Hace una década, describir a la economía mexicana era enumerar una dependencia: petróleo, remesas y turismo. Tres fuentes de divisas con algo en común: ninguna dependía de lo que México produjera, sino de lo que otros quisieran pagarnos, mandarnos o venir a gastar. Era, en el sentido que Raúl Prebisch le dio a la palabra, una economía de periferia: exportábamos crudo y brazos, importábamos valor y decisiones ajenas. Cuando el barril caía, el presupuesto temblaba. La soberanía se enunciaba en los discursos, pero el flujo de dinero contaba otra historia.
Por eso llama la atención lo que se ha venido diciendo esta semana. A unos días del Primer Informe de Gobierno, buena parte del debate público, gobierno y oposición, se fue al mismo lugar: el número trimestral. El INEGI confirmó que la economía creció 1.4% en el segundo trimestre, un dato modesto, empujado en parte por el campo y por la derrama del Mundial.
Se puede celebrar o se puede minimizar, según el bando. Pero pelearse por esa cifra es medir con la regla equivocada, porque la soberanía económica no se mide en un trimestre. Es estructural y es lenta. No rebota con un torneo de futbol ni se desploma con una mala temporada.
Y lo de fondo sí cambió.
Hoy casi nueve de cada diez exportaciones mexicanas son productos manufacturados, no materias primas brutas. Dejamos de vender al mundo lo que sacamos del suelo para venderle lo que fabricamos. Ese dato, aburrido y sin épica, dice más sobre autonomía que cualquier variación trimestral: el país produce valor, no solo lo extrae. Ahí, y no en el PIB de un trimestre, está la conversación importante.
Y esa transformación no se ve en una lámina de porcentajes; se ve en el suelo, redibujando el mapa. En el primer trimestre del año, mientras doce estados se contrajeron y el promedio nacional apenas alcanzó 0.4%, Hidalgo, por ejemplo, creció 8.2%: el mayor crecimiento del país, más de veinte veces la media. No es un repunte prestado; es una tendencia que la entidad sostiene desde hace cuatro años.
El centro dejó de ser el único lugar donde se crece.
La semana pasada, en la mañanera, se anunció que la Reserva de Zapotlán, el mismo predio que Hidalgo compró años atrás como alternativa aeroportuaria, se convertirá en un polo industrial con más de 10 mil millones de pesos comprometidos para urbanizarlo, orientado a farmacéutica, dispositivos médicos y manufactura avanzada. No maquila de ensamble: industria de mayor valor, en un estado que durante décadas funcionó como zona de sacrificio, poniendo el aire y el agua para que creciera alguien más. Y de los 6 mil 500 millones que Cruz Azul destinará a Tula, donde su planta llevaba años detenida por un conflicto interno, mil son para modernizar su hospital, abierto también al público. Un hospital es la forma más concreta que tiene un derecho de volverse real. Ahí se ve si el crecimiento se queda en el territorio o solo pasa por él.
La buena noticia es genuina y hay que defenderla con datos que aguanten, no con entusiasmo. Pero crecer es la parte más fácil. La difícil viene después: que ese crecimiento no reproduzca, con nombre nuevo, la misma lógica que Prebisch describió hace setenta años. Una economía puede cambiar de dueño y de sector y seguir siendo periférica frente a su propio territorio, si el valor se produce en un Estado pero las decisiones y los costos se reparten en otra parte.
El proyecto de Zapotlán se presenta con energía limpia y agua tratada. Suena bien. Pero Hidalgo sabe, mejor que nadie, lo que pesa la palabra agua: es la tierra de Tula y del Endhó, de una cuenca que lleva décadas recibiendo lo que el Valle de México no quiere. La pregunta que importa no es si la inversión llega, porque está llegando, sino si el Estado tiene la capacidad institucional para que “agua tratada” sea una realidad verificable y no una línea de folleto. ¿Hay quién mida, quién vigile, quién sancione?
Atraer inversión y gobernar el desarrollo no son lo mismo. Lo primero se anuncia en una mañanera; lo segundo se construye con instituciones que no se abandonen al primer cambio de agenda. Dejar de depender del petróleo, las remesas y el turismo fue un avance real de soberanía, y vale nombrarlo sin pena. Pero la soberanía no termina cuando cambia el mapa: empieza cuando el Estado demuestra que puede gobernarlo. Que Hidalgo haya dejado de ser el patio de atrás es el titular. Que no vuelva a serlo con otro traje, el de polo industrial que crece mientras su cuenca se agota, es la tarea. Y esa no la resuelve el crecimiento: la resuelve el Estado, o no la resuelve nadie.




