, hospitales y el sistema de salud parecen acomodarse más a la narrativa que a la realidad, surge inevitable la pregunta: ¿el obradorato sigue teniendo defensores? Y quienes aún lo defienden, ¿son suficientes para sostener un régimen señalado, dentro y fuera del país, como un narcoestado?

Durante años funcionó la fórmula de culpar a otros. El mantra del “no volverán” sigue siendo eficaz, aunque profundamente falso. Lejos de representar una ruptura histórica, Morena es tan solo un conglomerado de intereses reciclados.

Tres grandes grupos

El primero está integrado por mercenarios de la política. Personajes que no encontraban cabida en un sistema democrático con reglas, normas y leyes. Aquellos que históricamente hicieron el trabajo sucio a cambio de beneficios económicos y cuotas de poder. Figuras como Gerardo Fernández Noroña, René Bejarano y Dolores Padierna, la familia Batres y una red de parientes y aliados que conciben el poder como patrimonio familiar.

El segundo grupo lo componen políticos expulsados, marginados o denunciados dentro de sus antiguos partidos por corrupción, ineficiencia o vínculos con el crimen organizado: Elba Esther Gordillo, Alfonso Durazo, Américo Villarreal, Ricardo Monreal y su familia; Rubén Rocha, Ignacio Mier, Manuel Bartlett, Mario Delgado, Miguel Ángel Yunes, Adán Augusto López, entre otros. Todos aglutinados en torno a Andrés Manuel López Obrador, quien tras perder dos elecciones presidenciales y quedarse sin el PRD, optó por sumar a lo peor del PRI y del PAN para dotar de fuerza política a Morena.

El tercer grupo lo conforman partidos pequeños y volátiles, surgidos del priismo salinista y expertos en jugar al mejor postor: el PT de Alberto Anaya, el PVEM de la familia González Torres y Manuel Velasco. Movimiento Ciudadano, de Dante Delgado, también salinista, que ha operado como aliado funcional del obradorato para garantizar su propia supervivencia.

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Falsa izquierda y oposición cómplice

Resulta difícil sostener que Morena represente a la izquierda. No defiende un solo principio de la izquierda democrática, no tiene un programa ideológico ni bases sociales organizadas.

Lo que articula al movimiento es el populismo, la complicidad, la corrupción y la impunidad. Por eso, cuando desde el poder repiten “no volvieron”, la realidad es contundente: volvieron, están ahí, reciclados, protegidos y uniformados de guinda.

Mientras tanto, las dirigencias del PRI y, sobre todo, del PAN, han terminado por alinearse al obradorato, por cálculo político, miedo o conveniencia.

El debate público se llena de cortinas de humo: la oposición, los celulares, las camionetas, los hijos, los excesos ajenos. Siempre ajenos.

Reducir todos los males del país a unas cuantas figuras del pasado sirve para simplificar el relato y distraer, mientras los problemas reales —seguridad, salud, crecimiento económico e institucionalidad— quedan fuera del foco.

El obradorato no es un proyecto político

Es una secta. Una narrativa emocional. Propaganda que muchos repiten, aunque en los hechos ocurra lo contrario: el dinero no alcanza y el acceso a apoyos depende de la lealtad personal y no de reglas, mérito o legalidad.

No solo regresaron a viejas prácticas, Morena las empeoró. Antes existía cierto pudor institucional y miedo al costo político. Hoy, el cinismo es absoluto: pase lo que pase… no pasa nada. Nadie renuncia. Nadie rinde cuentas.

Adán Augusto dejó la coordinación de la bancada porque era insostenible, pero no renunció al fuero. El descarrilamiento del Tren Interoceánico terminó siendo responsabilidad del maquinista, dejando intacta la cadena de mando y al supervisor Gonzalo López Beltrán.

El otro lado de la moneda

Han surgido voces que, aunque bloqueadas por el oficialismo, empiezan a generar impacto: José Woldenberg, Lorenzo Córdova, Adriana Dávila, Guadalupe Acosta, Enrique de la Madrid, Liébano Sáenz, el expresidente Ernesto Zedillo, entre otros. A ello se suman gobiernos locales que demuestran que otra forma de gobernar es posible: Cecilia Patrón en Mérida, Alessandra Rojo de la Vega en la alcaldía Cuauhtémoc, o Aguascalientes, con la gobernadora María Teresa Jiménez.

La pregunta ya no es si el obradorato tiene defensores, sino cuánto tiempo más puede sostenerse un régimen basado en la fe, la lealtad ciega y el reciclaje de lo peor de la vieja política.

Con liderazgos desgastados y una narrativa cada vez más frágil, la devoción empieza a resquebrajarse. Y cuando eso ocurre, los mercenarios no dudan: se traicionan, se disputan los restos del poder y aceleran la caída de aquello que decían defender. El inevitable cobro de factura.

X: @diaz_manuel