En México, hablar de reducir la jornada laboral a 40 horas se ha convertido en otro ejercicio de simulación política.
El oficialismo presume sensibilidad social, pero cada vez que tiene la oportunidad de demostrarla, opta por aplazarla. Morena tiene mayoría en el Congreso. Si realmente quisiera aprobar la reducción de la jornada y garantizar dos días de descanso, lo haría hoy. Pero no lo hace.
El argumento es siempre el mismo: que falta diálogo, que se necesita consenso, que hay que cuidar la economía. Es el mismo discurso que escuchamos cada vez que una reforma podría beneficiar directamente a las y los trabajadores.
Lo curioso es que esa prudencia solo aparece cuando se trata de derechos laborales, nunca cuando se trata de decisiones políticas o presupuestales que el partido en el poder impulsa sin medir consecuencias.
Reducir la jornada laboral no es un lujo, es una deuda. México sigue siendo uno de los países donde más se trabaja y menos se descansa.
Donde los sueldos apenas alcanzan y el tiempo libre es un privilegio.
Mientras en otros países las 40 horas y los dos días de descanso son un estándar básico, aquí todavía se discute si la gente merece descansar.
Y no, no se trata de gradualidad ni de promesas a futuro. El trabajo no espera al 2030. Los trabajadores tampoco.
Decir que la reducción debe ser progresiva es aceptar que el desgaste, la falta de sueño y las jornadas de más de diez horas seguirán siendo parte del paisaje laboral mexicano por al menos cuatro años más.
Resulta irónico que algunos legisladores hablen de “falta de tiempo” para discutir el tema, cuando apenas regresaron del receso legislativo y no sesionan todos los días.
Que una senadora insinúe que apenas le alcanza el tiempo para cumplir con su trabajo y se tenga que pintar el cabello en horas laborables, o que se la pasen sesionando a distancia en salones de fiesta o canchas de tenis, es una burla para quien tiene solo un día de descanso y pasa la semana completa en transporte, en fábricas, en tiendas, en oficinas sin ventilación o frente a una pantalla sin parar.
El Congreso no puede seguir legislando desde el privilegio.
Las y los trabajadores necesitan que el descanso sea un derecho, no una aspiración.
Esta reforma no debería dividir opiniones. Ni entre partidos ni entre sectores.
Quienes se oponen a su aprobación inmediata no defienden la estabilidad económica, defienden la comodidad de un sistema que lucra con el cansancio ajeno.
La sociedad tiene que exigir que el tema no se archive ni se negocie en lo oscuro.
No se trata de colores ni de ideologías: se trata de dignidad laboral.
Las 40 horas no son una bandera política. Son un límite humano.
Y mientras los legisladores calculan costos políticos, millones de personas siguen trabajando más de lo que viven.
¿Hace cuánto no vas al cine sin mirar el reloj? ¿Hace cuánto no cenas con tu familia sin quedarte dormido en la mesa? ¿Hace cuánto no te levantas un domingo sin prisa, sin tráfico, sin el pendiente de mañana?
En este país, descansar se volvió un lujo.
Muchos pasan más tiempo en el transporte que con sus hijos.
Hay quienes cruzan toda la ciudad para llegar al trabajo, salen de noche y regresan de noche, con los pies hinchados y la mente en automático.
Es una rutina que envejece a cualquiera.
La movilidad es otro infierno cotidiano que nadie quiere ver: dos o tres horas para ir, otras tantas para volver.
Días que se van entre filas, camiones, cansancio, ruido y ansiedad. Esa no es vida.
Y aun así, los discursos oficiales insisten en que “todo está mejorando”, mientras el reloj sigue marcando las mismas 48 horas de siempre.
La reforma de las 40 horas no es un tema técnico. Es una prueba moral.
El derecho al descanso no puede esperar al próximo sexenio.
Porque si un país necesita que su gente trabaje hasta el límite para sostenerlo, entonces el problema no está en la gente: está en el país.
Alberto Rubio Canseco en X: @Alberto_Rubio



