20 de octubre de 2021 | 11:28
Opinión

La victimización inversa

A pesar de que las declaraciones de Emilio Lozoya en contra de Lourdes Mendoza ha sido probadas como falsas, en las redes sociales se insiste en que ella es quien miente.
Emilio Lozoya
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Algo está muy podrido en nuestro país cuando la discusión se centra en desacreditar a una periodista y no al que todos sabemos es un delincuente de cuello blanco.

Llama la atención que un miembro de la 4T ofreciera 500 dólares para probar que las fotos no las había tomado Lourdes Mendoza, en lugar de señalar el cinismo con el cual se maneja Emilio Lozoya cenando en un restaurante caro y exclusivo de la Ciudad de México. El mismo individuo que se negó a ir a declarar en persona blandiendo el justificante de que sufría arraigo domiciliario.

Increíblemente, una nada despreciable comunidad en redes sociales prefirió distorsionar la verdad, defender lo indefendible, antes que aceptar que una periodista tiene las pruebas de la burla infinita a todo un país. Se prefiere creer en la palabra de un delincuente confeso que ha sido encontrado en su falsedad y, con esa mentira, azotar como interesada y “chayotera” a quien desenmascaró la diferencia entre ser un consentido del régimen como lo es Lozoya y quienes purgan en prisión las fobias de sus familiares políticos como lo es la cuñada de Alejandro Gertz Manero.

No se olvide que lo dicho por Lozoya en contra de Lourdes Mendoza ha sido probado como falso, pero aún así se insiste en azuzar las redes sociales diciendo que ella es quien miente.

En nuestro país se prohíbe sacar fotografías de los imputados (así sean estos confesos) y cuando la fiscalía o los medios de comunicación los presentan en público deben cubrirles el rostro y/o los ojos. Sin embargo, a las personas que están cenando con un delincuente, para ellos/ellas no existe esa protección. Sin entrar en el debate de por qué estaban departiendo una velada con el ex director de Pemex, no deja de ser cínico del sistema procesal que se proteja la “identidad” de los delincuentes y no de quienes están con ellos. La ley busca no perjudicar al posible infractor, pero no tiene empacho alguno en retratar a quienes le rodean en público.

A como va este asunto, Lozoya de seguro demandará a Lourdes Mendoza por daño moral, al retratar su peor ángulo o por retratarlo supuestamente estando enfermo. Enfermo de cinismo e impunidad sí, eso sin lugar a dudas.

Después de la exhibida nacional, se esperaría que la Fiscalía General de la República (FGR) pusiera al susodicho tras las rejas. La FGR defendió su investigación aduciendo que el 3 de noviembre concluye la prórroga (no es la primera) concedida a Lozoya para que continúe aportando “pruebas” a su favor y en contra de quien considere al respecto de los casos Odebrecht y Agro Nitrogenados. Seguramente esta prórroga se encadenará a una nueva. Y ya podrá Lozoya salir a celebrar esto a otro restaurante caro de la capital. Además de levantar otros falsos contra quien él considere para que prueben el frío de los barrotes y la comida apelmazada de la prisión, mientras él se sacrifica con buen vino y mejores caldos.

Volviendo a sus invitados o compañeros de mesa, bien podrían estos demandar a Lozoya por hacerles creer no pasarían vergüenzas. O tal vez deberían haber previsto que podían salir perjudicados si alguien identificaba al pillo con quien convivían.

Pero, otra vez, a quienes se culpa con el dedo flamígero es a ellos por estar en el restaurante con Lozoya. Quieren que el error sea distribuido entre los comensales y no centrarlo en quien no debería estar ahí.

Allá su “moral”, parafraseando a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) por aquello de que esta cena “es legal, pero es inmoral”, pero lo anterior no hace a esos otros culpables de cenar con Lozoya. Insisto, el único a quien se debe señalar como cínico sinvergüenza es al ex director de Pemex y sí, aunque no estuvo en la cena, pero sirvió en la misma, al fiscal general de la República por permitir la impunidad insolente.

La victimización es inversa cuando se quiere culpar a la periodista, a otros comensales, al mismo restaurante de permitirle la entrada a Emilio Lozoya.

Cabe la pena retomar una vieja nota de la sección de sociales de Reforma, donde apunta que una de sus convidadas “encuentra su pasión en ayudar a los demás”. Cuatro años y meses después de que apareciera dicho encabezado, Doris Beckmann demostró lo cierto de su aseveración: ayudó al pueblo de México a ver a Lozoya como es realmente. Un tipo que no está arrepentido de lo que hizo y se sigue dando vida de gran señor cuando debería estar purgando condena en prisión.