Refutaciones Políticas

Algo está ocurriendo entre las nuevas generaciones. Las movilizaciones estudiantiles y populares en Francia, España, Portugal, Bélgica y la India, aunque responden a circunstancias políticas y sociales distintas, parecen expresar un malestar compartido: millones de jóvenes comienzan a cuestionar un orden económico y político que les promete libertad, prosperidad y democracia, pero que ofrece precariedad, incertidumbre y un futuro cada vez más difícil de construir.

No estamos necesariamente ante una nueva revolución mundial, sería prematuro afirmarlo. Sin embargo, tampoco podemos reducir estas manifestaciones a episodios aislados de inconformidad juvenil. Hay algo más profundo: el agotamiento de una forma de organización social que durante décadas convirtió al individuo en responsable absoluto de su destino, mientras sustraía de la deliberación democrática las decisiones fundamentales de la economía.

Slavoj Žižek ha dedicado buena parte de su obra a explicar esta contradicción. Las democracias liberales reconocen formalmente los derechos políticos, celebran elecciones y proclaman la libertad individual, pero sus ciudadanos descubren que cambiar de gobierno no necesariamente significa cambiar sus condiciones materiales de existencia. La democracia conserva sus procedimientos mientras pierde capacidad para transformar la vida cotidiana.

Žižek ha advertido, además, que la indignación popular no es por sí misma emancipadora. Puede convertirse en una fuerza transformadora, pero también puede ser absorbida por el sistema o capitalizada por movimientos autoritarios. La cuestión fundamental no consiste solamente en protestar contra el poder, sino en construir una alternativa política capaz de modificar las estructuras que producen desigualdad.

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Por su parte, Byung-Chul Han ha elaborado una de las críticas más penetrantes de la subjetividad neoliberal. En La sociedad del cansancio y Psicopolítica explica cómo el capitalismo contemporáneo ha sustituido progresivamente la coerción externa por la autoexplotación. El individuo ya no necesita un patrón que lo obligue permanentemente a producir: él mismo se exige trabajar más, competir más y alcanzar un éxito que siempre parece alejarse.

El neoliberalismo logró así una de sus mayores victorias ideológicas: transformar las contradicciones sociales en sentimientos individuales de fracaso. Quien no consigue empleo debe esforzarse más; quien no puede comprar una vivienda debe emprender; quien vive endeudado debe aprender a administrar mejor sus recursos. La desigualdad deja de aparecer como un problema político y se presenta como una insuficiencia personal.

Han incluso ha sostenido que esta fragmentación de los individuos debilita las posibilidades de una revolución. La sociedad del rendimiento produce sujetos agotados, aislados y enfrentados entre sí. La competencia sustituye a la solidaridad y las redes sociales generan indignaciones pasajeras que rara vez consiguen transformarse en organización política.

Pero precisamente aquí aparece la paradoja de las movilizaciones juveniles contemporáneas.

¿Qué sucede cuando los individuos descubren que sus frustraciones no son exclusivamente suyas? ¿Qué ocurre cuando miles de estudiantes comprenden que la imposibilidad de acceder a una vivienda, la precariedad laboral o el deterioro de la educación pública no son consecuencia de su incapacidad personal, sino de condiciones estructurales compartidas?

Ocurre algo que el neoliberalismo siempre ha temido: el tránsito del yo al nosotros.

La calle recupera entonces su significado político. Deja de ser exclusivamente un espacio de circulación y consumo para convertirse nuevamente en el lugar donde los ciudadanos se reconocen como integrantes de una comunidad. La protesta rompe, aunque sea provisionalmente, el aislamiento que sostiene a la sociedad del rendimiento.

No todas estas movilizaciones tienen las mismas causas. En Europa confluyen conflictos educativos, laborales, habitacionales y presupuestarios; en la India, determinadas protestas juveniles incorporan también disputas sobre derechos políticos y representación democrática. Pero esa diversidad no impide reconocer una pregunta común: ¿para quién funcionan realmente las instituciones?

Aquí resulta indispensable recuperar al filósofo argentino-mexicano Enrique Dussel. Desde su Política de la liberación, Dussel sostiene que el poder político encuentra su fundamento en la comunidad y que las instituciones adquieren sentido cuando sirven a la producción, reproducción y desarrollo de la vida humana.

La legitimidad, por tanto, no puede reducirse a la legalidad. Un gobierno puede cumplir formalmente las normas y, al mismo tiempo, perder legitimidad cuando sus decisiones dejan de responder a las necesidades de la población. Una democracia que garantiza la libertad de elegir representantes, pero resulta incapaz de ofrecer condiciones materiales para una existencia digna, enfrenta una contradicción que ningún procedimiento electoral puede resolver por sí solo.

Esta discusión nos devuelve a una cuestión fundamental de la filosofía política: la libertad no puede existir únicamente como una declaración jurídica. Necesita condiciones materiales que permitan ejercerla. ¿De qué sirve proclamar la libertad de elegir un proyecto de vida cuando el acceso a la educación, la vivienda, el trabajo y la seguridad económica se convierte en un privilegio?

La respuesta neoliberal fue individualizar la responsabilidad. La respuesta que comienza a insinuarse en las calles es recuperar el carácter colectivo de esos problemas.

Sin embargo, conviene evitar el romanticismo revolucionario. Las multitudes no constituyen automáticamente un sujeto político emancipador. La historia demuestra que el descontento también puede alimentar nacionalismos excluyentes, autoritarismos y nuevas formas de dominación. La indignación necesita conciencia, organización y un horizonte ético que coloque la dignidad humana en el centro de la acción política.

Por eso, el verdadero significado de estas revueltas no dependerá solamente del número de manifestantes ni de la intensidad de sus enfrentamientos con las autoridades. Dependerá de su capacidad para convertir las demandas dispersas en proyectos colectivos de transformación democrática.

Durante más de cuatro décadas se nos dijo que no existían alternativas al mercado, que la política debía someterse a los expertos y que cada individuo debía resolver por sí mismo las dificultades de su existencia. Se pretendió construir una sociedad de consumidores antes que una comunidad de ciudadanos. Las nuevas generaciones están comenzando a cuestionar esa resignación.

Tal vez todavía no estemos presenciando el nacimiento de un nuevo sujeto revolucionario. Pero sí podemos estar ante el resurgimiento de una conciencia elemental que el neoliberalismo intentó disolver: nadie construye su libertad en soledad. Y cuando los jóvenes dejan de preguntarse por qué han fracasado individualmente y comienzan a preguntarse por qué fracasa colectivamente el sistema que organiza sus vidas, la inconformidad deja de ser un asunto privado y se convierte en política. Quizá esa sea la verdadera novedad de nuestro tiempo: no que los jóvenes hayan vuelto a rebelarse, sino que comiencen a descubrir que su futuro no depende exclusivamente de ellos, sino de la sociedad que sean capaces de construir juntos.

X: @RubenIslas3